Por: Francisco Arias Fernández
La última edición de la revista bimensual estadounidense The American Conservative sostenía, con sólidos argumentos, que «la actual política hacia Cuba socava los mismos objetivos y principios que sustenta la Estrategia de Seguridad Nacional» del gobierno de Donald Trump.
Añadía que, a pesar de las constantes declaraciones de Washington sobre el narcotráfico como amenaza para la seguridad nacional, la política hacia la Isla ignora una verdad incómoda: «Cuba es el principal socio de seguridad del Gobierno estadounidense en el Caribe».
Pocos días después, se produce el anuncio de «una emergencia nacional» contra Cuba, con la insostenible mentira de que el pequeño país, supuestamente, «constituye una amenaza inusual y extraordinaria» para la seguridad y política exterior de Washington.
La Casa Blanca ha perdido la memoria, le han traspapelado u ocultado antecedentes muy importantes y positivos sobre la cooperación entre Cuba y Estados Unidos en materia de seguridad, aplicación y cumplimiento de la Ley, para el enfrentamiento a flagelos transnacionales que afectan la seguridad nacional de ambos países.
Al comenzar la primera administración Trump, ya existían 22 instrumentos bilaterales de cooperación y ocho grupos de trabajo técnico sobre enfrentamiento al terrorismo, narcotráfico, ciberseguridad y ciberdelitos, seguridad de los viajes y el comercio, tráfico de personas y fraude migratorio, lavado de activos y delitos financieros, trata de personas y asistencia judicial en materia penal. Pero los asesores floridanos del mandatario hicieron todo lo posible para convertirlos en letra muerta y congelarlos.
Al respecto, el artículo de The American Conservative sostiene que la actual política «no se basa en nuestros intereses nacionales fundamentales, sino en la nostalgia de la Guerra Fría y en la política del Estado de la Florida».
Contrarias a las afirmaciones de la administración sobre la presunta «mala voluntad», «relaciones con actores malignos» y «hostilidad», no ha sido Cuba la que ha faltado a sus compromisos, sino la que ha insistido en reactivar los mecanismos sepultados por intereses políticos que atentan contra la seguridad de ambos países y de la región, y a pesar de no ser correspondida no ha dejado de combatir en todos los frentes antes mencionados, y las agencias homólogas así lo dominan.
Una reciente conferencia de prensa revelaba que, en los últimos 14 años, las Tropas Guardafronteras de Cuba habían asegurado más de 40 toneladas de drogas que tenían como destino final a Estados Unidos, y solo entre 2024 y 2025 fueron capturadas 14 lanchas rápidas, detenidos 39 narcotraficantes e incautadas más de cuatro toneladas de diversas sustancias. Mientras por el canal aéreo se obstaculizaron, en los dos últimos años, 72 operaciones con distintos tipos de drogas, procedentes de 11 países, y EE. UU. como principal emisor.
Otro dato muy elocuente es que, desde 1990 hasta finales de 2025, Cuba había enviado 1 547 mensajes formales al Servicio de Guardacostas estadounidense informando sobre incidencias o situaciones relacionadas con el narcotráfico y se recibieron 468 mensajes de esa contraparte. Esa relación de tres a uno es otra evidencia de quién promueve realmente la cooperación en esta materia.
Esa realidad la reconoce el citado artículo de la revista conservadora estadounidense cuando expresa que «Cuba es ampliamente reconocida como un ejemplo positivo en la lucha contra el narcotráfico en América Latina, colaborando estrechamente con la Guardia Costera de EE. UU., y con otras agencias estadounidenses, para rastrear a los narcotraficantes, compartir información de inteligencia e interceptar las rutas de contrabando que atraviesa la región».
La más reciente agresión contra nuestro pueblo da la razón a The American Conservative cuando afirma que, «desafortunadamente, la política hacia Cuba sigue atrapada en una lógica de cambio de régimen fallida que data de antes del fin de la Guerra Fría», que se ha mantenido viva por «una política controlada por un puñado de cubanoamericanos intransigentes que llevan décadas insistiendo en que el único resultado aceptable es la rendición total. Eso no es negociar. Es una receta para el fracaso».
(Fuente: Granma)
