
Estas no son palabras absolutas, creo que nada es absoluto. Todo puede tener otro por qué, todo puede ser visto desde otra perspectiva. Este es un compromiso con la constante superación que envuelve al ser humano y con la necesidad de demostrar tales habilidades.
Principios semejantes sostenía Blaise Pascal: “Si el hombre fuese lo primero que se estudiase a sí mismo, vería lo incapaz que es de seguir adelante. ¿Cómo es posible que una parte conozca el todo? Pero aspirará tal vez a conocer por lo menos las partes con las cuales guarda proporción. Pero las partes del mundo guardan entre sí una relación tal y una concatenación las unas con las otras, que creo imposible conocer la una sin la otra y sin el todo”.
Así lo decía el matemático, físico, filósofo, católico y escritor nacido el 19 de junio 1623, en Clermont-Ferrand, Francia, con la misma naturalidad con la que enfrentó el estudio de la propia especie a la que pertenecía, nunca ajeno a las incapacidades de sus semejantes para comprender tales esfuerzos.
El espíritu científico de Pascal había sido promovido por su padre desde sus primeros años de vida, además, entre los libros encontró un gran aprecio por la matemática y por la física. Blaise se relacionaba con Pierre de Fermat, Gilles Personne de Roberval, Descartes, Gassendi y otros, gracias también a la influencia paterna. Desde aquellos encuentros despuntó su ingenio precoz y sus grandes aptitudes científicas.
En 1654 investiga sobre «matemática del azar» -estudios que forman parte del inicio histórico de la teoría de la probabilidad-, sobre el triángulo aritmético que lleva su nombre, el razonamiento matemático que llevará el nombre de razonamiento por recurrencia, o inducción matemática, y otros trabajos que resultan inicios de cálculo integral.
Pasada esta época, de intensa actividad científica, su vida sufre un giro radical, que le vuelca a interesarse por otras cuestiones más humanas, además de las científicas, al experimentar, la noche del 23 de noviembre de 1654, una experiencia mística, que él mismo califica de «conversión» en su Memorial (hallado, tras su muerte, cosido a un dobladillo de su ropa). A partir de este año, su vocación religiosa se manifiesta en todo su esplendor desde el momento en que comienza a formar parte de los solitarios de Port-Royal, cuyos miembros se dedicaban a la meditación, al estudio y a la enseñanza.
Blaise Pascal había seguido la línea investigativa de Montaigne, hasta el punto donde Michel le concedía una mayor importancia al estudio de la filosofía en sí que a la propia fe. Por ello, el intelectual de Clermont se enfoca en el destino propio del ser humano, advirtiendo que “el pensamiento es ciertamente la única dignidad propia del hombre, por él solamente, el hombre está por encima del Universo”. Este es el mérito de nuestra especie, nos invitaba Pascal a pensar sobre nosotros mismos.

“La investigación completa de Pascal es un análisis de la condición del hombre en el Mundo. Pascal continúa la obra de Montaigne; para él, como para Montaigne, el hombre es el único tema de investigación filosófica y esta especulación lo encierra necesariamente en sus procedimientos”, decía Abbagnano.
Por eso “el hombre, tiene relación con todo lo que conoce. Necesita lugar para contenerlo, tiempo para durar, movimiento para vivir, elementos para componerlo, calor y alimentos para nutrirlo, aire para respirar; ve la luz, siente los cuerpos; finalmente, todo se alía con él”.
Además, existe una relación contrastante entre razonamiento y sentimiento. Ya auguraba Pascal que quienes se guían por la primera de estas categorías no son capaces de analizar las cosas desde diferentes puntos de vista, quizás un poco enajenados por la fuerza de los principios que defienden; por su parte, los que se inclinan a juzgar por los sentimientos no entienden ni una palabra de las cosas de razonamiento, quizás asumiendo posiciones superficiales, sin analizar cuestiones lógicas más profundas.
A decir de Nicolás Abbagnano, la fe es para Pascal una postura total que impregna todos los aspectos del hombre desde su raíz y todas las actividades humanas deben emplearse en la búsqueda de ella.
Los hombres buscan ser felices, y aman y disfrutan más esa búsqueda que el propio logro de sus objetivos. Inconscientemente, en ese proceso nos sentimos más plenos, más realizados, porque nuestra naturaleza está en el movimiento, el reposo completo es la muerte. De ahí también emergen tres elementos que conforman la condición del hombre, según Pascal: inconstancia, aburrimiento, inquietud.
Pero en ese casi nada que somos frente a la naturaleza, un todo frente a la nada, un medio entre nada y todo, la mejor opción es intentar comprendernos. Aunque decía Pascal que el fin de las cosas y su principio nos están invenciblemente ocultos en un secreto impenetrable, y que igualmente somos incapaces de ver la nada de donde hemos sido sacados y el infinito en el que nos hallamos sumidos, también sería insensato no luchar por definirnos, por encontrarnos, por saber qué somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.
Por el camino encontraremos la satisfacción de andar ese sendero, sembraremos los principios que producirán en los buenos espíritus, cambiaremos constantemente y lucharemos contra el tiempo, con esa testaruda cualidad que nos caracteriza, de no limitarnos jamás al presente.
Así, estas letras tendrán el regocijo de haber comenzado un camino. Como diría Pascal, la elocuencia es un arte de decir las cosas de tal manera que aquellos a quienes se les habla puedan entenderlas sin trabajo y con agrado y, fundamentalmente, que resulten interesantes, de forma tal que el amor propio les lleve más bien a reflexionar sobre ellas. Entonces el esfuerzo no habrá sido en vano.
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