
Trascender sigue siendo la forma inmejorable para subvertir los olvidos y hasta la propia muerte. Sara González supone la música que cumple el mandato de la tierra, y mora exactamente en el código de la cultura cubana. Pertenece a esa estirpe infinita de los favoritos del cielo, que en cualquier época humana suponen los creadores.
Para esos elegidos, ahora como antes, el destino resulta el mismo: cantar a la epopeya. Unos al compás de la lira. Otros, como ella, vivieron la obra social y humana de la Revolución con guitarras y canciones, en la misma trinchera donde a lo largo de tantos años millones de seres se jugaron entusiasmos y la propia vida.

Dicen que se fue definitivamente a otra dimensión, pero mucho de ella queda en una estación de vida que la asume como a pocos, repartida entre sus hermanos, hecha clave popular exacta, según la advertencia del poeta, “como si estuviera ausente el oído de la voz”.
Para la Musicología, para la investigación sobre marcas de género, la formidable cantautora tendrá que ser -ya lo era desde antes- un tema-problema para las disquisiciones. Las huellas están por todas partes. En el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, en el Guaicán, en las descargas de amigos trovadores, porque eso fue Sara González: ante todo amistad.
Alguien hablaba de un dolor que no tiene nombre, que las palabras no alcanzan a explicar. La respuesta estaría en que crecimos con ella, y que su canto coloreó nuestros mejores años. Se comprende entonces esa extraña ausencia que no puede justificarse con el paso constrictor del tiempo.
Como nos asistió desde el amanecer de la vida, pudo concedernos una hermosa forma para salvarnos la inocencia. Sara González -lo vemos mejor en su muerte- nos dice que hasta el más imprescindible puede faltar, pero que jamás se nos perdonaría abandonar el sueño y la utopía.
Claro que no faltan lágrimas en su despedida, pero sería de apóstatas que no hubiera canciones. El Instituto Cubano de la Música ha de guardar en sus bitácoras la trovada a la memoria de Sara González, sin límites temáticos ni formalismos. Al fin y al cabo, desde ella supimos el credo amigo de que la muerte, con su impecable función de artesana del sol, hace héroes e historia. Como también la urgencia de querer cuando hasta se dice que los inteligentes no están de moda, y que el amor es un soldado herido en el bando de los perdedores: “Amor mío, no te vayas/ que no quiero verme sola otra vez. /Amor mío, no te vayas, /que lloro”.

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