
Fotograma de la película La Bella del Alhambra
Un solo escenario en Cuba mantendría la presentación sistemática de obras teatrales. “En 1900 se dio inicio a la temporada más célebre del Teatro Alhambra, ahí van a refugiarse los restos del teatro bufo ya deteriorado y comienza un género revisteril con características propias. Villoch, los Robreño, José López… son los protagonistas de una empresa en la cual sobrevivió la modesta commedia dell´arte cubana”, según explica el investigador y dramaturgo Norge Espinoza Mendoza. Esta temporada duraría hasta 1935, y hoy es considerada la temporada más extensa del teatro cubano.

Entre los visitantes más ilustres del Alhambra estuvieron Rubén Darío, Blasco Ibáñez, Valle Inclán, Jacinto Benavente y García Lorca, por solo mencionar algunos nombres representativos de una lista que es mucho más extensa.
La corrupción y el servilismo de los gobiernos de la época había propiciado la circulación entre la población de chistes y burlas, y aquel contexto también se reflejaba en las tablas, aunque no comenzaría la modernidad teatral en Cuba en aquellos días amargos y de desconfianza.
Sin embargo, el llamado teatro vernáculo introdujo cambios sustanciales en la proyección de las artes escénicas: mayor riqueza escenográfica y de vestuario, y un significativo desarrollo de la música como componente indispensable de las puestas en escena. Se mantenían personajes típicos como el negrito (con su lenguaje popular y refranero), el gallego (más conservador y cauteloso), la mulata (deseada por su imponente figura femenina), el bobo (que se refugiaba en la tontería para hacer críticas y reflexiones fuertes) y el chino (constantemente luchando por adaptarse al nuevo espacio geográfico que le correspondía). Muchas veces los personajes se basaban en individuos reales, y con la caricaturización de su personalidad, los actores hacían reír al público.
Esta imbricación entre el humor, el lenguaje coloquial, la música y la danza complementando la trama, hicieron que el Teatro Alhambra fuera aplaudido y reverenciado por el público cubano. La defensa constante de las causas justas fue un de las razones por las cuales fue escalando posiciones dentro del imaginario social. Además, la decisión de sus actores y directores de rechazar los modelos impuestos y los géneros cultos para apropiarse de sus elementos de manera original, le fue imprimiendo un sello distintivo a aquellos escenarios.

Pero las opiniones de los investigadores, críticos de arte e investigadores sobre el tema, son muy diversas en cuanto a aquella manera de hacer teatro. En el tercer tomo de su libro La selva oscura, Rine Leal dice: "Los primeros años del teatro cubano en la república de 1902 estuvieron marcados por el predominio absoluto del género alhambresco [...] y un descenso vertiginoso hacia la banalidad, el entretenimiento ligero y hasta la pornografía o sicalipsis, como se le llamaba pudorosamente en la prensa [...] Es indudable que nuestra escena alcanza su nivel más bajo de calidad y moralidad".
Sin embargo, otra lectura más favorable del fenómeno alhambresco, puntualiza la significación de este teatro dentro de la cultura cubana, ya que su autenticidad proviene de la defensa de las tradiciones populares (donde se incluyen maneras de hablar, de vivir, de relacionarse socialmente) que hoy nos cuentan parte de nuestra historia y nos permiten entender tendencias artísticas más actuales.
Según la investigadora Gina Picart, el Alhambra fue un exponente del arte dramatúrgico cubano porque en él surgieron nuevos géneros musicales y el bufo y la comedia alcanzaron alturas inestimables.
Julio Correa, quien estuvo indisolublemente ligado al Alhambra, se entristece por la pérdida de la mayoría de los libretos que allí se representaron y además, apunta: “En el escenario no creo se haya dicho una mala palabra, ni una frase grosera, porque Regino López, el dueño de la compañía, no lo permitiría. Tampoco los actores necesitaban de eso para ganarse la simpatía del público. La calidad de estos artistas, su capacidad para meter “morcillas” (improvisar), el nivel de los libretos de Federico Villoch o Gustavo Robreño y la música del maestro Jorge Anckermann, eran más que suficientes para que cada representación fuese un éxito, aunque, por supuesto, también tuvo sus detractores. De ellos mejor ni hablar”.
Los textos representados en el Alhambra estaban basados en diferentes tipos de ambiente y en acciones divididas en cuadros que hacían que los argumentos no dependieran de una progresión ni de un clímax. La intervención de la música en las puestas en escena complementaba los libretos y le imprimía un sabor más cubanizado a los espectáculos, aunque no siempre esto dependía del curso de los sucesos. Una guaracha, una rumba o un danzón podían resolver cualquier conflicto o contradicción, para finalmente restablecer la armonía.
El Alhambra demostró a los cubanos cuál era su verdadera identidad. Antes solo se tenía lo de España y los españoles, las zarzuelas y los estilos de vida de aquellos hispanos. Este teatro creó un espíritu de identificación con lo verdaderamente cubano: la rumba, la burla, los gestos y la necesidad de defender lo que nos pertenece.
— Radio Rebelde - Cuba (@radiorebeldecu) 6 de julio de 2018
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