Los matanceros puede que perdonen, pero no olvidan (+Audio)

2019-01-18 15:04:21 / web@radiorebelde.icrt.cu / Jos Miguel Sols Daz

Los matanceros puede que perdonen, pero no olvidan (+Audio)


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Matanzas, Cuba. - El escalofrío recorre la espalda y se regodea molestamente en mi nuca. No es que me sobrecoja la soledad de la muerte; más aún, impactan el olvido y el aire de dejadez que impera en el camposanto de la ciudad, suficientes para poner en tela de juicio la sentencia del cenotafio que acabo de leer: La muerte no es fin; es vía.

Sin embargo, el ruido de la pulidora sobre el frío mármol de carrara; el leve toque de un hacha sobre una cripta y la conversación pausada -quizás respetuosa- de restauradores que han tomado la avenida principal, nos trasmiten un soplo de aliento.

Recorro la remozada capilla central que no es tal; sino, monumento que custodia los restos de más de un centenar de oficiales y soldados de la gesta emancipadora. Mambises.

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Sobre el desafiante mármol, nombres olvidados y conocidos: Coronel Alfredo Goold Acosta (Inglesito) y su hermano, el capital Guillermo Goold Acosta; Comandante Antonio López Coloma y así hasta el cabo José Chartrán, quien por su apellido -se me antoja- pudo estar emparentado con el pintor matancero Esteban Chartrán.

-Vamos, que esta ciudad también necesita conservación y restauración, conmina Orozco.

Es evidente – pienso- los necesitados aquí, son parcos de palabra y comprendo ahora, por qué nos hizo esperar durante casi dos horas, en el cementerio de San Carlos de Borromeo.

Leonel Pérez Orozco, Conservador de la Ciudad, se hace acompañar por el joven Miguel Ojito, restaurador que asombra por la entrega a conservar para la posteridad y naturalmente por Cusito; el administrador del cementerio, de quien sospecho la historia contenida aquí; definitivamente le cambiara como ser humano.

-Bien, Cusito; llévanos hasta la fosa de los reconcentrados – reclama Leonel.

- La fosa común, según la historia, está al final de muro; hacia el este.

- Enildo, el famoso enterrador que ya cuenta cerca de 90 años y de ellos, 57 en el cementerio; es toda una autoridad -comenta el administrador, Daniel Hernández Molina- y señala hacia la derecha.

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Al remontar la vista, constatamos que se trata del sitio más alejado de las dos caballerías y media que cuenta el cementerio. El más fácil de disimular y por consiguiente; ideal para enterrar en el olvido no solo cadáveres; sino también la evidencia del holocausto.

El lugar, de aproximadamente 50 metros por 20 y a diferencia del “cementerio de los Judíos” que se encuentra extramuros; les ofreció, a los “reconcentrados” a suerte de piadosa limosna, yacer en sitio santo. Menuda paradoja.

Cusito retoma la conversación, mientras nos acercamos al lugar.

- Es una verdad contada y trasmitida de enterrador a enterrador y recuerdo que durante la última excavación para que una familia construyese su bóveda, aparecieron decenas de osamentas, en total desorden.

Hoy, sobre lo que fue la huella del abominable crimen se alzan, dispersas, mal organizadas; lastimosos panteones.

El silencio y una fría brisa, se hacen dueños del momento.

-Construiremos un monumento al holocausto. Sentencia Leonel: ahora solo resta confirmar nuestras sospechas en los libros de enterramientos en los que es muy poco probable que el crimen se registrase bajo la proclamación de una fosa común, pero tenemos herramientas para comprobarlo.

-Ahora, vamos a recorrer las 20 tumbas y criptas de mayor valor, el dinero por ahora no alcanza para más y aunque el compromiso con esta ciudad, se acrecienta; al menos ya iniciamos el primer paso.


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Síntesis del holocausto.


La reconcentración ordenada por el capitán general de la Isla, Valeriano Weyler y Nicolau, aconteció entre los años 1896 y 1897, como cruel recurso para intentar frenar la lucha independentista en el occidente de la Isla; un hecho poco estudiado por la historiografía.

Así lo narra la enciclopedia EcuRed:

“Resulta difícil determinar con certeza la cantidad de personas reagrupadas. Se estima que para diciembre de 1896 unos 400 mil cubanos no combatientes se catalogaban como reconcentrados en lugares escogidos o no con ese objetivo.

Más difícil aún resulta establecer las cifras exactas de fallecidos, pero se estima que entre 300 mil y 750 mil cubanos murieron en los campos de concentración creados por Valeriano Weyler.


Historiadores coinciden en afirmar que los muertos caídos en el campo de batalla, por las enfermedades y la reconcentración decretada por Weyler; ascendieron aproximadamente a la tercera parte de la población rural de Cuba”.

En la ciudad de Matanzas, una placa situada en los portales del hoy museo Palacio de Junco, recuerda los hechos.

Dentro de poco, en el cementerio yumurino y a la distancia de 123 años de suceso; nacerá un Obelisco que a fuerza de no poder mostrar el nombre de las víctimas, al menos perpetuará la evidencia del crimen.

Epitafio:

Los matanceros puede que perdonen, pero no olvidan.



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