
Matanzas, Cuba.- Wilfredo Sobrino Moreira, nació en el poblado de Cocodrilo, en pleno corazón de la Ciénaga de Zapata, en Matanzas. Huérfano a los doce años, vivió el encierro, sufrimientos y privaciones de los habitantes de esa región.
“Mis juguetes -comenta mientras se frota las manos y pierde su mira en el pasado- no pasaron de un caballito de madera, andar tras los pájaros, pescar entre riscos, jejenes y mosquitos y aceptar el sufrimiento de mi madre ante la muerte de mis tres hermanos. Así, uno tras otro.”
“Hoy me duele pensar en la ignorancia y el dolor con las que se vivían en esos tiempos y le agradezco infinitamente a mi madre el haberlos disimulado lo más que pudo. No sé si sería por evitarnos esos momentos, o por simple aceptación de que esa era la realidad y nada se podía cambiar.”
Wilfredo Sobrino, de baja estatura, recia constitución y manos nervudas y seguras en el bregar de la vida, como evidente muestra de haber sido moldeado por el pantano y además, haberle sobrevivido, nos confiesa: “Pero un día enferma gravemente uno de mis hermanos y, siendo un chiquillo de apenas siete años; mi madre, desesperada, agobiada, hace esa promesa, terrible promesa para mi, que consistía en venderme por cinco centavos y hacerme llevar el pelo largo hasta los diez años”.
“Nunca me atreví a cortarme el pelo, porque por fortuna; mi hermano mejoró. En aquel momento lo vi como un milagro, algo imposible. Luego comprendí, también con dolor, que no era más que ignorancia profunda y lamentable. Mi madre, que también había hecho otra promesa, caminó a solo unos días del parto de mi último hermano, 15 kilómetros entre pantano y terraplenes.”
Wilfredo hace un alto en nuestra conversación y fija su mirada al suelo, como si buscase la palabra indicada, o quizás temiese entreabrir la ventana de los recuerdos de su infancia y me dice: “mira, resulta que cuando tenía 12 años, mi padre muere y me llevan a Jagüey Grande, entonces descubro que el mundo es mucho más que el palmo de tierra que había en el poblado de Cocodrilo entre el mar y el pantano. Con doce años y sin saber escribir y mucho menos leer, descubrí el alumbrado eléctrico y eso me espantó, porque para mí, el mundo era todo lo que teníamos en la Ciénaga de Zapata.
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