B�lico trinar
Heidy Gonz�lez Cabrera
Colaboradora de Radio Rebelde
2 de Febrero de 2009, 11:00 a.m.
La
Habana, Cuba.- Es dif�cil encontrar una
persona que no le gusten las aves.
Gorriones, sinsontes, periquitos,
tocororos… hay para escoger, aunque,
quiz�s por la atenci�n que ellas
requieren, la din�mica de la vida diaria
no coadyuve a tenerlas en el hogar.
Pero, �qui�n no se ha recreado alguna
vez con el colorido de sus plumajes o la
melod�a de sus trinos?
Vamos a
citar un pajarillo muy singular, del cual
muchas veces escuchamos mencionar: el
Tomegu�n del Pinar (Tiaris canora), especie
end�mica de nuestro pa�s, con diminuto
tama�o -apenas 11 cent�metros de longitud,-
y que gusta de vivir en las grandes sabanas
y en las periferias de los boques.
El macho
presenta un plumaje donde predomina el color
verde olivo en la parte superior, llegando
al pardo en la inferior, pero adorna su
cuello con un brillante collar de plumas
amarillas que contrasta con el rojizo de sus
patas. La hembra es menos afortunada, porque
su collar�n amarillo no es tan vistoso como
el de su pareja.
Parece
contradictorio, pero estas aves peque�itas
construyen un gran nido a mediana altura, y
recurren a todo lo que encuentran: ramas,
ra�ces, hojas, etc. Eso s�, el interior de
su nido goza de comodidad para la futura
cr�a, pues, buscan materiales suaves como
plumas, pelos, lana, y similares. Buena
precauci�n para la feliz estancia de dos o
tres huevos al m�ximo.
Y cuando la
“casa” est� garantizada, la pareja de
tomeguines se hace inseparable, detalle
sorprendente si tenemos en cuenta que esta
especie no tiende a andar en bandadas.
Muchas
personas piensan que todos los p�jaros
“cantan”, pero los tomeguines no son aves
canoras, s�lo emiten un sonido bajo y
persistente. Sin embargo, quienes les tienen
enjaulados, conocen bien sus “ri�as” de
canto de una jaula a la otra, porque en
cautiverio, uno trina al otro, que le
responde con fuerza, formando incre�ble
algarab�a.
Seg�n los
expertos, milenios antes de que los seres
humanos los enjaularan, ya esas avecillas se
disputaban los espacios para alimentarse o
anidar, marcando su territorio con esa
t�pica “batalla” de silbidos como
advertencia a los intrusos. |