En los valles esmeralda de Guantánamo, donde el aire huele a café recién cosechado y las montañas guardan secretos centenarios, late desde 1860 un ritmo que es mucho más que música: es memoria colectiva, resistencia cultural y celebración de la vida. El podcast Encuentro dedica este episodio al changüí.
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El changüí, nacido en las plantaciones de caña y café del siglo XIX, representa la célula genuina del son cubano y uno de los tesoros sonoros mejor conservados de la Isla.
A diferencia de otros géneros que se urbanizaron y transformaron, el changüí ha sabido mantener su esencia rural sin perder vitalidad, reinventándose hoy mediante fusiones con jazz, rap y propuestas contemporáneas que lo proyectan hacia nuevas generaciones sin traicionar sus raíces.
Sus cimientos se asientan en cinco instrumentos fabricados artesanalmente mediante técnicas transmitidas de padres a hijos: el tres —pequeño gigante de cuerda que guía la melodía con improvisaciones audaces—; el bongó de monte, más corpulento que su pariente urbano y dotado de acentuaciones que recuerdan al quinto rumbero; la marímbula, que aporta el bajo rítmico que mueve caderas y pies; el guayo, de raspadura metálica que sostiene el pulso; y las maracas, que cierran el círculo sonoro con su vibración ancestral.

Su estructura musical se despliega en dos momentos mágicos: la copla, donde el grupo canta al unísono presentando el tema, y el montuno, espacio privilegiado para la improvisación del solista y el diálogo con el coro, todo bajo el compás 2/4 que define su cadencia inconfundible y bailable.
Durante décadas, el changüí se cultivó en fiestas interminables donde bastaba la presencia de un tresero para desatar jornadas de jolgorio que se extendían por días enteros.
En esas celebraciones campesinas, los músicos competían entre sí mientras se asaban puercos, se freían bacalaos y las hamacas bajo los árboles ofrecían descanso momentáneo a los bailadores exhaustos.
Las festividades comenzaban en Nochebuena y no concluían hasta que alguien proponía trasladar la alegría al bohío del compadre vecino. Este espíritu comunitario encontró su institucionalización en 1983, cuando se celebró el primer Festival Municipal del Changüí en el Consejo Popular de Felicidad, con sede en la casa de Eduardo Goulet Lestapier, «Pipi», figura fundamental que dio origen a la Casa del Changüí: santuario vivo donde changüiseros de toda la región se reúnen para defender un legado que trasciende lo musical y se erige como forma de vida.
El 12 de octubre de 2018, el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural declaró oficialmente al changüí Patrimonio Cultural de la Nación en un acto simbólico realizado en la Loma del Chivo, enclave histórico del género en Guantánamo.
Este reconocimiento no solo blindó al changüí contra la amenaza del olvido, sino que garantizó su visibilización como elemento esencial de la identidad cubana.
La declaración representa un compromiso ético con la preservación de uno de los géneros más auténticos y antiguos de la música insular, cuya fuerza radica precisamente en haber sobrevivido sin perder su carácter festivo y popular.

Su panteón de exponentes es vasto y diverso. Desde los pioneros Arcadio Dubois, Juan Loga y José Chenco, hasta maestros como Chito Latambé —virtuoso del tres cuya técnica influyó en generaciones— y Antonio Cisneros «Ñico Ya», leyenda del bongó cuya destreza era legendaria. Eduardo Goulet «Pipi», coronado como el rey del changüí en Yateras, lideró el Grupo Estrellas Campesinas, baluarte del género en la región.
No pueden omitirse figuras como Asunción Gainza, tresera que competía con los mejores hombres de su tiempo; María Guevara, asombrosa bongosera; Roberto Bauta, autor del emblemático «El Guararey de Pastora»; y la singular bailadora Evelia Noblet.

Pero ninguna figura proyectó internacionalmente este ritmo como Elio Revé, percusionista y compositor guantanamero coronado como el «Rey del Changüí», quien fusionó sus raíces con propuestas innovadoras que llevaron el género a escenarios habaneros y del mundo entero.
Hoy, la antorcha la sostienen Celso Fernández, el guajiro de voz inconfundible «Mikiki» y Ariel Daudinot «El Zorro», quienes aseguran que en cada rasgueo del tres seguirá latiendo el alma buena de la gente de campo cubana.
El changüí no es un museo sonoro: es un río vivo que fluye desde las montañas guantanameras hacia el corazón de Cuba y más allá. En cada nota resuena la historia de un pueblo que transformó el trabajo forzado en alegría, la pobreza en creatividad y el aislamiento geográfico en riqueza cultural.
Mientras haya quien rasgue un tres bajo el sol del oriente, el changüí seguirá siendo —como escribiera un cronista anónimo— «un pedacito del alma de Cuba que late con fuerza y nos invita a sentir su ritmo en cada acorde». Porque defender el changüí no es solo preservar un género musical: es proteger la cubanía misma.
