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Recientemente tuve la oportunidad de disfrutar del excelente espectáculo que el Centro Promotor del Humor organizó para celebrar por todo lo alto sus dos décadas de fundado. Si Gardel tuviera la oportunidad de ver los rostros de quienes han formado parte de la prestigiosa institución a lo largo del tiempo, quizá lo pensaría más de una vez para aseverar que veinte años no son nada.
El capitalino teatro Karl Marx, sede de los grandes acontecimientos en Cuba, fue el lugar escogido para articular una función en torno a las dificultades que han existido en el país en cuatro lustros de trayectoria, y la manera jocosa en que el cubano las asume. Fueron momentos hilarantes, y el público lo refrendaba con sus interminables aplausos.
No pude dejar de cuestionarme cómo han cambiado los tiempos, las condiciones y las realidades, y sin embargo, las personas continúan siendo las mismas. Ni siquiera el implacable ha podido contrarrestar las voluntades. Captó mi atención –además- la utilización del humor como herramienta para aludir temas polémicos; esos que, en ocasiones, los profesionales de la palabra tenemos dificultades para abordar.
Allí se habló de todo, y en el sentido abarcador del término. Pinceladas con sabor satírico a tópicos recurrentes entre la población engalanaron la noche. Mas, uno en particular propició estas breves líneas. Específicamente cuando el actor de turno refirió que para reírse con deseos solo era necesario sintonizar los espacios informativos en la televisión.
Esa alusión está precedida por el “síndrome del catalejo” que ha caracterizado en determinados momentos a la prensa nacional . O sea, la construcción por parte de los medios de una realidad que no se percibe igual por todos, por la elaboración de un discurso triunfalista en exceso y una mirada crítica a la geografía distante sin sopesar el entorno local.
Múltiples congresos del gremio periodístico allanaron el camino para una apertura a publicar en la prensa trabajos sobre los problemas que lastran el movimiento del país. Poco a poco volteamos la mirada hacia el interior de la sociedad para resaltar lo bueno, pero también para hablar de lo malo.
No obstante, los temas complejos siempre chocan contra la censura. Y qué decir de la autocensura de los propios cronistas que olvidan su formación, y se convierten en adoradores.
Es entonces cuando se difunden por diversas vías los textos que no hallaron espacio en las páginas o la programación de determinados órganos de prensa. Y es allí donde se producen exquisitos debates, con alto grado de seriedad y propuestas con un basamento exhaustivo.
Es inevitable, llegado hasta este punto, no cuestionarse la posibilidad de trasladar esos intercambios al escenario mediático de hoy. ¿Cuán provechoso sería propiciar el diálogo entre todas las partes? Esa y otras interrogantes podrían encausar las ideas para construir en periodismo más atractivo y motivador.
La profesión debe ser el instrumento que inicie el trayecto, y provea a las instituciones de criterios populares sobre cómo implementar una decisión. Bien utilizada, puede generar estados de opinión, y al mismo tiempo, ganar en fiabilidad cuando lo que se presenta es lo percibido a diario por la mayoría.
Es momento de que los públicos confíen en nuestra capacidad para proponer soluciones y se sientan identificados con el discurso de los medios. Mientras tanto, seguiremos riéndonos de las vicisitudes criollas y esperaremos por otras dos décadas de historia. Si total, para el excelso cantante argentino y para quienes gustan de la risa, no es casi nada.
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