Los cubanos guardamos un sentimiento muy profundo hacia Raúl Castro, ese hombre inmenso que, junto a Fidel y toda una generación de jóvenes, no dejó morir los sueños del Apóstol en el año del centenario de su natalicio y reinició la lucha por la independencia definitiva de Cuba.
Este 3 de junio, el General de Ejército cumplirá 95 años. Los abrazara con firmeza y con la confianza de que sobre esta tierra libre hay un pueblo que lo sigue con el alma misma.

Birán lo vio nacer como el benjamín de Lina y Ramón. El amor a sus padres, la preocupación por su familia, hicieron de él un hombre de profundas sensibilidades y de amigos eternos. Un hombre que combate, exige y cumple promesas. Fidel lo definió con certeza: «Raúl es mi hermano doblemente: hermano en toda esa lucha y hermano en las ideas. Pero Raúl no ocupa un cargo en esta Revolución porque sea mi hermano de sangre, sino porque es mi hermano de ideas y se ha ganado ese lugar con su sacrificio, con su valentía, con su capacidad».

Pocas veces se separaron. La admiración, el respeto, el cariño y la lucha no los dejaron. El 18 de diciembre de 1956 marcó quizás uno de sus reencuentros más memorables en Cinco Palmas. Después de un fuerte abrazo y días separados tras el desembarco del yate Granma, tuvo lugar aquel inolvidable intercambio: «¿Cuántos fusiles traes?» —preguntó Fidel.
Y Raúl respondió, como siempre ha hecho, con la verdad y la entereza de los que no se rinden.
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