Matanzas, Cuba.- Un hombre octogenario, robusto y de voz gruesa presenta su testimonio ante esta reportera. Los recuerdos se precipitan mientras evoca el combate, la Ciénaga y la hidalguía del pueblo de Jagüey Grande que fue la retaguardia segura de los sucesos de abril de 1961.
Yo me siento inmensamente orgulloso de mi pueblo -afirma Rodolfo Carrasco Arévalo quien se encontraba al frente del Comisionado Municipal Revolucionario desde enero de 1959 y durante la invasión de la fuerza mercenaria por Bahía de Cochinos sin ninguna experiencia militar decidió adentrarse junto a un grupo de 32 jagüeyenses en la zona de la agresión.
Cuenta el jagüeyense fiel a su terruño y a la Revolución que al regreso a Jagüey para trasmitir un parte de la situación se enfrentó a uno de los momentos difíciles. En su anecdotario destaca el combate que se produce contra las fuerzas enemigas en la carretera y lo obliga a él y a su compañero, el Jefe del Puesto Militar del poblado Antero Fernández a batirse en un mar de balas.
¡Ríndete! Aguzó el oído Carrasco y se dijo con impotencia: ¡Ah, pero si son cubanos chico! En el intento por defenderse de los invasores, descubre a su coterráneo víctima mortal de una bala en la cabeza y alcanza solo a arrojarse por la cuneta para buscar refuerzos.
A su llegada al pueblo se encuentra todo un pueblo preparado para la guerra, dispuesto a batirse contra los que pretendían arrebatarle la libertad alcanzada en enero de 1959. Hombres, mujeres, niños, todos en función de donar sangre, de elaborar comida para las tropas, de curar a los heridos y de defender su territorio hasta las últimas consecuencias.
Rodolfo Carrasco en su función de comisionado contribuyó a organizar las provisiones, desde un carro con altoparlante guiaba a la masa y la actualizaba de la situación real.
“Si la Patria estaba agredida era lo menos que podíamos hacer, nadie estaba tranquilo en casa.”
No existía duda de que los mercenarios subestimaron la capacidad de respuesta del pueblo cubano y Jagüey no quedó atrás. Por su cercanía el peligro de una ocupación significaba que no podían bajar la guardia. Y así fue.
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