Prever, informar, sugerir…reflejar. Cuatro verbos que se erigen como los pilares esenciales del deber ser de un profesional de la palabra y que hoy, sin embargo, parecen haberse diluido a veces por el quehacer rutinario, a veces por razones “inobjetables”.
Con el decursar de los años la coyuntura política en el país ha propiciado cierta apertura a publicar en nuestros medios todo tipo de trabajos críticos, siempre y cuando no trastoquen los cimientos de la institucionalidad. Esa autopreservación ha traído consigo el fomento del secretismo, ese fenómeno que aún pulula impune en el entorno nacional.
Si el llamado en cada uno de los encuentros de los miembros del gremio está enfocado en denominar las cosas por su nombre, ¿entonces por qué predomina en las páginas de las publicaciones, en las ondas radiales y televisivas, incluso en los espacios digitales, un periodismo acrítico, desprovisto de opiniones divergentes?
El verticalismo en el acceso a las fuentes de información ha convertido a los redactores en voceros oficialistas y no en las figuras cuestionadoras que por excelencia somos. Lo ha desprovisto de las “armas” necesarias para transgredir las barreras en el arte de generar el debate y hacer a los públicos partícipes de los mismos.
Llegado hasta este punto, cabría plantearse si realmente está lista la prensa cubana para enfrentar una etapa de cambios al modelo económico que se gesta sobre la marcha con sus consabidos avances y tropiezos. ¿El discurso triunfalista será la fórmula idónea para sostener dicha reconfiguración?
Esa y otras interrogantes centraron el debate en la Casa de la Unión de Periodistas de Cuba, UPEC, con motivo de la creación del círculo de periodismo económico. Un concurrido grupo de colegas –en una deliciosa mezcla intergeneracional- se dieron cita para reflexionar acerca de qué le falta hoy a la labor reporteril.
Hubo consenso entre los asistentes en que el periodismo nacional no goza del protagonismo de antaño. Todos –desde los más reconocidos hasta los noveles- concordaron en que innumerables condicionantes han circunscrito al redactor a erigirse como propagandista de los hechos y no a ser un actor en los procesos.
Esta desvalorización, conjugada con la autocensura propia de quienes trabajan en el gremio, ha posibilitado que utilicemos los más imaginativos y variados calificativos para denominar la problemática circundante y obviemos algo tan elemental como las causas o los promotores del mismo. Solapar no es –ni será- nunca la solución. Así somos uno más de los promotores de su innecesaria subsistencia.
Determinante sería trascender los espacios de intercambio y llegar a los decisores de políticas en Cuba, acercarlos a la fenomenología ciudadana, a las dificultades asumidas por cada uno de los habitantes de esta isla, quienes también requieren de una cultura económica general.
Establecer diálogos sinceros, sin trabas burocráticas mediante, tal vez impulsaría la tan necesaria alianza para que el trabajo fluya en ambas direcciones.
Eso sí, como expresara el Premio Nacional de Periodismo José Martí por la obra de la vida, José Alejandro Rodríguez, el cambio no vendrá solo; hay que ganárselo con mucha ética profesional y profundidad social.
Una de las deficiencias actuales más recurrentes –a mi parecer, y al de muchos de los allí presentes- es la carencia de una estrategia de comunicación que facilite el acercamiento y paute las normas de hacer cada uno su labor. ¿Cómo podemos brindar respuestas a los públicos cuando tenemos múltiples interrogantes sin contestar?
Los mecanismos regulatorios existentes en el escenario actual condicionan el ejercicio periodístico y propician una construcción errónea del acontecer cotidiano. Esto incide negativamente en la visión que de nosotros poseen las audiencias. Los gestores de este maravilloso oficio de informar no estamos aislados, pero en ocasiones nos sentirnos desprovistos de argumentos ante la afluencia de criterios.
La prensa que hacemos en la Cuba del 2014 debe estar a tono con el contexto social, debe parecerse a su gente. Para al menos acercarnos a ese objetivo urge fomentar la autopreparación del profesional de la palabra y, sobre todo, debe existir una correlación de esfuerzos, una confraternidad. Solo así será posible que alcancemos la tan deseada convergencia entre periodismo y realidad.
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