Mi historia junto a un Coloso Beisbolero que cumple 70 años (+Fotos)

2016-10-26 23:00:28 / web@radiorebelde.icrt.cu / Yirsandy Rodríguez Hernández

Remodelación del Estadio Latinoamericano en 1971
Remodelación del Estadio Latinoamericano en 1971

Dicen que los miércoles son los atravesados, los ácidos, pero este es uno muy, muy especial, porque es el Aniversario 70 de la casa de muchos de los que seguimos el béisbol en nuestro país: El Estadio Latinoamericano.

Mi historia adjunta al “Latino”, la Catedral del Béisbol en Cuba, creo que la he contado bien poco, pero la guardo en mi memoria como uno de los pasajes más hermosos que he vivido, pues ha sido fielmente una de las sensaciones más bellas que recuerdo de mi infancia, la cual me mostró un mundo “ideal” del que jamás he vuelto a despegarme.

En mis ojos beisboleros recuerdo perfectamente cuando lo visité por vez primera, gracias a mi vecino y amigo Carlos García Álvarez, un industrialista de los pies a la cabeza. Era una noche fría de febrero de 1999, yo tenía 9 años, y ahí fue cuando me enamoré de su majestuosidad y del Rey de los Deportes: “El béisbol”.

Industriales contra Metropolitanos en la 50 Serie Nacional. Foto: Juan Moreno
Industriales contra Metropolitanos en la 50 Serie Nacional. Foto: Juan Moreno

En aquella oportunidad, como casi siempre ocurría –por esos tiempos- al inicio de las temporadas, jugaban Industriales y Metropolitanos, sonaban trompetas, gritos de “se va, se va”, sobre todo cuando consumían turno Antonio Scull y Javier Méndez por la selección azul.

Carlos me llevó hasta la grada de tercera –su preferida-, sin dudas el área donde se sientan los seguidores azules más fervientes, delirantes y fanáticos en el Coloso del Cerro. Ahí, por primera vez vi a Armandito el “Tintorero”, quien fue durante toda su vida (hasta que falleció en 2004) un industrialista único. Muchos dicen que el número uno de todos, por la manera en que jamás abandonó al equipo de sus amores, en las verdes y las maduras.

A mí me sorprendió la manera en que dirigía a las masas de aficionados, no solo los que le rodeaban en la primera sección por el lado izquierdo del parque, sino también los otros miles que se dieron cita para ver el debut de su novena.

Pero, definitivamente, no era la noche que prefería para estar todo el tiempo aplaudiendo, parado, o diciéndole ‘cuchillero’ al umpire –como los muchos que me rodeaban-, que era Nelson Díaz en aquél momento. No, para mí ese instante fue mucho más que eso, porque significaba el inicio de todo, por eso recreo cada detalle, desde el Chino vendedor de café que se paseaba por los pasillos detrás del home, hasta la voz del locutor local (a quien me une en el presente una relación igual a la de padre e hijo), anunciando a los jugadores. Mi preferido sonaba así: ¡número 56 Carlos Tabares… jardinero centrallllllll!

Las luces casi que encandilaban, y en los primeros innings ni me paré de la silla (por cierto, pintada de amarillo), pues solo atinaba a mirar la pizarra en lo alto del center field, con sus números amarillos, el nombre y el average de cada bateador (en sus bandas), la hora, la anotación por entrada, y el conteo –que tanto se extrañan-. Me apasionaban las estadísticas.

Rápidamente, el duelo monticular entre Luis Alberto González (por Industriales) y Juan Pablo Echevarría (por Metros) se tornó más rojo que azul, cuando Enriquito Díaz anotó la primera carrera del juego, después de robarse segunda y tercera en la azotea del tercer episodio.

Un rally de cinco carreras en el ‘lucky seven’ –ya había conocido que le llamaban el inning de la suerte-, despegó a los rojiblancos en el marcador, y un cuadrangular de Rudy Reyes –a quien solo vi recorriendo las bases, porque estaba comiendo empanada- sentenciaba otro gran capítulo para los Metros de Eulogio Vilanova, que anotaron cuatro más en la octava.

Mucho antes de eso, ya yo era seguidor de los azules, pero ese día reconozco que comencé a amar mucho más a los rojos, y a encantarme con las cosas que le vi hacer a Enriquito Díaz, que robó dos bases, pegó cuatro hits en cinco turnos, y anotó dos carreras.

Desde entonces, muchas veces más me acompañó Carlito, siempre en los juegos de noche, pero mi mamá Reina Hernández y mi abuela Hérmida Navarro, más conocida como la “Mora” en mi barrio de Luyanó, me dieron la confianza para comenzar a ir con mis amiguitos los domingos al Coloso del Cerro, que se juega por la tarde. A ellas les agradezco por ser mi vida, y por ayudarme a entrar en este mundo de las bolas y los strike que tanto adoro.

SUEÑO CUMPLIDO

Desde pequeño adoraba hacer estadísticas, y ese fue mi sueño, ser “estadístico”, tener el control de todos los peloteros que jugaban en las Series Nacionales, da igual si fuesen buenos o malos. Quería compilar esos récords. Aún guardo mis primeras libretas, donde anotaba las jugadas del beisbol, y los juegos de “Kikimball” en mi escuela primaria Carlos Astiazaraín.

Así se cultivó el amor que siento por este deporte, y los fuertes lazos que me unen al Estadio Latinoamericano, donde años después, en 2004, comencé a trabajar como Anotador de las líneas telefónicas (se escuchaban a las emisoras provinciales), un Departamento donde se recogía dato por dato, y jugada por jugada de los partidos durante la Serie Nacional.

Gracias a la confianza de Carlos Del Pino, Jefe de Estadísticas, pude integrar el grupo de estadísticos con apenas 14 años. Tiempo después cumplí otra meta: Ser Anotador Oficial del Estadio Latinoamericano, labor que disfruté junto a Aldo Gómez y Sergio Hernández primeramente entre 2005 y 2012, y luego con Mario Trujillo, Juan Carlos Díaz y Reynier Lugones de 2012 a 2014.

Recuerdo que el día que entré en la cabina del Coloso del Cerro por primera vez, era un domingo, jugaban Industriales y Granma, y el primer batazo que vieron mis ojos fue un triple de Joel Galarraga, quien era el receptor de Industriales en ese equipo de 2003-2004.

Ahí, como siempre, estaba Rodolfo Martínez Antorcha, “la voz del más impresionante estadio beisbolero de Cuba”. Con Rodolfo, me une una amistad especial, somos como padre e hijo. En varias ocasiones hasta le he sustituido en el micrófono, y él se divierte, porque dice “que hago los anuncios tan bien o mejor”, creo que me alaga y no peco de humildad, porque para mí él es el más sensacional que he escuchado en un parque de pelota –a muchos le recuerda a su antecesor, Tony Veiga-.

Pienso que, cuando lo he hecho por él, ha sido porque su voz está dentro de mi mente como un exquisito recuerdo, y eso me ha ayudado a imitarle positivamente. Quizás, usted me ha escuchado alguna vez, pero como su referencia es la del “Rodo”, y soy un ‘mediano’ imitador, no debe haberse dado cuenta. En fin, todo eso lo disfruto al máximo.

Mis estudios y las estadísticas las llevaba a la par, en la secundaria y el tecnológico Alfredo López Arencibia. Al Latino iba en la noche, a los juegos de Industriales o Metropolitanos, y gracias a esa consagración tuve la oportunidad de conocer a personas expertas en el arte de llevar las estadísticas.

En mis inicios, muchos me ayudaron a formarme, como Joerly Soffi Valdivia, el “Man”, Ivan Alonso, y veteranos de mil campañas como: Antonio García Barreto, Domingo Álvarez (padre del ex lanzador David Álvarez Pombo), Eduardo González (el “profe”), José Lázaro Barral, Mayito Pérez Fernández, Leocadio Medina –excelente anotador y mejor persona-, Eduardo Queley, Juan González Montiel, Nicolás Pitt (sobrino de Jesús Pitt, el profesor y posiblemente decano de todos), Evaristo Borges, Francisco Rodríguez, Luis Machado, Luis Cívico, Luis González “Pipe”, Zilio Carbó Betancourt (lamentablemente desaparecido), Reynaldo de la Paz “Mermelada” –de quien recuerdo su hermosísima letra”, el “polémico y hosco”, pero infinito conocedor del tema, Víctor Rodríguez (guion) Díaz, Elpidio Tabares, Heriberto Díaz Salamanca, y Enrique Abreu Piferrer, quienes tenían en común ser buenas personas, el amor por el béisbol –casi todos por el café-, y construían con un lápiz y dos bolígrafos los Higthligth de nuestros campeonatos día por día.

PARTE DE SU HISTORIA

El elegante zurdo Santiago (Changa) Mederos lanzando contra el equipo Habana en el Estadio Latinoamericano
El elegante zurdo Santiago (Changa) Mederos lanzando contra el equipo Habana en el Estadio Latinoamericano

El primer partido en el Coloso del Cerro se jugó entre Almendares y Cienfuegos, equipos de la Liga Profesional Cubana. Según cuentan los historiadores, ese desafío se jugó a grada llena, y en aquel momento representó la mayor cantidad de personas que se reunían para ver un espectáculo deportivo.

Luis Hernández, otro vecino y fanático de los numeritos, pero seguidor de “La Maquinaria Naranja”, los Azucareros que alzaron tres títulos consecutivos a principios de los noventa, me inculcó mucho sobre la pelota profesional cubana, sobre la calidad y cómo el béisbol revolucionario logró llenar los estadios después del Triunfo de la Revolución. Luis, me regaló un periódico que este miércoles también cumple 70 años, porque surgió junto con el nacimiento del Latino.

Recorte de periódico que refleja el día inaugural del Gran Stadium de La Habana
Recorte de periódico que refleja el día inaugural del Gran Stadium de La Habana

El recorte de periódico ilustra cómo fue toda la construcción de este imponente estadio que se fundó un 26 de octubre de 1946. Su primer nombre fue Gran Stadium de La Habana, y en ese entonces desplazó al Estadio La Tropical, convirtiéndose en el parque más famoso de toda la nación.

Luego pasó a llamarse Estadio Latinoamericano, y el 14 de enero de 1962, Fidel Castro inauguró la primera Serie Nacional de Béisbol, en un partido donde Azucareros superó 6-0 a Orientales, con éxito para Jorge Santín y revés para Raúl Díaz de Quesada.

Equipo Azucareros de los 60´
Equipo Azucareros de los 60´

Dentro de los sucesos deportivos que más se recuerdan en el Latino, sobresalen los dos partidos de equipos de Grandes Ligas. Los Orioles de Baltimore fueron la primera novena profesional que visitó la territorio cubano después de 1959, el 28 de marzo de 1999, y recientemente la selección de los Rays de Tampa Bay en marzo de 2016.

También se recuerdan las luchas cubanas, cuando en 1956 José Antonio Echeverría encabezó una manifestación estudiantil en contra del gobierno del dictador Fulgencio Batista.

ARMANDITO EL TINTORERO… Y EL EDIFICIO AZUL

Estatua de Armandito
Estatua de Armandito "El tintorero", el más ferviente fanático azul. Foto: Kaloain Santos

Desde 2004 y en honor a ese aficionado inigualable, Armando Luis Tórres Tórres, Armandito el “Tintorero”, se encuentra en la segunda sección de gradas por encima de la cueva azul una estatua original erigida por José Villa Soberón. Tanto Armandito, como el gigantesco edificio pintado de azul, que se puede observar por encima del pabellón izquierdo con el signo de Industriales, son íconos que se han hecho imborrables con su presencia en el Templo de la barriada del Cerro.

CARNEADO Y EL REY ANGLADA

Ramón Carneado, único manager con 4 títulos consecutivos en Series Nacionales con Industriales (1963-1966)
Ramón Carneado, único manager con 4 títulos consecutivos en Series Nacionales con Industriales (1963-1966)

Con 12 campeonatos, Industriales ha honrado la historia del Coloso del Cerro, sobre todo en dos décadas donde primaron las dinastías que dirigieron Ramón Carneado en los años sesenta y Rey Vicente Anglada en los 2000.

Carneado es el dueño de la única cadena de cuatro títulos de un manager en la historia de las Series Nacionales, luego de que se titulara entre 1963 y 1966. Eso fue sensacional.

Pero la era de Anglada se recuerda –yo la recuerdo con vehemencia- también con mucho amor, en gran medida porque el “Rey Azul” recuperó las esperanzas capitalinas desde su entrada en 2002, que no veían un título desde el lejano 1996 cuando Industriales ganó con Pedro Medina al frente, contra la maquinaria villaclareña de Pedro Jova.

Rey, conformó un equipo de ‘hombres y no de nombres’, convirtió en realidad los sueños azules ganando tres campeonatos (2003-2004 y 2006), y demostró que con amor, deseo, y confiando en sus peloteros, sean novatos o experimentados, un equipo se puede hacer ganador, respetado y grande. Anglada y sus Leones le devolvieron el azul añil a las gradas del Latinoamericano, comenzando con un campeonato donde ganaron 66 y perdieron solo 23 juegos, récord actual para temporadas de 90 desafíos. Mi respeto para el “Rey”.

EL 40 Y EL 1

El Estadio Latinoamericano es la casa de los Leones de Industriales, y los batazos decisivos para ganar campeonatos de Agustín Marquetti y Enrique Díaz, han sido los momentos más electrizantes que se han vivido los amantes al color azul.

Ese inmortal jonronazo de Agustín Marquetti frente a Rogelio García y los Vegueros en la final de 1986, muchos fanáticos –dentro de los que me incluyo, aunque no lo viví- lo colocan como el batazo más espectacular para decidir una Serie Nacional durante las 55 ediciones que han transcurrido desde 1962.

El batazo del mítico número 40 de los Industriales, no solo selló la victoria 6-5 en la décimo segunda entrada del juego crucial ante los Vegueros, sino que tuvo mayor significación por decidir de manera espectacular pegándole el estacazo al “Ciclón de Obas”, Rogelio García, uno de los serpentineros más grandes de todo el béisbol Revolucionario.

Agustín Marquetti, lengendario número 40 de Industriales y bateador de grandes momentos


Después de aquel bambinazo, del cual aún se habla, Industriales ha ganado seis títulos nacionales, pero el único que ha sido para paralizar a la afición en el Coloso del Cerro, fue cuando el jueves 8 de abril de 2004 Enriquito Díaz le sonó un doble –debió anotarse triple- al derecho villaclareño Eliecer Montes de Oca, para decidir de manera sensacional en la novena entrada la 43 Serie Nacional de Béisbol.

Esa noche, un aproximado de 55.000 espectadores desbordó el Latinoamericano, y muchos de ellos se lanzaron al terreno para celebrar el batazo decisivo de Enriquito, la misma afición que dos años antes le había criticado tanto un costoso error ante Pinar del Río.

A mi mente llegan innumerables hechos que me unen eternamente a esta magna instalación, en la cual día a día se siguen sumando sucesos, bolas y strike, aunque le haya tocado celebrar este 70 aniversario apagada por la eliminación de Industriales.

Dedicado a mi bisabuelo Arsenio Navarro y mis tíos Guillermo y Heberto Navarro, fieles antecesores de la sangre beisbolera que corre por mis venas. A mi amigo Carlos García Álvarez, quien me llevó por primera vez al Estadio Latinoamericano.






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