Cuando pensamos en José Martí, muchas imágenes vienen a nuestra mente: el revolucionario incansable, el poeta de “Versos Sencillos”, el héroe de la independencia cubana. Pero pocos asocian su nombre con una obra dedicada exclusivamente a los niños. Sin embargo, fue precisamente en este ámbito donde Martí dejó una de sus contribuciones más profundas y perdurables: “La Edad de Oro”, una revista infantil publicada en 1889 que sigue siendo un faro en la literatura hispanoamericana.
Sobre este tema compartimos en este nuevo episodio del Podcast Encuentro:
El nacimiento de La Edad de Oro
En julio de 1889, desde su exilio en Nueva York, Martí decidió emprender un proyecto radical para su época: crear una revista escrita directamente para los niños. No se trataba de un simple compendio de cuentos o moralejas simplistas, sino de una obra que respetara la inteligencia del niño, alimentara su imaginación y sembrara en él valores como la justicia, la belleza y la libertad. Aunque solo se publicaron cuatro números entre julio y octubre de 1889, su impacto ha sido eterno.
En el “Prólogo–Índice” de “La Edad de Oro”, Martí escribió una de las reflexiones más bellas sobre la infancia:
“Quiero que el niño sea hombre natural, y no hombre precoz. Quiero que sepa amar antes que conocer; que sienta antes que pensar.”
Esta visión rompía con la idea predominante de la época, que veía a los niños como “adultos en miniatura”. Para Martí, la infancia era un estado sagrado, un tiempo de asombro, juego y descubrimiento, pero también de formación moral. Su enfoque innovador radicaba en hablarle directamente a los niños, con respeto y sin condescendencia, utilizando un lenguaje claro pero poético, lleno de imágenes que invitaban a soñar.
Contenido y estilo de La Edad de Oro

La Edad de Oro era una obra multifacética que incluía cuentos originales, biografías de figuras históricas (como Juana de Arco y Napoleón), descripciones de culturas lejanas (desde Japón hasta Arabia), poemas, fábulas y reflexiones sobre la naturaleza y los animales. Cada texto estaba impregnado de una profunda visión ética. Martí no buscaba formar soldados, sino ciudadanos libres, sensibles y justos.
Uno de los rasgos más destacados de su estilo es el uso del lenguaje. Aunque escribía en prosa, sus textos latían como poesía. Usaba metáforas accesibles, ritmos suaves y palabras que resonaban emocionalmente. Por ejemplo, en el cuento “Los zapaticos de rosa”, describe los zapatos de una niña como “dos rosas que andaban”. Este tipo de lenguaje visual, musical y emotivo conectaba directamente con los lectores más jóvenes.
Otra característica distintiva es la ausencia de moralejas explícitas. En lugar de dictar lo que está bien o mal, Martí presentaba situaciones que invitaban al lector a reflexionar. Un ejemplo es el relato “Napoleón y el niño italiano”, donde un emperador poderoso humilla a un niño, quien responde con dignidad. La enseñanza moral no está en un sermón, sino en la acción misma.
Además, Martí mostraba un cosmopolitismo notable para su época. En pleno siglo XIX, cuando el racismo y el eurocentrismo dominaban incluso la educación, él introducía a los niños en culturas no occidentales con admiración. Hablaba de los árabes como “gente de honor”, de los japoneses como “maestros del arte y la paciencia” y de los pueblos indígenas americanos con respeto.
El legado de Martí en la cultura cubana y más allá
Martí no separaba la infancia de la patria. Para él, la verdadera patria no eran banderas ni himnos vacíos, sino justicia social, respeto por la naturaleza y amor al prójimo. Creía que estos valores debían sembrarse temprano, en los corazones de los niños.
Su visión permeó la educación cubana durante el siglo XX. Durante la Campaña de Alfabetización de 1961, muchos maestros llevaron consigo fragmentos de “La Edad de Oro”. Hoy, en las escuelas cubanas, sus cuentos se leen no solo como literatura, sino como guías éticas. Más allá de las instituciones, Martí vive en la manera en que muchos cubanos —padres, abuelos, maestros— hablan con los niños: con ternura, exigencia moral y esperanza.
El cuento: La muñeca negra
