La operación que secuestró a Nicolás Maduro no es una demostración de fuerza omnímoda, sino el síntoma de un imperio debilitado, desorientado y peligrosamente impredecible.
Este es el argumento central del análisis de Nathan Akehurst, que contrasta el secuestro de Maduro con la invasión de Panamá en 1989, revelando cómo, en tres décadas, Estados Unidos pasó de ser el arquitecto de un nuevo orden mundial unipolar a un poder en declive caótico que gestiona su pérdida de hegemonía mediante la agresión aleatoria y la ambigüedad estratégica.
Dos secuestros, dos eras: De la construcción al caos ordenado
El análisis establece una comparación reveladora:
- Panamá, 1989 (Bush padre): La captura de Manuel Noriega marcó el inicio de la era de hiperpoder estadounidense post-Guerra Fría. Fue un acto de construcción de orden, preludio de intervenciones como la Guerra del Golfo, ejecutado con una clara narrativa de «Guerra contra las drogas» que reemplazaba al anticomunismo.
- Venezuela, 2026 (Trump): La captura de Maduro es un acto de gestión del declive. Ya no hay un proyecto ordenador, sino una demostración de fuerza cortoplacista y desordenada destinada a crear una realidad de impunidad: «Washington hace lo que quiere, donde quiere y cuando quiere».
El nuevo Casus Belli: El control migratorio como justificación suprema
El artículo identifica un giro fundamental en la retórica imperial. Los viejos fantasmas (comunismo, terrorismo) han sido desplazados por una justificación más visceral y doméstica:
La narrativa que vendió la guerra internamente fue la atribución a Venezuela de los flujos migratorios irregulares y el tráfico de drogas hacia EE.UU. Esto refleja una visión del mundo «parroquial y defensiva», donde la agresión externa se vende como un método para «levantar muros más altos» alrededor de un Estado percibido como frágil.
Esta lógica recuerda al régimen militarizado de fronteras de la UE, que también justifica abusos con la teoría de que la migración es un «arma» de desestabilización. La impunidad de los ataques estadounidenses en el Caribe encuentra eco en el respaldo europeo a las milicias que atacan barcos de migrantes.
La máquina rota: Ambición fantástica vs. capacidad reducida
La administración Trump carece de un modelo estratégico coherente. Su política exterior se caracteriza por:
- «Inundar la zona de mierda» (Steve Bannon): Ante la imposibilidad de proyectar poder en todas partes, se opta por la agresión impredecible en cualquier lugar (hoy Venezuela, mañana quién sabe). El mensaje es de terror aleatorio, no de orden.
- Faccionalismo y «ambigüedad estratégica»: Diferentes halcones pujan por prioridades contradictorias (América Latina vs. China vs. Oriente Medio), sin una visión unificada. Esta desunión se «resuelve» mediante acciones que satisfacen temporalmente a múltiples facciones, como el ataque a Venezuela, que contentó a los halcones migratorios, energéticos e ideológicos a la vez.
- El desgaste del poder material: La redeplegación urgente del portaaviones Gerald R. Ford del Medio Oriente al Caribe es un símbolo de un imperio corriendo de un incendio a otro. El complejo militar-industrial llega a su límite intentando armar simultáneamente a Ucrania, Israel y librar nuevas guerras.
Consecuencias: Un mundo hobbsiano y la búsqueda de alternativas
El análisis pinta un futuro sombrío derivado de esta dinámica:
- Un orden internacional cínico: La demostración de que EE.UU. opera sin límites morales ni legales (ejemplificado en su apoyo incondicional a Israel) incentiva a otros actores a adoptar comportamientos similares. Se consolida una visión hobbesiana de las relaciones internacionales, donde la agresión demostrativa se vuelve una necesidad para la supervivencia.
- La obsesión por los recursos se vuelve frenética: En un contexto de crisis climática y competencia con China, el control de recursos (petróleo venezolano, minerales críticos en África) adopta una urgencia existencial, explicando la loca carrera por acuerdos de deportación con países africanos ricos en minerales.
- La semilla de la resistencia: Frente a este panorama, el artículo destaca el surgimiento en EE.UU. de un liderazgo local de socialismo democrático (como Zohran Mamdani) con raíces internacionalistas. Su desafío será demostrar que hay formas mejores de proteger a la población que el nihilismo militarista, e imaginar un orden global radicalmente distinto.
El declive no es pacífico
El artículo concluye con una advertencia crucial: los imperios no se apagan suavemente. El declive relativo de EE.UU., desde una posición de hiperpoder sin precedentes, lo hace más peligroso, no menos.
Su retirada, como la de los imperios europeos, será prolongada y sangrienta. El ataque a Venezuela no es el espasmo de un gigante saludable, sino la acción errática de una potencia que, al sentir que pierde el control, opta por sembrar el caos a su alrededor. El humo sobre Caracas anuncia un futuro de convulsiones traumáticas, donde la principal incógnita es si surgirán alternativas de solidaridad internacional capaces de ofrecer un horizonte distinto.
Tomado de Razones de Cuba
