
La Habana, Cuba.- Los partidos políticos norteamericanos, cuyas denominaciones son las mismas de nuestra contemporaneidad, fueron observados desde su labor proselitista por José Martí a lo largo de las campañas que se realizaron durante sus años en Estados Unidos. Todos ellos se reunían por doquier y en cualquier momento. El pretexto fundamental era para dar a conocer su “verdad” sobre el adversario por la conquista del poder político de la nación.
En medio de las páginas periodísticas del Maestro bajo el título de Escenas Norteamericanas, se precisaron las aristas de tales enfrentamientos entre los partidos en pugna. Pero en aquellos encuentros hasta para escuchar los discursos de los políticos debían pagarse hasta los asientos. Desde ellos debía el público escuchar futuras promesas de quienes se especializaban en orlar sus palabras para evitar las réplicas de otros contendientes, pero todos disfrutaban tal suceso, aunque fuera para escucharse ellos mismos.
Los clérigos también tenían la potestad de ofrecer un discurso para alabar al contendiente que se lo pedía. O se ocupaba de comentar sobre el discurso de un opositor de su candidato para distraer la atención hacia el que él también compartía. La fogosidad y discusiones acaloradas eran parte de aquel teatro. Y en esa especie de circo, es que se preparaban los abanderados de cada partido, para no equivocarse como dirigir sus palabras hacia los contrarios de su partido.
El juego de palabras desde los discursos de los partidos imperantes también se llevaba preparado para las respuestas escritas y además de las que se llevaban impresas por si era mejor que se llevara el texto en manos de los que escuchaban en medio de aquellos espacios, pero debían rebatir fuera de él ante los probables puntos de vista de sus opositores. Aquella era una pelea desde la palabra y las promesas, no a partir de planteamientos de dificultades, sino de la propuesta que daba cada partido para alcanzar la sede del gobierno en su beneficio.
La preferencia de los encuentros de los aspirantes por cada uno de los partidos en pugna oteaban dentro de las ciudades los mejores lugares para esas presentaciones. Podían hacerlo por ser agrupaciones políticas de hombres adinerados que estaban acostumbrados a colocar sus armas para el debate entre luces brillantes, platas y bujías de colores. O desde un menú espectacular que podía contener el la codorniz de estación. Allí según el Maestro estaban los más insolentes, ante los que los demás rendían pleitesía por gozar un bolsillo lleno de dinero. Y precisó:
“…como cosa de advenedizo, alístanse los partidarios de cada pretendiente allegando las simpatías de los que mañana serán llamados a mostrarla con su bolsa, exhíbense los candidatos ante el pueblo que aún aquí es real, ante los que poseen, que son los que mandan…”