
La Habana, Cuba. -Hay hombres de los que es necesario conocer más, que deben ser recordados siempre, por creyentes y no creyentes. Ese sentir me tocó hondo cuando conocí en la capitalina Casa del Alba Cultural, partes de la existencia del obispo mártir salvadoreño Oscar Arnulfo Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980 en San Salvador.
Una síntesis, lo suficientemente abarcadora de la vida de quien el pueblo convirtió en su Líder Espiritual, la expuso el embajador de la nación centroamericana en Cuba, Domingo Santacruz Castro.
Quien apretó el gatillo para acabar con la vida del Monseñor Arnulfo Romero, en plena misa, podría no conocer al querido religioso, no conocer el pensamiento que movía sus actos, pero quienes mandaron a matar, sabían bien a quién eliminaban.
Según sus brutales cálculos, era preferible tronchar la vida de quien dijo “La justicia es como las serpientes que solo muerden a los descalzos”; de quien en sus homilías hizo aquellos históricos llamamientos al ejército, a los cuerpos armados y de seguridad a detener la represión y negarse a acatar las órdenes.
No dudo que sonaría muy fuerte en los oídos institucionales del momento, aquella frase del obispo mártir: “No puedo renunciar al papel que me toca”, y aquella, también en primera persona, “En nombre de Dios cese la represión, les ruego, les ordeno”.
Eran los difíciles y sangrientos días de los tristemente célebres Escuadrones de la Muerte y de la Operación Cóndor que involucraba a las dictaduras de Chile, Argentina, Uruguay y los servicios de inteligencia de Israel y de la CIA.
Día triste y doloroso para el pueblo salvadoreño aquel 24 de marzo de 1980 en que asesinaban a su Líder Espiritual. Precisamente ese día, la Organización de Naciones Unidas lo proclama como Día Internacional del derecho a la Verdad.
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