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Mujeres buscan su destino verdadero en América Latina
Lídice Valenzuela
Colaboradora de Rebelde
26 de Junio de 2008, 11:35 a.m.
Aunque el destino de las mujeres en América Latina está sufriendo determinado grado de positivas transformaciones en países donde los gobiernos son de corte progresista o de izquierda, lo cierto es que hay mucho camino todavía por andar para que, dentro de varias décadas, hayan alcanzado un grado de desarrollo parecido al de los hombres.
Los cambios socio-políticos de los últimos años en el subcontinente, donde viven más de 278 millones de féminas frente a 273 millones de hombres, permite que estas asciendan a cargos gubernamentales o administrativos - por ejemplo, hay dos presidentas, Michelle Bachelet en Chile y Cristina Fernández en Argentina, mientras otras como Cilia Flores preside el Parlamento Nacional de Venezuela, en tanto otras miles son beneficiadas con los programas educativos, de salud, laborales y de diversa índole en países donde se aplican programas para equilibrar las facultades de los géneros.
Es decir, que están ocurriendo cambios incluso en la mentalidad masculina para que las mujeres asuman, en un lapso sólo relativamente largo, el lugar que por derecho les pertenece y que, por el imperativo de las sociedades machistas heredadas de la vieja Europa (donde por cierto todavía sus ciudadanas también son víctimas de discriminación y violencia) las han mantenido relegadas durante siglos.
Y aunque en varios países aparecen nombres femeninos en las relaciones de los gabinetes presidenciales, o en cargos ejecutivos de importancia, todavía el número resulta insuficiente, si se considera la enorme cifra de hombres que ocupan la mayoría de los cargos.
Por ejemplo, las colombianas ocupan el 11,7% de los curules del Senado, y 8,4 en la de Diputados. En Perú existe, por primera vez, una Mesa de Mujeres Parlamentarias recién electas, con el apoyo de la presidenta del Congreso Legislativo, Mercedes Cabanillas, del partido oficialista. En Brasil hay 51 legisladoras nacionales, el 10,7 en el Senado y el 8,24 en la Cámara de Representantes, la mayoría miembros del oficialista Partido de los Trabajadores (PT). El 26% de los diputados del Parlamento cubano son mujeres.
En la última década, con la asunción de gobiernos progresistas en la región, la proporción de la presencia femenina pasó de nueve a 14% en los gabinetes. En los
Senados creció de cinco a 13%, y en la Cámara Baja de ocho a 15%, según un informe del Instituto Internacional de Investigaciones y Capacitación de la ONU para la Promoción de la Mujer (UN-Instraw, sus siglas en inglés).
Pero en el mercado laboral la presencia de la mujer se torna diferente, pues aunque constituyen la mayoría de los habitantes de América Latina todavía son también las más vulnerables al desempleo, un 31% son jefas de familias y mantienen a sus proles aunque carecen de educación y de condiciones mínimas de vida. De los 50 millones de indígenas que viven en el subcontinente, el 60% pertenece al sexo femenino.
Con la excepción de Cuba, donde las ciudadanas están mejor representadas en los diversos sectores, aunque sin que todavía se hayan explotado todas sus potencialidades, en el resto de América Latina, la mujer debe librar una dura batalla por su supervivencia, inclusive cuando están inmersas en las propuestas sociales de sus respectivos gobiernos.
No por gusto se dice que la pobreza tiene cara de mujer
Estadísticas de la ONU registran que en los 10 últimos años hubo un ingreso masivo de féminas en el mercado laboral, pero se cuestiona que lo hacen en el sector informal, muchas como empleadas domésticas, vendedoras ambulantes, prostituidas, o en puestos de trabajo de pésima calidad.
Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en la actualidad las mujeres constituyen el 40% de la población económicamente activa en las áreas urbanas en América Latina, pero los resultados son deficientes en lo que se refiere al acceso a empleos de calidad, y proliferan entre ellas las cesantías, baja remuneración, incluso por trabajos iguales desempeñados por hombres, y carencia de protección social y laboral. El servicio doméstico constituye el 15% del empleo femenino en Sudamérica.
Las tasas de ocupación de las féminas en Latinoamérica son muy bajas si se comparan con las de las naciones miembros de la Organización de Cooperación y Desarrollo: 62,1 en Francia, y 72,5% en Estados Unidos, por citar dos ejemplos.
En marzo pasado, la representante regional de la agencia de la ONU para el desarrollo de la mujer, Teresa Rodríguez, indicó en conferencia de prensa que "los países deben considerar la situación de desventaja de la mujer, y destinar más presupuesto a las políticas de género, pues ellas pueden hacer aún más notable su participación en el desarrollo nacional".
Según Rodríguez, "básicamente los presupuestos de educación y de salud, y todo el proceso presupuestario, apuntan a que hay igualdad de oportunidades, pero cuando se hace un análisis, nos encontramos conque aún con un enorme avance en la educación en algunos países, en las zonas indígenas y rurales y en las afrodescendientes encontramos el mayor número de analfabetas".
En naciones como México, aunque se estima que la mujer aporta un 20% del producto interno bruto del país, su presencia es invisible, pues lo hace desde el sector informal. Ellas, además, tienen una importante presencia en el desarrollo en Centroamérica, pues contribuyen a un alto porcentaje de las remesas en dólares enviadas a sus familiares desde Estados Unidos y otras naciones.
Persiste la brecha de género
Según el Panorama Laboral 2007, publicado por la Oficina Regional de la OIT, "`persiste la brecha de género en el acceso al empleo, al punto de que la desocupación entre las mujeres de la región es 1,6 veces mayor que la de los hombres", luego de un análisis del tema en 15 países.
Las mujeres, los jóvenes y las minorías étnicas son las más perjudicadas por la falta de empleo. La tasa de desempleo de los jóvenes, y en especial las muchachas, es casi tres veces superior a la de los adultos", advirtió Mónica Castillo, especialista en análisis laboral.
Pero cuando se analiza el desempleo en función del género, se hace evidente que las mujeres, sean indígenas, afrodescendientes o de otro grupo étnico, poseen las mayores dificultades para insertarse en un puesto de trabajo. La tasa de desempleo superó en un 60% a la contraparte masculina entre las de la raza blanca. Pero el índice alcanzó altos niveles cuando se trata de negras y mestizas, y las indígenas, ya que la diferencia se elevó a un 85% en los países analizados por la OIT.
Los mayores obstáculos durante años las sufren las indígenas y negras o mestizas en Brasil, Chile, Ecuador y Uruguay.
Cuando se hacen estas evaluaciones, los estudiosos toman en consideración que la casi totalidad de las naciones latinoamericanos vivieron durante dos décadas bajo el signo del neoliberalismo, lo que conllevó a la expropiación de las empresas nacionales, con el consiguiente desempleo masculino, pues muchas industrias cerraron o redujeron el personal. Ello obligó a la mujer a convertirse en responsable de la familia, amparándose en el mercado informal, en especial en los servicios.
Existen, asimismo, condiciones desventajosas que afectan por igual a todas las mujeres, subvaloradas además en su condición de madres, como por ejemplo, doble jornada (la laboral y la hogareña), menores ingresos a igual trabajo, menor posibilidad de movimiento, segmentación del mercado laboral.
A ello se suma, a que la situación de pobreza en que vive la mayoría de las féminas latinoamericanas, se une la sobrecarga psicológica de tener que buscar el sustento para los hijos, y las consecuentes tensiones en la vida familiar, como es el caso de las madres brasileñas, que ven a sus hijos pequeños vinculados al narcotráfico como forma de vida.
Viviendo en la miseria
El porcentaje de mujeres viviendo en miseria, sin ingresos, varía de un 45% en Perú, a un 78% en Costa Rica y 54% en México.
En el espectro femenino de la región, las ancianas también sufren discriminación, pues la mayoría de las que tienen más de 65 años carece de jubilación o alguna forma de pensión, luego de dedicar su vida al trabajo informal, como empleadas domésticas, o solo dedicadas a la atención del hogar.
No obstante este panorama desalentador, no puede olvidarse que en naciones como Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Paraguay, Bolivia, Chile, y Cuba, millones de mujeres de una u otra manera van ocupando espacios significativos en las áreas de la economía, la política y la sociedad.
En Venezuela y Bolivia, por ejemplo, son miles las mujeres que ya están alfabetizadas e incorporadas a planes de empleo mediante microempresas, mientras reciben los beneficios sociales a partir de gobiernos destinados a estrechar la brecha de la desigual distribución de las riquezas nacionales.
Igual destino, o parecido, viven otras en Ecuador, Nicaragua, Paraguay, Brasil, donde mediante solidarios planos de cooperación funcionan campañas de alfabetización y de salud, y se buscan soluciones económicas a largo plazo.
No todo es negativo para la gran masa femenina en América Latina, cada vez con mayor participación en las organizaciones indígenas, sociales, de movilización y defensa de los derechos nacionales.
El camino para ellas es largo y arduo, pero en la historia de la región, vilipendiada por el colonialismo español y luego el yugo de Estados Unidos, hay numerosos ejemplos de la valentía y el coraje de la mujer para enfrentar los mayores retos. Participar en el impulso al movimiento político de nuevo tipo existente en América Latina es uno de ellos, sino quiere perderse el trecho que ya se ha avanzado en la última década. |