Martí y su visión del amor

2016-01-29 20:26:48 / web@radiorebelde.icrt.cu / Laura Barrera Jerez

Martí y su visión del amor

Para hablar de los amores de Martí, bastan sus versos. Si pensamos en un hombre triste quizás reprochemos su poco tiempo para amar. Si pensamos en un héroe, entenderemos.

José Julián advirtió su destino desde que tenía apenas nueve años, cuando se fue con su padre a Caimito del Hanábana y conoció las atrocidades de la esclavitud.

Don Mariano era un hombre muy recto, “el menos penetrante de todos, pero el que más justicia ha hecho a mi corazón”, diría el propio Martí. La herencia paterna fue, sin dudas, su pasión por la justicia.

Doña Leonor nunca estuvo de acuerdo con las infidelidades de su primogénito. Le reprochaba su constante entrega a la política. De ella aprendería entonces, el sacrificio:

Yo sin cesar pienso en usted. Usted se duele en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de Usted con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. Porque conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre.

Desde el viernes 28 de enero de 1853, Leonor sufría los dolores de traer al mundo un hijo que le pertenecía a otros. Y bastaron los versos y sus convicciones, cuando el cumplimiento del deber provocó las más amargas nostalgias, lejos de su familia, de su Ismaelillo, de su esposa, e incluso, lejos de su Patria.

Con Carmen Zayas Bazán tuvo su único hijo: José Francisco. Cuentan que Doña Leonor confiaba en que aquel acontecimiento encausaría a Martí por el camino de una vida familiar tranquila, donde hiciera valer su papel de padre y esposo. Pero Martí prefería ser infiel a esos cánones.

Y su Carmen un día se cansó, después de tantos viajes y mudanzas entre La Habana y Nueva York. Y el “pequeñuelo, reyecillo, príncipe enano” solo estuvo junto a su padre alrededor de cuatro años, tiempo de convivencia consumado a intervalos.

Hijo:

Espantado de todo me refugio en ti. Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti.

Durante 42 años José Martí fue infiel a los deberes de la consanguineidad. Había una sangre otra que lo reclamaba. El héroe tenía un amor supremo: la tierra ultrajada por la que vestía de luto, la Patria que mereció siempre, más que nada ni nadie, su fidelidad.

Yo sé los nombres extraños
De las yerbas y las flores,
Y de mortales engaños
Y de sublimes dolores

Con los pobres de la tierra
Quiero yo mi suerte echar:
El arroyo de la sierra
Me complace más que el mar

Quizás el poeta hubiera amado más el mar, pero su vida sería tan tempestuosa que sobraban esas soledades.

Yo tengo un amigo muerto
que suele venirme a ver:
Mi amigo se sienta y canta;
Canta en voz que ha de doler

Hay montes, y hay que subir
Los montes altos; ¡después
Veremos, alma, quién es
Quien te me ha puesto al morir.

Desde pequeño José Julián aprendió que el cariño es la más correcta y elocuente de todas las gramáticas. Se formaba en su interior el poeta, el amigo, el padre, el dirigente, el hombre de luto permanente por Cuba, el héroe.

“Sueño con claustros de mármol
Donde en silencio divino
Los héroes, de pie, reposan:

¡De noche, a la luz del alma,
Hablo con ellos: de noche!
Están en fila: paseo entre las filas: las manos
De piedra les beso: abren

Los ojos de piedra: mueven
Los labios de piedra: tiemblan
Las barbas de piedra: empuñan
La espada de piedra: lloran:

¡Vibra la espada en la vaina!
Mudo, les beso la mano”

Soñaba héroes y claustros de mármol. Quizás esas intranquilidades le demostraron que había sido elegido. Y sería entonces fiel a su destino porque “En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Y Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que llevan en sí el decoro de muchos hombres”.

Y poco a poco José Julián fue Pepe y luego, Martí, simplemente José Martí. Desde aquella fría madrugada del 28 de enero de 1853, tenía señalado su destino y 42 años de vida fueron suficientes para consumarlo. Quizás lo sabía desde que nació, desde que Leonor sufría sus dolores de parto, desde aquel viernes de invierno, en el segundo piso de la casa de la calle Paula… Quizás desde entonces esta era su voz:

“Dame el yugo, oh mi madre, de manera
Que puesto en él de pie, luzca en mi frente
Mejor la estrella que ilumina y mata.”



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