No hubo miedo

2011.04.18 - 12:58:16 / web@radiorebelde.icrt.cu / Lea Aneiro Rodrguez

La Habana, Cuba. – Girón fue la epopeya de un pueblo. La estrategia diseñada por Fidel para enfrentar la invasión por Playa Girón dejaba a la capital del país, uno de los posibles y principales puntos de ataques, bajo el resguardo de un batallón de mujeres.  

Al amanecer del 17 de abril de 1961 las “Lidia Doce” fueron trasladas hacia las edificaciones más importantes de La Habana mientras en la Ciénaga de Zapata comenzaba el desembarco de tropas mercenarias armadas y entrenadas por Estados Unidos.

«No hubo miedo», dice con el rostro seguro y sin rasgos de altivez Gladis García. «En ningún momento ninguna compañera tuvo miedo de lo que pudiera pasar», confiesa mirándose a sí misma, cinco décadas atrás, con apenas 18 años, calzada con botas, vestida con su uniforme de chaqueta gris, pantalón verdeolivo y una boina sobre el cabello.

Bajo el sobrevuelo de aviones enemigos, las azoteas de los edificios altos de La Habana eran un punto de mira en primera fila que sin dudas podía poner al límite los nervios por el peligro del ensañamiento aéreo. «Con el arma que teníamos no podíamos derribar un avión pero hubo momentos en que se usó en eso. Pasaba el avión y la compañera tiraba, sabía que no le iba a dar, pero tiraba».

Así recuerda Gladis una de las tantas reacciones que experimentaron las miembros del Batallón Lidia Doce durante su segunda gran movilización, luego de haber sido creado el batallón el 20 de noviembre de 1960.

Al igual que las dos mil 300 mujeres que empuñaron sus metralletas, Gladis permaneció armada tras el entierro de las víctimas de los bombardeos a aeropuertos cubanos, hechos que marcaron el preludio de la invasión por Playa Girón.

Un entierro, una convicción

El 15 de abril, cuando comenzaron los bombardeos, inmediatamente las “Lidia Doce” acudieron a su puesto de mando, que radicó en San Mariano y Las olas, en una casa que le decían el castillito por la forma de su estructura. Hoy allí radica la escuela Raúl Cepero Bonilla, y en una de sus paredes fue colocada la tarja que honra el valor de estas mujeres.

«Cuando mueren los primeros muchachos que mataron, somos nosotras las que le hacemos la guardia de honor en la Plaza Cadena de la universidad».

«Era muy duro ver a los muchachos jóvenes que murieron. Enseguida lo que te daba eran ganar de luchar y de defender esto a como fuera, porque es algo que habíamos logrado y no podíamos dejar perder bajo ningún concepto», asegura Gladis García a través de la madurez que depositan los años transcurridos, pero sin desconocer, en ningún momento, la osadía que acompaña los años más jóvenes de nuestras vidas.

En La Habana más de 400 edificaciones fueron custodiadas o intervenidas en unas pocas horas del inicio del 17 de abril de 1961. Edificios altos, embajadas, conventos y grandes escuelas eran algunos de los inmuebles donde las miembros del Batallón Lidia Doce debían permanecer alertas en todo momento.

Estando ellas en sus postas pasaron carros tiroteando, según relata  Gladis entre los peligros que las rodeaban. Incluso, hubo el  intento de envenenar compañeras usando una taza de café como señuelo. Uno de esos casos tuvo lugar en el antiguo edificio Someca, en el Vedado capitalino.

«Ese edificio era de burgueses nada más. Vino una señora con su tasa de café para que tomaran. Y resulta que como ellas sabían que no podían aceptar ni comer nada que les trajeran, previendo precisamente estas cosas, cogieron la tasa de café y se la echaron a un gatico que había por allí. El gatico se tomó la tasa de café y al momento estiró la patica.»

Con la victoria llegan los prisioneros

En menos de 72 horas quedó derrotada la invasión por Playa Girón y los prisioneros capturados fueron recluidos en la Ciudad Deportiva. Los cabecillas y los heridos fueron trasladados para el Hospital Naval. Otra de las importantes misiones de las “Lidia Doce” fue la custodia de los prisioneros.

«Con los mercenarios hubo casos tristes. Una compañera tuvo que custodiar al novio que había venido. El que había sido su novio vino de mercenario y a ella le tocó cuidarlo. Pero allí se mantuvo firme, ni habló con él ni nada.

«También sucedió el caso de una compañera a la que le pasó lo mismo pero con un hermano. Sin embargo se mantuvo firme todo el tiempo y solo pidió que el día en que los padres iban a visitar al hermano la quitaran de la posta.»

Desde sus puestos de vigilia en la capital cubana las mujeres del Batallón “Lidia Doce” suplieron el lugar de los hombres que fueron a combatir la invasión mercenaria. De haberles dado la oportunidad ellas hubiesen ido a pelar con igual valentía. Así lo afirma Gladis.

«Esa es una cosa que siempre nos quedó por dentro, que no nos dejaron ir a Girón. Bueno, nos tocó la misión que nos dieron: cuidar La Habana mientras los hombres iban a pelear a Girón. Pero si nos hubieran dado la misión allí hubiéramos estado, porque estábamos preparadas para eso y dispuestas a ir a Girón.»



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