La vida en una sonrisa

La vida en una sonrisa

Hay historias que se escriben con el pulso de la vida misma; tal vez esta sea una de ellas.

En la Sala de Cuidados Intensivos del Hospital Pediátrico Universitario José Luis Miranda, de Villa Clara, habita hoy una pequeña que ha transformado la incertidumbre en una luminosa victoria: la conquista de su propio aire y de la fe.

​Eimy Lucía Pérez López apenas conocía el mundo cuando un tumor en el cuello —identificado luego como un hemangiopericitoma— intentó silenciar su aliento. Con solo 18 días de nacida, la enfermedad le robaba la capacidad de respirar espontáneamente, lo cual la obligó a depender de la frialdad de un ventilador mecánico durante 11 jornadas en las que el sueño resultó esquivo para quienes batallan por la vida en el servicio de Neonatología.

​Para la doctora Yusiley Marcelo Harman, especialista de primer grado en Medicina General Integral y de primer y segundo grado en Pediatría, los minutos y horas tras la llegada de Eimy resultaron decisivos. Fue necesario un abordaje multidisciplinario; una conjunción de saberes donde radiólogos, cirujanos y otorrinolaringólogos unieron sus voluntades para descifrar el enigma. Una traqueostomía se convirtió en el puente necesario hacia la recuperación, para permitirle finalmente separarse del equipo que sostenía sus pulmones.

Ciencia con fibra de alma

​Por suerte para muchos, aquí las ciencias médicas van más allá de la propaganda y la tecnología. Se trata, sobre todo, de esa «fibra del alma» que menciona con orgullo Lidia Esther Collado Cabañín, doctora en Ciencias de la Enfermería, quien, tras casi tres décadas en Terapia Intensiva, sabe que un monitor mide el pulso, pero solo el afecto sostiene el espíritu y, muchas veces, también salva.

«El cuidado con la niña es profesional, pero ya también familiar», subraya Collado Cabañín. Es ese don genuino de nuestra Medicina: la capacidad de transformar una sala hospitalaria en un hogar temporal donde el rigor científico se funde con el cariño más profundo.

Hoy, a sus cuatro meses de edad, Eimy Lucía es una niña que irradia luz. Ha ganado peso, su desarrollo psicomotor avanza notablemente y ha hecho de la risa su mejor signo de esperanza. Como afirma la doctora Marcelo Harman: «Eimy se ha convertido en la alegría del hospital; usted llega y sabe que todo está bien porque ella está sonriendo en su cama».

El reflejo de la gratitud

​Elizabeth López, la mamá de la pequeña, observa a su hija con la paz de quien se sabe respaldada por manos expertas. Al preguntarle por esos ojos despiertos que todo lo observan, confiesa conmovida que son el vivo retrato de su padre. En su rostro no hay rastro de la angustia pasada, solo una gratitud infinita hacia los hombres y mujeres de batas blancas que le devolvieron el derecho a ver crecer a su niña.

​Eimy aún permanecerá un tiempo bajo el cuidado de sus ángeles guardianes en el pediátrico villaclareño. Su pronóstico es favorable: hacia la resolución total de su dolencia.

Así, frente a retos inmensos, la historia de Eimy Lucía Pérez López devuelve la vida en una sonrisa.

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