Un nombre de guerra y letra, Eduardo (+ Audio)

2011.04.13 - 14:28:16 / web@radiorebelde.icrt.cu / Esther Lilian Gonzlez de la Fuente

«Has conocido la guerra, pero todavía
te preguntas qué es la guerra (…) Ya no podrás saberlo,
porque la guerra se terminó. Y para ti, y para muchos
como tú la guerra es un combate contra la espera o el recuerdo
de una viejita con un pañuelo saludando desde un pueblo muerto»
“Eduardo”, La guerra tuvo seis nombres, Eduardo Heras León


La Habana, Cuba.- La guerra tuvo seis nombres, uno de ellos era Eduardo, Eduardo Heras León, hoy un narrador cubano, director del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso; antes, en Playa Girón, el Chino Heras, segundo jefe de la Batería número 7 de morteros 120 milímetros, perteneciente a la Base de Baracoa.

A este escritor me lo encuentro en su casa del Vedado habanero, rodeado de libros y muebles dispersos, y desde una esquina del apartamento, donde está su sillón, me traslado con los gestos, la mirada y la voz de este hombre hacia Playa Girón.

—Girón—dijo bien bajito el teniente de milicias Dionisio González, un viejo veterano de la guerra española y jefe de la Batería número 7 de morteros 120.
Yo no sabía dónde quedaba Girón, y tampoco con certeza lo que estaba pasando, pero iba en el camión hacia allí.

«Yo era muy joven, ideológicamente no definitivamente formado. Sentía el patriotismo como todos, estábamos viviendo un momento de puro heroísmo, de exaltación patriótica. Recuerdo que cuando Fidel declara el carácter socialista de la Revolución, al lado mío había un viejo militante del Partido Socialista Popular, y me abrazó llorando y me decía: Tú no sabes lo qué es eso… y por supuesto que no lo sabía».

La caravana avanzaba… Primero la Escuela de Responsables de Milicias en Matanzas, después Jovellanos; Jagüey Grande que parecía un pueblo de muertos, sin una luz; luego la comandancia del central Australia…

«Allí nos encontramos a Fidel, que daba pasos agigantados por el lugar. Y dijo una frase: —Se creen que van a encontrarse otra Guatemala. Aludiendo a lo que sucedió en Guatemala en 1954. Y entonces el jefe nuestro, Dionisio, le respondió: —Y se van a encontrar una Guatepeor. A lo que Fidel replicó velozmente: No, aquí se van a encontrar su Waterloo».

Luego, mi primera misión: organizar el servicio de guardia…

«Y de pronto una lucecita, alguien que encendió un cigarro, y yo fui rápidamente a decirle: Oiga no se puede fumar aquí… Y me encontré con un hombre mayor con la cabeza vendada, con el cuerpo lleno de pólvora mezclada con sangre, era del batallón 339 de Cienfuegos, que había recibido el impacto inicial de la invasión. De repente sentí que maduré en ese instante, supe que íbamos a la guerra, no solamente a aniquilar al enemigo, sino que el enemigo también podía herirnos y matarnos, a nosotros también».

Al otro día… la disponibilidad... la misión más importante.

«Íbamos por la carretera y desde una ambulancia nos hicieron una señal como de bombardeo con la mano, efectivamente venía un B-26 por el centro de la carretera disparando con sus diez ametralladoras. Paramos el jeep, cada cual salió como pudo, a mí se trabaron las piernas, me metí debajo del carro, y sentí como los trozos de asfalto rotos por el bombardeo me daban en el rostro. Allí le vi la cara a la muerte».

De vuelta en el central Australia, comprendí que en la guerra también suceden cosas simpáticas…

«Cuando comenzaron a bombardear el central, un miliciano de mi unidad estaba lavándose los pies en una lagunita, y sale corriendo hacia el agua para protegerse, pero unos metros delante le tiran una ráfaga. Al lado tenía un cañaveral y sale corriendo para allá, le tiran otra ráfaga. Se voltea a la laguna, al cañaveral y… de pronto se sienta en una piedra, ¡en una piedra a fumar!, ¡con el avión disparando!».

La gesta vivida se volvió letra, signos de puntación, narración fuerte, directa, donde el testimonio vivido se convierte en literatura, en arte para pasar a las postrimerías y versionar la historia.

«Yo tenía que escribir de alguna manera, yo sentía que tenía que escribir. Y un día sorpresivamente, me senté a la máquina de escribir y surgió un cuento de Playa de Girón, y fue como si se abriera una compuerta espiritual y empezaron a surgir uno tras otro…»

Y ahora en el camión donde regresas con los puños apretados, con pedazos de victoria colgando de tu fusil y de tu boina, dejas de pensar. Los pueblos que pasan te saludan, te gritan, te cantan como un héroe. Y tal vez tengan razón, tal vez la guerra la ganaron todos, los que combatieron y los que no combatieron, los que esperaron y vivieron como tú, y los que no pudieron esperar, porque la muerte terminó con su espera. Tal vez, por eso saludas a todos, y aprietas contra tu pecho las flores que te lanzan a los ojos, y cantas la victoria, porque también es tu victoria. Mientras los camiones devoran la carretera interminable, y el aire te saca las lágrimas.

“Eduardo”, La guerra tuvo seis nombres, Eduardo Heras León.

 



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