
Ya dimos la bienvenida al 2018, y estamos en camino a cumplir las dos primeras décadas del siglo XXI. Pero, ¿cuántas cosas han cambiado de la historia, el arte, la religión, o las guerras y la política, e incluso el amor?
A esos cambios no escapan los sentimientos que, en consonancia con las transformaciones sociales, también han modificado a lo largo del tiempo diferencias entre, las formas de amar de hoy y las de antes.
Cuando hablo de amor de antaño no me refiero solamente a los romances de la pluma de Jane Austen o William Shakespeare, sino a las relaciones de hace no más de cincuenta años, como la de mis padres.
Entonces la gente era más responsable, los amores no quedaban sometidos a tantas dudas o ambiciones personales; sino que conformaban la base de algo mayor, de una historia en la que había cooperación, en la que se soportaban mejor las dificultades, y el compromiso no era un mal temido como lo es hoy.

Antes no había Facebook, ni Whatsapp, en la mayoría de los casos ni siquiera teléfono... si él o ella de verdad te amaba, te buscaba para comunicarse contigo, te escribía cartas, o llegaba a hurtadillas hasta tu ventana para decirte esas "cursilerías" que te hacían sentir la mujer o el hombre más importante del mundo.
Ahora te responden un "te amo", con un simple y casi mudo, "yo también". Los besos ya no sonrojan las mejillas, pero sí te llevan a la cama. Las personas encuentran al amor de su vida cada tres meses, y aquella muy sonadita "prueba de amor" parece ser una especie de comida rápida, que puedes llamar y te la traen hasta la puerta de tu casa en menos de 30 minutos.
En estos tiempos ya nadie valora los sentimientos, sino la calidad del sexo. Los hombres, en su mayoría, buscan una mujer con busto pronunciado y cintura estrecha, mientras que las chicas juzgan la calidad del hombre según el dinero que posee en su cartera.

Vivimos en una era llena de adelantos tecnológicos que nos han facilitado la vida de muchas maneras. Incluso en las relaciones, es cuestión de entrar a una red social y darle “me gusta” a la foto del chico o la chica que te parezca más sensual, incluso existen aplicaciones para encontrar a tu pareja perfecta de acuerdo a sus gustos e intereses con ecuaciones y algoritmos certeros que te dicen quién es el adecuado para ti.
Puedes conocer personas de otros países, con otra cultura, otro idioma y vivir un romance de fantasía a través de Internet; subir una foto para mostrarle al mundo tu increíble vida y así atraer a quien siempre has deseado.
A veces las cosas se vuelven tan impersonales, que de pronto hemos olvidado lo que realmente vale en una relación: esos nervios cuando se acerca la persona que te gusta, las primeras palabras que cruzan, esas miradas confidentes, las sonrisas que te van enamorando poco a poco.

Pasamos horas editando las fotografías que tomamos con nuestras parejas, luego esperamos la lluvia de likes y comentarios de felicitación.
Buscamos un amor incondicional, cuando, en algunas ocaciones no estamos dispuestos a sacrificar nada por otra persona; no queremos dejar de lado nuestra comodidad para apoyar al otro. Queremos salir a cenar y reír un rato, pero no nos acompañamos cuando llegan los problemas.
Las conversaciones se han convertido en una eterna lluvia de mensajes de texto; incapaces de conectarnos a través de la mirada, pero sin perder la conexión con el teléfono celular.
Aunque, no podemos absolutizar, el amor del siglo XXI, lo que yo llamaría “amor 3.0” se ha vuelto frío y distante. Sin embargo, encontrar ese gran amor es, muchas veces, lo que más deseamos. Encontrar lo que hemos anhelado desde nuestra infancia y tener quizás, nuestro final feliz.
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