Los promotores mediáticos del odio contra Cuba, cumpliendo órdenes expresas de los arquitectos del plan destructivo contra la nación, su cultura, su economía, sus tradiciones y su identidad, ya no mencionan al país y a sus instituciones constitucionales sin denigrarlas y definirlas como parte del «régimen» que tratan de satanizar con los peores epítetos y ofensas.
Los principales enemigos tratan de imponer la matriz de un gobierno culpable, incapaz, corrupto, ladrón, represor y que debe desaparecer. Más allá de la intolerancia, las ínfulas imperiales, neofascistas y hegemónicas intentan el sometimiento por la fuerza de las armas o del dinero, en la vil obsesión de apoderarse del país, de someterlo como un estado subordinado o testaferro de Washington.
Esa es la aspiración y creen que el arsenal de sanciones y medidas coercitivas sin precedentes en la historia de la humanidad, van a socavar las bases sobre las que se erigió una nación libre y soberana después de más de medio siglo de explotación neocolonial por los propios Estados Unidos.
Una lista interminable de sitios digitales subversivos creados en tiempos de la Usaid, o más recientemente, se encargan a cada minuto de reproducir la matriz ordenada desde los círculos de poder y su puesto de mando en Miami, donde se concentra la maquinaria que trama la tierra arrasada, la guerra, la licencia para matar y la venganza fascista con disfraces de «libertad».
Los políticos cubanoamericanos vinculados al gobierno presionan al máximo para inducir al error de una confrontación, mientras incitan a la acción al nido de la mafia terrorista, a sus congresistas neofascistas, a la élite oligárquica que siguió enriqueciéndose con los privilegios por su odio hacia su país, a los verdugos que huyeron con millones robados a las arcas de la nación, a los «perseguidos políticos» que asesinaron y torturaron para ganar la ciudadanía estadounidense, a los mercenarios que siguen cobrando por las empresas y organizaciones de la guerra contra Cuba.
Después de mostrar todo su odio y cinismo contra Cuba, el armador principal del plan macabro y anunciador por excelencia de los paquetes de medidas contra nuestro pueblo, el secretario de Estado Marco Rubio, ha dado una prueba más de su guerra abierta cargada de mentiras y desfachatez, al desbocarse en adjetivos propios de su maquinaria fascista para arremeter despiadadamente contra nuestro gobierno, las empresas nacionales y la economía cubana.
A tono con su propósito de hacer ver que el crimen masivo del bloqueo petrolero funciona, pero del que desvergonzadamente culpa a las autoridades cubanas, no escatima insultos e infamias al afirmar que «la situación en Cuba se deteriora a medida que el régimen comunista de la isla, corrupto, brutal y antiestadounidense, sigue priorizando su control absoluto sobre la libertad, las oportunidades y el bienestar básico del pueblo cubano».
¿Cuánta desvergüenza en un solo párrafo? ¿Por qué además de tratar de deslegitimar al gobierno con epítetos insultantes e irrespetuosos añade el intencionado y calculado término mentiroso de «antiestadounidense», que repite más de una vez? Tanta infamia solo tiene cabida cuando el espíritu vengativo de la mafia que él representa sigue aportando millones para apoderarse de Cuba por las buenas o por la agresión militar.
¿La impotencia del verdugo ante tanta dignidad o las ínfulas imperiales de un capo ávido de más muertos? Resulta sumamente grave que el principal exponente de la diplomacia de una superpotencia mundial, recuerde con su discurso a los ideólogos hitlerianos más tristemente célebres, que terminaron ante los tribunales de Nuremberg. Ni el mismo Rubio se cree sus acusaciones. ¿Quién reprime a los cubanos con su ensañamiento, subversión y espionaje?
¿Con qué moral puede hablársele al pueblo cubano de oportunidades y bienestar básico con un bloqueo genocida inocultable y que anuncia descaradamente el propio Rubio en cada aparición pública o mensaje en redes digitales, con las nuevas medidas fascistas, como las que ha generado a lo largo de 2026?
El «diplomático» sabe muy bien que no existe espíritu antiestadounidense en las autoridades cubanas ni en nuestro pueblo hospitalario, abiertos al diálogo y al entendimiento, pese al odio y la subversión que sí se genera desde EE. UU.; que este es un país solidario que comparte lo poco que tiene y es robado y privado de libertades por quienes prohíben que les llegue el petróleo, el gas o medicamentos imprescindibles desde el exterior, y con los problemas que causan desde Washington al sistema electroenergético provocan carencias, limitaciones y muertes.
Con estos voceros del apocalipsis, queda al descubierto que cuando para el fascismo es régimen para el pueblo es dignidad.
(Tomado del diario Granma)
