Bandera cubana

Un lazo de hermandad llamado Patria

No los conociste, no cruzaste jamás palabra alguna con ellos, no son tus familiares, amigos o vecinos, pero su pérdida duele, se clava en el pecho, arrastra lágrimas.

Al principio, hay un número que, aunque en sí mismo lacera, no se compara con el instante de ver un rostro, un nombre, una mirada, un ser humano. Lo entiendes entonces, te une a ellos un lazo que no es de sangre, pero como si lo fuera, por una razón incuestionable: son cubanos.

Puede que no sea nuestro dolor comparable al de sus madres, esposas, hijos, nietos, amigos más queridos, pero lo dijo Fidel también un día luctuoso: el dolor se multiplica. Sí, eso sucede cuando el de Patria es un concepto tan sagrado que, llevándolo al plano individual, lo comparamos con hogar, y a quienes se abrigan en ella, con la familia.

Por eso los llamamos hermanos, y lo hacemos, sinceramente, con el corazón abierto, porque como tal los sentimos, mucho más sabiéndolos mártires del deber, reconociendo en ellos –por trayectoria, y a la luz de los acontecimientos que les robaron la vida– una herencia de lealtad que enorgullece y ensancha nuestra cubanía.

También a la luz de esos mismos instantes se vislumbró el rostro enemigo, sin máscaras, sin ambages. Volvió a descubrir para el mundo, para nosotros, su incuestionable genética fascista, su andamiaje colonial, su imperial vocación usurpadora.

Entonces se siente en el alma un apretón, y se te desbordan los héroes que llevas guardados en el pecho, porque sabes que 32 de los tuyos ya no están más, que te los han arrebatado, víctimas de la soberbia, la cobardía y el egoísmo que corroen desde la génesis a los imperios, al imperio.

Y quisieras abrazar a sus madres, a sus esposas, a sus hijos, y decirles no solo que acompañas su dolor, o que lamentas su pérdida, sino que tú también has perdido a alguien, que lo sientes así, y que jamás perdonarás a quien te lo arrebató. Que somos millones los que no perdonamos.

Porque este pueblo que hoy sufre a sus caídos, porque le asiste el derecho de hacerlo, que hoy les guarda minutos de silencio, que acompaña su adiós definitivo, sigue siendo el mismo pueblo «enérgico y viril», que no olvida ni deshonra a sus hermanos, y que hará temblar a la injusticia cada vez que ponga en duda sus principios.

Hoy Cuba toda será un abrazo, un hasta siempre. Una parte de los nuestros ha cumplido dignamente su última misión, ha librado con coraje su última batalla. Sumando el suyo a los ejemplos que nos guían, los demás seguiremos de pie, conscientes de que nos quedan grandes combates por librar todavía.

Fuente: Diario Granma.

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