Leyenda de amor?

2019-02-08 08:30:46 / web@radiorebelde.icrt.cu / Heydi Gonzlez Cabrera

La Isabelica

Con el calor en la piel, que ni el aire de la carretera aplaca, recorrí parajes de insospechada belleza en la indómita región oriental. Fue entonces, cuando en un imprevisto recodo, surgió aquella mole gigantesca cuya cúspide desaparecía en la niebla. Veintidós kilómetros atrás, quedaba Santiago de Cuba, y frente a mí... la Gran Piedra.

Minutos después, subía jadeante por los 400 escalones de aquel increíble peñasco. A la altura de 1,125 metros, el frío cortante y un fuerte viento me obligaron a asir, instintivamente, las barandas de aseguramiento. Por momentos, las nubes concedían la visión de un paisaje impresionante, cortado abruptamente por el mar.

La Gran piedra

Recordé entonces, que los vecinos afirman que en las noches claras, desde allí se divisan las luces de las islas de Santo Domingo y Jamaica. Y en ese instante, no pude dudar.

Absorta, el lejano tañido de una campana llamó mi atención... cuando inicié el descenso, quise saber si la imaginación me había jugado una mala pasada. Conocí, que a unos dos kilómetros hacia el este, en medio del bosque cerrado, se mantiene intacta una centenaria edificación colonial. Y también me dijeron, que dice la tradición, que quien escucha el tañer de esa campana, no puede renunciar a visitarla.

LA ISABELICA*


La Isabelica

Un sendero labrado por el tiempo me introdujo entre abruptos cafetales en flor. Júcaros, cedros, caobas, almácigos de dorados troncos... prodigiosa vegetación donde anidan cotorras parlanchinas, sorprende el tocororo o maravilla un zunzún. Espléndida naturaleza cubana de esta región indómita, donde el bosque no admite trampas en su bondad.

Pero, más allá, en un claro del terreno, se divisaba el antiguo secadero de granos. Una enorme rueda de madera dura, y vestigios de la despulpadora, yacían sobre el polvo. No quedaban rastros del barracón, donde los esclavos pagaban con sangre las ansias de libertad. Allí están todavía, herrumbrosos y olvidados los grilletes, las esposas, y hasta el hueco abierto en la tierra para el bocabajo a la esclava grávida. Pasado vergonzoso que la rebeldía liberó.

La Isabelica

Loma arriba, acompaña la fragancia de los cafetos, hasta la gran mansión devenida Museo, y que atrapa la curiosidad de los visitantes. Los aleros de tejas dan sombra a los portales. La campana de bronce, reivindicada, preside la entrada al interior, y pulidos pisos de madera hacen resonar los pasos.

Un mobiliario de estilo francés, mezcla de boato y sencillez, dan un toque aristocrático al caserón. En el gran salón, impera un piano. Imposible imaginar su ascenso, que sólo el empecinamiento de los mulos pudo transportar por trillos de montaña, para quedar aquí, como un trofeo al arte y al esfuerzo.

La Isabelica

En un ángulo, se exhiben las armas del antiguo propietario, y por una puerta, indiscretamente abierta, se entra a un señorial dormitorio. La cama de baldaquín, con cabecera de hierro labrado, semeja encaje.

Espejos ovalados, lámparas de bronce y cristal que en un tiempo iluminaron con aceite. Todo deja adivinar que una mujer ungió con su presencia este espacio perdido en la serranía. Y de ella, vamos a hablar.

Víctor Constantín. Así se llamaba el dueño de esta plantación cafetalera del siglo XIX, exponente de la forma de vida de los franceses que abandonaron Haití, luego de la revolución de los esclavos. Adinerado monsieur que trajo consigo, además de su cultura, sus hábitos y sus esclavos. Pero también, algo especial constituía su tesoro: Isabel María, o La Isabelica, como le nombraba. Esclava, de piel espléndidamente negra, fue convertida en la madame de la hacienda, y como tal era respetada.

Con ella se paseaba por los jardines y cafetales para regresar, en el frescor del atardecer, al reposo de las mecedoras. En ese ambiente bucólico de la montaña oriental, vivió el francés su romance, y enriqueció sus arcas. Aunque nadie supo decir si la esclava-amante correspondía a su amor.

La Isabelica

Así quedaron para la historia, la vivienda, la campana de bronce que alguien hace tañer a la hora acostumbrada; los cafetales con más de un siglo, y el recuerdo de una bella mujer, que ni el amor liberó de morir esclava.

La Isabelica, dio nombre a la plantación, y encendió la fantasía campesina, porque muchos la ven, en la penumbra de la noche, andar entre los cafetos y mecerse lentamente, en los chirriantes sillones de su mansión.

La Isabelica

(*Ruinas de Cafetales Franceses al sur de la provincia y declarados por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.)



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