Lo humano y lo divino del doctor Cedeño

2018-12-07 19:12:46 / web@radiorebelde.icrt.cu / Yaicelín Palma Tejas

Lo humano y lo divino del doctor Cedeño
Fotos de la autora.

El médico cubano Arnaldo Cedeño Núñez, de la provincia de Granma, trabajó por más de dos años en Brasil, donde atendía a los niños e indígenas de la etnia Apalai Waiana, en el municipio Almeirim, del estado Pará.

Fueron dos años y cuatro meses que le marcaron la vida para siempre, porque se hizo más humano, que es decir más médico, entre aquellas personas que lo querían como a uno más. Y ahora está de regreso a casa, y narra pasajes de su vida con los pobres del sur.

¿Cómo fue el reencuentro con sus pacientes?

“El reencuentro con mis pacientes fue la cosa más bonita que pude haber vivido en Brasil, puesto que había existido una desconexión total en el momento que salí, y pensé volver después de 20 días, pero tuve la información de que ya no íbamos a regresar, y a partir de ese momento me sentí muy mal. La idea de volver a la aldea me parecía casi imposible, pero gracias a Dios y al esfuerzo de muchas personas se hizo posible y yo pude llegar allá para despedirme de mis pacientes, pude abrazarlos de nuevo, y pude explicarles por qué estaba saliendo de allí.

“Hice valer un derecho que ellos tienen que es el derecho a la información. Ellos son indígenas que están aislados totalmente, que no tienen idea de lo que es un diálogo político, son víctimas de la decisión de un pueblo que infelizmente no optó por la persona ideal, y ellos van a ser los más afectados con esa decisión”.

Usted les envió una carta a sus pacientes…

“Yo les escribí una carta para hacerles llegar mi deseo de haberme podido despedir de ellos, y la infinita gratitud de haberme dado la oportunidad de tocar sus cuerpos, de ayudar a sus niños y sus mujeres, pero afortunadamente pude regresar y decírselo, y recibí también de ellos una carta muy emotiva, en idioma portugués, a través de los líderes indígenas. Quedaron muy tristes por la partida porque saben que infelizmente en los próximos meses y hasta años no van a tener a otro médico trabajando allí”.

¿Y qué le decían en la carta?

“Ellos agradecían mi presencia allí, yo había sido el primer médico que los atendió, hablaban sobre la confianza que tenían en el dios de ellos, de que un día va a volver todo a la normalidad y que el médico va a poder regresar, le dieron gracias a Cuba y a los cubanos porque el programa Más médicos que los benefició tanto, era principalmente apoyado por nosotros. Esa fue la esencia de su carta”.



¿Cómo fueron sus primeros momentos en esa aldea donde era la primera vez que llegaba un médico?

“Cuando llegué a la aldea para mí todo era nuevo, un lugar donde usted se encontraba con la primera página del libro de historia, se veía a aquella comunidad típica a la orilla de un río, los bohíos bien hechos pero con pocas condiciones de vida, aquellos indígenas descalzos, semidesnudos, incluidas las mujeres. Todo era muy curioso, ellos se acercan a las personas que llegan, tocan su piel para sentir su textura, porque sienten que tú eres un poco diferente, cuando estás cerca te admiran, porque es difícil cuando viajan a la ciudad para atenderse en un hospital que un médico se acerque tanto a ellos como lo hice yo, o como lo hacemos siempre los médicos cubanos.

“Entonces es un impacto grande porque usted en pleno silgo XXI se encuentra a una persona con ese modo o estilo de vida y se extraña, porque no es común. Una vez me preguntaron que cómo eran las aldeas en Cuba, yo les expliqué que nosotros no teníamos aldeas ni caciques. Entonces me preguntaron qué comíamos en nuestras aldeas, también les dije lo que nosotros comíamos aquí, y les pregunté a ellos lo que comían. Ahí me sentí triste porque me dijeron que comían casabe, frutas y peces, y un tipo de alimentación así no es la adecuada, y por eso encontrábamos muchos niños y ancianos desnutridos, inclusive embarazadas trabajando y sin comer”.

¿Alguna experiencia que constituyó para usted un impacto fuerte?

“Saber que si por ejemplo a las 4:00 de la tarde se encuentra a una persona que puede tener una apendicitis, un infarto, solo puedes retirarla al otro día, con riesgo de morir esa noche, y también ese riesgo es corrido por nosotros, porque estamos allí sin nada especial, teníamos las mismas condiciones.

“Otra cosa impactante era el traslado en el avión, en un trayecto muy peligroso, porque existía el riesgo de caer y desaparecer en medio de la selva, algo que aconteció el domingo pasado, ahora lamentamos la pérdida de nueve personas que salieron en un avión el domingo en la mañana de las aldeas hacia la ciudad, despareció con seis adultos, dos niños y el piloto y no hay noticias de ellos. Ese era un riesgo que yo corría también”.

¿Usted vivía en la aldea o en la ciudad?

“Yo pasaba en la aldea 15 ó 20 días de escala, y salía a la ciudad por 15 ó 20 días, dependiendo del tiempo que había pasado en la escala”.
¿Algunas de las principales patologías de allí?

“Son muy comunes la malaria, la leishmaniasis, los accidentes domésticos, de trabajo, heridas por armas de fuego, caídas de árboles, personas que pueden caer en el río, mordeduras de serpientes y otros tipos de animales salvajes que existen”.

¿Allí quedó algún médico o existe la posibilidad que envíen a otro médico?

“Solo si fuese cubano. Infelizmente es muy difícil que los médicos brasileños acepten trabajar en tales condiciones. No tienes Internet, no tienes energía, tienes que bañarte en el río y beber agua del río, hay que preparar los alimentos con leña si no tienes gas, y entonces esas condiciones que enfrentamos los médicos cubanos no las aceptan los brasileños”.

Lo humano y lo divino del doctor Cedeño

¿Esta experiencia constituye un crecimiento profesional y espiritual para usted?

“Muy grande. Es una de las mayores experiencias de trabajo que he tenido, le doy gracias a Dios, a la Revolución, a mi familia, por haberme dado la oportunidad de trabajar así. Mis primeros días fueron muy difíciles, tuve que recibir tratamiento sicológico porque sufría de una depresión, pero supe sobreponerme a todas esas condiciones y a mi estado de salud, y terminé bien. Y eso es parte de lo que hemos aprendido: sobreponernos a las dificultades. Siempre la voluntad se impone a las dificultades”.

¿Cómo era el acceso a las medicinas?

“Depende de los vuelos que llegan a la aldea. Cuando uno sale para la aldea debe ir con una lista de los técnicos de enfermería de los medicamentos que necesitamos y se envían en el avión. Pero para finales del año pasado, por ejemplo, no teníamos ni paracetamol ni dipirona para tratar a las personas con fiebre, y así pasamos una escala de 18 días en esas condiciones”.

El doctor Cedeño ahora está de regreso en casa, pero gracias a sus propios pacientes que impidieron quizás un desenlace fatal, porque dos días antes de salir definitivamente del lugar, por la noche, tomaba un descanso mientras en la aldea había fiesta.

Se acostó en su hamaca fuera del puesto de salud, y al rato llegaron unos niños y le pidieron permiso para cantarle unas canciones en la lengua indígena. Y lo salvaron de una posible mordida de una cobra porque descubrieron que debajo de la hamaca había una pequeña, y uno de ellos con su sandalia, casi descalzo la mató, como en una suerte de preservarle la vida a quien tanto luchó por ellos.

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