La cultura del silencio
Heidy González Cabrera
Colaboradora de Radio Rebelde
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22 de Octubre del 2009, 12:10 p.m.
La Habana, Cuba.- Nerviosismo, migraña, palpitaciones, insomnio, malas digestiones, irritabilidad… Los síntomas aumentan por día, hasta que deciden consultar al médico.
Análisis van, análisis vienen, y… ¡nada! Años de investigaciones sin resultados esclarecedores. Entonces, un diagnóstico comienza a revoletear sobre las cabezas: trastornos psicosomáticos, o lo que es igual, imaginados, porque, realmente, no existen. Certifican el término “hipocondríaco”, y remiten para el psicólogo. Hasta ahí llegó la investigación.
Sin embargo, en ese largo proceso, no siempre preguntan cómo es el ambiente donde vive o trabaja el paciente. Fundamentalmente, si es en una zona tranquila, con sonidos estridentes.
Sólo entonces empieza un hilvanar de los distintos “ingredientes” del ambiente sonoro a que viven sometido, tanto en su casa como en el centro de trabajo: timbres de varios teléfonos, tecleos simultáneos, personas que hablan a gritos, radios-grabadoras con música a todo volumen, ladridos de los perros, claxon persistentes y hasta el martilleo de una obra cercana. Al final, el médico, sacará conclusiones mucho más convincentes: la causa que genera todos sus males es la contaminación acústica.
Aunque muchos lo duden, y a otros parezca increíble, el ruido puede dañar el organismo seriamente. Al respecto, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) advierte que la contaminación sonora, se ha duplicado peligrosamente en los últimos años, lo que perjudica la calidad de vida, y hasta motiva un desenlace fatal.
Formas de daño
En primer lugar, las pérdidas auditivas, temporales o permanentes. Las primeras, devienen desplazamiento del umbral auditivo en bandas de audiofrecuencia después de un corto período de exposición a sonidos de intensidad. De mantenerse, derivará en una pérdida permanente.
Las señales de ese daño auditivo se manifiestan con la dificultad para comprender las palabras.
Vale aclarar que, además, el ruido provoca otro efecto todavía más devastador. Por ejemplo, el estrés mantenido, que ejerce una influencia negativa sobre el nivel inmunológico, punto de partida para el surgimiento, desarrollo y desenlace de diversas enfermedades.
Las investigaciones realizadas por los expertos de Medicina del Trabajo, afirman que los altos decibeles disminuyen el rendimiento laboral, y transmiten fatiga al trabajador, lo que dificultad la concentración y la memoria.
Pero, una de las disfunciones biológicas más características en quienes conviven con el ruido, es el sueño. Registros electroencefalográficos revelan que dormir en lugares ruidosos afecta los procesos restaurativos del sueño.
Vigilancia y control
Definitivamente, el ruido es un problema para la humanidad, reconocido así desde épocas tan antiguas como la Roma imperial. Incluso, la historia recoge normas escritas sobre el tema que datan del siglo XV, cuando en la ciudad de Berna se prohibió la circulación de carretas que ocasionaran ruidos excesivos.
En la actualidad, cada país establece su legislación para regular los decibelios (dB), que mide el ruido con sonómetros u otros equipos.
En 1995 un informe detallado de la Universidad de Estocolmo para la Organización Mundial de la Salud (OMS), consideraba los 50 (dB), como el límite superior deseable, teniendo en cuenta que molestias generalizadas ocurren a partir de los 85 dB.
Un ambiente silencioso se encuentra entre 0 y 20 dB; hasta 60 dB presenta poco ruido; de 80 a 100 dB es muy ruidoso; y si sobrepasa ese umbral, se hace intolerable.
Para tener una idea más exacta, podemos decirles que en una habitación, en horarios de dormir, el ruido alcanza 15 dB; en la sala, oscila entre 30 y 40 dB, mientras que en una oficina típica se soportan unos 65 dB.
En la calle, el ruido está cercano a los 85 dB; autos, ómnibus o camiones, lo elevan a 90 dB; un martillo neumático provoca 100 dB, y el estruendo de un avión despegando, entre 120 y 130 dB.
La vigilancia epidemiológica ambiental establece normas tanto para el ámbito laboral como para el medio residencial, y algunas muy específicas dirigidas al ambiente hospitalario y escolar.
Falta sensibilidad
El tráfico por las avenidas, las fábricas, el pregón de los vendedores callejeros, y los mil ruidos escapados de una construcción conforman una sinfonía diabólica para los oídos, y muy particularmente, para nuestra paz mental. Al decir de los expertos, “la zonificación urbana se ha perdido en esencia y hoy surgen nuevos espacios donde la vivienda, el comercio y la industria conviven bajo el amparo de la ley de la selva”.
Sería muy ingenuo calificar el fenómeno como falta de silencio; merece catalogarse como indisciplina social, y sobre todo, falta de exigencia en el cumplimientode las leyes establecidas para salvaguardar el medioambiente de esa contaminación. O lo que es igual, insensibilidad de las autoridades pertinentes, para el control del ruido.
Pero, de lo que no cabe la menor duda, es que, si la ciencia interviniera en esa problemática, con las pruebas irrebatibles del daño físico y mental, se podría ganar gran parte de esa batalla.
La humanidad carece de cultura del silencio, quizás, porque las últimas generaciones nacieron, y desde la cuna, se arrullaron con el ruido de su entorno. Por tanto, si no se toma conciencia del fenómeno, y no existe voluntad política para hacer frente al problema con medidas efectivas, el ruido nos doblegará. |