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José Martí desde el alba de la vida
Miralys Sánchez Pupo
Colaboradora de Radio Rebelde
web@radiorebelde.icrt.cu
19 de Enero del 2010 , 5:43 p.m
La Habana, Cuba.- El maestro José Martí fue un niño conmovido por la naturaleza que desde la infancia conoció junto a su padre en la provincia de Matanzas donde revoloteaban sobre él las mariposas y montó a caballo. Todo lo que rodeó su vida le fue presentado por Don Mariano quien tomaba su pequeña manecita y lo llevaba después los domingos por la calle Eguido mientras observaban los mayores restos que quedaban de las antiguas murallas levantadas para proteger La Habana de los ataques de corsarios y piratas.
Con inmensa alegría caminaron hacia la Plaza San Francisco de Asís luego de detenerse en la Alameda de Paula para mirar el mar y el vuelo de las gaviotas casi sobre sus cabezas. Toda la naturaleza les besaba a aquel par de seres muy humildes sin un céntimo para poder entrar en las presentaciones del Teatro de la Comedia, cuyas puertas estaban cerradas para quienes no tenían dinero. Pero a pesar de esas circunstancias fueron muy felices y el pequeño idolatró aquella figura paterna de la cual por siempre expresó poseía una gran honestidad.
Al pasar el tiempo aquellas impresiones quedaron para siempre inscriptas en el adolescente que cumplió condena en las canteras de San Lázaro por la lealtad hacia sus ideas. Y ante el cual su padre se arrodilló para besar sus piernas sangrantes ante las cadenas con que los carceleros limitaron el normal movimiento de sus pocos años. Pero adentro de su alma ya habitaba la certeza que su futuro sería de combate y probablemente una corta vida como dejó constancia en disímiles escritos.
Las gestiones de su madre y la amistad del padre contribuyeron a que aquel adolescente fuera transferido hacia la finca El Abre en Isla de Pinos. Allí en aquella casa en medio de una hermosa naturaleza, el adolescente fue el tierno guía de los más pequeños de la casa del Don José María Sardá, les trasmitió su amor por la naturaleza y con ellos caminó debajo de los árboles, les enseñó la curiosidad del vuelo de los pájaros y muy gozosos se dejaron envolver por la brisa matinal mientras empezó a ser llamado por sus singulares seguidores como “maestro”.
La noticia del destierro de su país llegó a él como una gran interrogante, pero la recibió como otra nueva página que en su vida debía asumir. Aquel delgado muchacho fue trasladado no obstante hasta el suelo habanero en condiciones de preso que era de la colonia española. Sus padres estaban advertidos de aquel nuevo destino de su hijo pero no pudieron abrazarlo.
El adolescente fue a dormir a una de las mazmorras del sistema carcelario, como para que recordara aquel sistema que tenía encarcelada a su patria, el que no le permitía un momento de sosiego humano junto a sus seres queridos. Los padres fueron al puerto para ver la salida del hijo a distancia y la mirada triste pero segura de Pepe logró avizorar al padre que le seguí sus pasos, como si quisiera arrancarlo de las manos de sus presidiarios para llevarlo a pasear frente al mar que orlaba por siempre la vida cubana que le pertenecía a ambos en medio del vuelo de las gaviotas. |