Encierro por pánico
Heidy González Cabrera
Colaboradora de Radio Rebelde
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7 de Noviembre del 2009, 12:23 p.m.
La Habana, Cuba.- La puerta de la calle se abrió y apareció una linda muchacha, con la cartera el brazo. Cualquier transeúnte pensaría que estaba a punto de salir, pero, un buen observador, descubriría su expresión demudada, y el miedo en su mirada. Minutos después, dio un paso titubeante paso atrás y cerró la puerta bruscamente.
¿Cuál fue la razón de su extraña reacción? Profundicemos en un tema poco conocido, más no quiere decir, que poco padecido: agorafobia, trastorno determinado por el pánico a salir a la calle.
Los que han experimentado crisis de angustia ante un peligro real, conocen la respuesta orgánica ante la intensa sensación de miedo. La agorafobia, se acompaña de innumerables síntomas: taquicardia, temblores, sudoración, asfixia, molestias gástricas, náuseas, diarreas, micción frecuente, mareos, temblores y desmayos.
Para no experimentar estos síntomas, los agorafóbicos se condenan a una vida de encierro, que por demás, agudiza el padecimiento.
Durante muchos años, las crisis de pánico se controlaban con fármacos, mientras que el tratamiento psicológico actual recurre a la exposición a esas sensaciones temidas y a la reevaluación del supuesto peligro. Novedosos criterios consideran que el enfrentamiento a la situación que produce la agorafobia, es más efectivo para su curación.
Cuando el paciente no busca atención médica, las crisis se intensifican, y llevan a la víctima a protegerse con medidas extremas: encierro en la casa, y en casos graves, hasta recluirse en su habitación.
A nivel motor, esas conductas de evitación produce tal inmovilidad y aislamiento, que el enfermo pierde percepción de control, y deteriora su nivel de autoestima. En el ámbito afectivo, se siente culpable e indefenso ante el problema, y cae en la depresión más absoluta.
¿Causas?
No hay conclusiones generales del origen, pero el estudio de los casos, ha dado algunas pistas. En las fobias simples, especialmente el miedo a ciertos animales, comienzan en la niñez y se pueden mantener en la edad adulta, mientras que la agorafobia suele comenzar al final de la adolescencia o en la primera juventud.
Aunque no es determinante, influye la crianza, donde los padres trasladan sus propios temores a la prole. Tampoco están exentas las duras críticas a la apariencia personal de los hijos: “se van a reír de ti”, “se burlarán de tu obesidad”, etc.
La agorafobia no es tan común como las fobias simples, y se diagnostican con mayor frecuencia entre las mujeres. Vale señalar que, incluyendo las fobias sociales o desatadas por los animales, tienden a heredarse de la familia.