Ñico Saquito: el juglar que convirtió la picardía en arte mayor

Un santiaguero que aprendió la música en la calle

Benito Antonio Fernández Ortiz, conocido universalmente como Ñico Saquito, nació el 13 de febrero de 1901 en Santiago de Cuba y murió en La Habana el 4 de agosto de 1982. Su infancia en el barrio del Tivolí, crisol de culturas y ritmos, marcó su destino musical. Sin formación académica, aprendió en los puertos, mercados y bares, donde descubrió que “la música no se escribe, se vive”. Ese aprendizaje empírico lo convirtió en un cronista de la vida cotidiana cubana, capaz de transformar la ironía popular en poesía sonora. A su sonoridad se dedica el nuevo episodio del podcast Encuentro.

De Santiago a La Habana: el nacimiento de un estilo

En los años veinte, Saquito se integró al círculo de trovadores de la calle Heredia, compartiendo con Sindo Garay y Manuel Corona, pero pronto se apartó del romanticismo trovadoresco para abrazar la guaracha y el son montuno. En 1934 fundó el Cuarteto Saquito, con el que grabó clásicos como María Cristina, Al vaivén de mi carreta y Adiós compay gato. Estas piezas, llenas de doble sentido y crítica social, trascendieron fronteras y consolidaron su fama como el guarachero de Oriente.

Durante los años cuarenta y cincuenta, Saquito alcanzó su madurez artística con Los Guaracheros de Oriente, agrupación que llevó su música a Venezuela, Puerto Rico, México y Nueva York. En sus giras, no solo exportó canciones, sino una filosofía de vida: la música como celebración colectiva y resistencia cultural. Su obra se convirtió en un espejo de la cubanía desenfadada, donde el humor servía para enfrentar la adversidad.

Exilio, regreso y legado

El triunfo de la Revolución en 1959 lo sorprendió fuera de Cuba. Vivió en Venezuela y Puerto Rico hasta su regreso definitivo en los años setenta. En La Habana, desde su apartamento en el Vedado, recibió a jóvenes músicos que lo consideraban un maestro. Su influencia se extendió a agrupaciones como Los Van Van y a la Nueva Trova, donde su estilo conversacional y su economía poética dejaron huella.

Saquito entendió el humor como una forma de resistencia. Sus letras, llenas de sobreentendidos y choteo, reflejan la capacidad del cubano para reírse de sí mismo y de sus circunstancias. Como señaló Samuel Feijóo, su obra es una “catarsis nacional”, donde la risa se convierte en arma contra la frustración y el autoritarismo.

A más de cuatro décadas de su muerte, Ñico Saquito continúa siendo referencia obligada de la música popular cubana. Su voz, su guitarra y su ingenio sobreviven en cada guaracha que invita a bailar y pensar. Escucharlo hoy es reencontrarse con una Cuba que canta sus penas con alegría y convierte la ironía en arte.

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