Responsabilidad de todos
Heidy González Cabrera
Colaboradora de Radio Rebelde
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1ro de Noviembre del 2009, 9:57 a.m.
La Habana, Cuba. - Entrar en la tercera edad no solo es una condición humana marcada por el desgaste interno e externo del organismo. Mucho más allá de la apariencia, canas, arrugas o dolencias, las personas mayores empiezan a meditar sobre cuál será su destino.
Quienes han defendido su autonomía el máximo posible, temen con razón un futuro incierto que implique pérdida de facultades físicas o mentales, sobre todo porque conlleva la búsqueda de familiares o alguien que les acompañen el resto de sus años.
Dramática realidad a enfrentar. Saben que de presentarse cualquier discapacidad, requerirán del cuidado de las hijas, y si de los hijos se trata, de las nueras. En ellas recaerá el trabajo implícito en la atención y con la disyuntiva para los viejos de tener que ir a vivir en sus casas, dejando atrás costumbres y todo lo que constituyó su pequeño mundo casero.
A su vez, ¿cómo reciben esa situación los hijos de los ancianos?
Actualmente, la mayoría de las mujeres viven entregadas a la vorágine del mundo laboral, sin escapar de las tareas hogareñas. Cada vez es menos el tiempo para cumplir con la atención de los niños, por tanto, asumir los cuidados de sus mayores no resulta fácil.
Aunque se asuma con disposición y amor, deviene sobrecarga de consecuencias predecibles: estrés, problemas con el cónyuge y con el resto de los parientes. Muchas veces no se cuenta con el apoyo familiar de los otros hijos comprometidos con la responsabilidad. Incluso, falla el acuerdo inicial de “compartir” la atención del anciano, recibirles por periodos de tiempo limitados ("por meses") en casa de los distintos hijos.
En momentos de crisis, el “cuidador” piensa en ingresar al abuelo en una institución u hogar para ancianos. Pero son ideas fugaces porque chocan con las costumbres de las familias de Iberoamérica, que a diferencia de la anglosajona, mantienen fluidas relaciones filiales entre sus miembros.
Los propios ancianos caen en peligrosos estados depresivos cuando presienten ese final. También constituye un trauma hasta para la propia “cuidadora” porque todos consideran el acto de ingreso como un cruel abandono a sus mayores.
Entra en juego la cultura, la tradición, la falta de enfrentamiento a un problema inevitable en la mayoría de los casos. Hay personas que preparan con naturalidad el panteón donde será enterrado. Pero pocas se sientan a reflexionar cual será su destino cuando las capacidades mengüen.
Urge el acondicionamiento familiar con antelación suficiente, porque cuando llega el momento, las decisiones bruscas dañan a todos.
Y más allá de la familia, la sociedad y los gobiernos deben tomar las medidas adecuadas para que los Hogares o Asilos, como quieran llamarles, reúnan las condiciones ideales para ser bien aceptados, tanto por los ancianos, como por sus familiares. Por su parte, la sociedad debe asimilar ese paso como aceptan el ingreso de niños en las Guarderías o Círculos Infantiles. Y ya ubicados los abuelos, que no se pierda nunca el amoroso vínculo familiar.
Hay que meditar con urgencia y profundidad porque nuestra población envejece, y sería triste perder por inercia los valores que caracterizan a la familia, justo al final de su vida. |