Un octubre de reencuentro con Camilo y Che

2019-10-28 15:55:46 / web@radiorebelde.icrt.cu / Yaiceln Palma Tejas

Un octubre de reencuentro con Camilo y Che

Después de un largo tiempo entré nuevamente al Museo de la Revolución, de cuyo interior tenía muy vagos recuerdos. La última vez que lo visité fue en el verano de 2002 con apenas nueve años, en mi primera visita a La Habana.

Fui a ver a Camilo y al Che para homenajearlos con flores a propósito de la jornada que en octubre les dedicamos todos los cubanos. Al principio pensé sería una visita rápida, porque el lugar está en reparación y no podía prolongar la estancia en las salas. Pregunté por las estatuas de cera que los personifican, y enseguida me indicaron el camino hacia ellas.

Cuando las tuve de frente comencé a llenarme de recuerdos. De aquel 2002 en que apreté las manos de mis padres ante la impetuosidad que me transmitían aquellas figuras; de las hazañas de estos dos hombres contadas por los maestros y profesores en el aula; de la foto de ambos escalando la Sierra Maestra junto a otros rebeldes, que tantas veces vi en los libros de Historia.

Un octubre de reencuentro con Camilo y Che

Puse las flores. Al final esa era mi misión allí. Pero no podía irme y dejar a mis espaldas la posibilidad de profundizar en aquellas miradas, de oler el sudor que corre por sus rostros, de sentarme a conversar con ellos, de oír sus relatos de la guerra y de contarles yo los míos sobre el trabajo, los amigos, la familia, el mundo, el amor. Y me quedé.

Aún concentrada en las figuras, casi vivientes, de Camilo y el Che, percibí la compañía de un público especial. Eran pioneros y una maestra, impresionados igual que yo con la fineza y la certeza con que modelaron las estatuas. Más que detener el tiempo de ambos héroes, aquella obra es símbolo de su presencia.

Mientras contemplaba el contraste de mis flores con el de las hojas verdes donde se envuelven el Héroe de Yaguajay y el Guerrillero Heroico, vi a Camilo separarse de su hermano de batallas y desplazarse hacia un balcón cercano en el propio museo, quizá un piso más abajo, para dirigirse al pueblo que cerca de allí transitaba. Y como el 26 de octubre de 1959, declamó el fragmento del poema “Mi bandera” de Bonifacio Byrne:

“Si deshecha en menudos pedazos
Se llega a ver mi bandera algún día,
Nuestros muertos, alzando los brazos,
La sabrán defender todavía…”


El timbre de mi teléfono me sacó de tal escena, y aunque quería seguir viviendo aquella experiencia, cual centauro en la mitología griega, combinada con lo real y lo inaudito; debía cumplir otras misiones, ahora laborales. Salí de allí convencida de que el Museo de la Revolución es una máquina del tiempo, y que el Che y Camilo tienen tanta vida como la que nosotros le demos.



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