Con el estallido independentista del 24 de febrero de 1895, la gesta emancipadora organizada por José Martí daba continuidad a la contienda que inició Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868, en el ingenio La Demajagua.
Luego de diez años, las divisiones, contradicciones e indisciplinas en el campo insurrecto condujeron al fracaso de la Guerra del 68 con la firma del Pacto del Zanjón, que implicaba una paz sin independencia. Ante tal afrenta, emergió la firme e intransigente figura del Titán de Bronce, Antonio Maceo, protagonista de una de las páginas más gloriosas de nuestra historia: la Protesta de Baraguá.
Martí, quien estudió detalladamente los errores de la epopeya pasada, convocó a los pinos nuevos y a los pinos viejos, a través de la palabra y la acción. Para lograr la unidad, el 10 de abril de 1892, fundó el Partido Revolucionario Cubano, con el objetivo de alcanzar la independencia de Cuba y apoyar y auxiliar la de Puerto Rico.
La guerra que preparó durante la etapa de «tregua fecunda» la concebía breve, generosa y necesaria, como un suceso de gran alcance humano, en la búsqueda del equilibrio ya vacilante del mundo de fines del siglo xix. En sus propósitos estaba el logro de una República con todos y para el bien de todos, e impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, el zarpazo del gigante de las siete leguas sobre las tierras de Nuestra América.
Los sueños por los que los cubanos se lanzaron a la manigua aquel 24 de febrero, hace hoy 131 años, se vieron frustrados desde la entrada de los Estados Unidos a la guerra y la instauración de una República neocolonial supeditada a los intereses yanquis, con una Enmienda Platt a la Constitución de 1901 como ultraje a la soberanía e integridad de la nación cubana.
El espíritu de lucha de varias generaciones no se apaciguó, siempre encontró su basamento en las ideas de Martí y en las esencias mambisas del 24 de febrero. Ese día, de 1899, fue escogido por el Generalísimo Máximo Gómez para entrar victorioso a la capital, donde recibió el abrazo del pueblo.
Mella, Villena, Guiteras, José Antonio y otros valerosos héroes revivieron el legado de la gesta del 95. Y la Generación del Centenario, liderada por Fidel, levantó sus banderas y no dejó morir al Apóstol, quien en 1953 se convirtió en el autor intelectual del ataque al Moncada.
Tras el sol de enero de 1959, con el triunfo de los barbudos de la Sierra –en cuyo seno también surgió Radio Rebelde, un día como hoy– se hizo realidad el sueño de una Patria sin amo.
La Revolución victoriosa encarnaba así las aspiraciones de todos los que lucharon por una Cuba libre y soberana. Y la fecha del 24 de febrero arropó la primera Constitución socialista en 1976, siguiendo el apotegma martiano de que la ley primera de la República fuese el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre. En época más reciente, ese mismo día de 2019 quedó ratificada la nueva Carta Magna, con amplio respaldo popular.
El 24 de febrero de 1960, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, en el acto de conmemoración por el inicio de la Guerra Necesaria, expresó:
«Una Revolución no es un acontecimiento sencillo en la historia de un pueblo. Una Revolución es un hecho complejo y difícil y que tiene, además, la virtud de ser una gran maestra, porque nos va enseñando sobre la marcha, y sobre la marcha va fortaleciendo la conciencia del pueblo, y sobre la marcha nos va enseñando qué es una Revolución».
En tiempos difíciles para la Patria, la Revolución Cubana se mantiene firme en sus principios, respaldada por un pueblo de raíz martiana y fidelista, que sabe cuidar la unidad como la niña de sus ojos. Sobre esta esencia, la nación se levanta cada día con el clamor de independencia o muerte, como aquel 24 de febrero de 1895.
Fuente: Granma
