Con la finalidad de asfixiar el desarrollo de la nación cubana, llega el reciente cerco petrolero, una manera más que tiene el Gobierno estadounidense de endurecer el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto durante más de seis décadas Cuba. La falta de combustible no solo afecta la industria, sino que golpea la cotidianidad de las familias y, con ello, el acceso a los centros educativos.
Las condiciones de vida han cambiado en la Isla por esta misma tenaza que aprieta incesantemente, pero el país ha hecho de la resistencia una forma de respirar.
Un claro ejemplo son los jóvenes universitarios, quienes, además de preocuparse por exámenes y calificaciones, se preocupan también por cómo llegarán a sus clases y cómo mantendrán el ritmo académico cuando las condiciones cambian cada día. Ante la escasez de transporte público y las dificultades para el traslado, la solución no ha sido detenerse, sino reencontrarse con la comunidad.
El ministro de Salud Pública, José Angel Portal Miranda, informó recientemente sobre la continuidad docente: Se mantendrán las actividades para los estudiantes de Ciencias Médicas, descentralizándolos hacia sedes universitarias y centros de salud. Se usarán fórmulas a distancia para asignaturas de formación general y posgrado.

LOS JÓVENES DE BLANCO
Como una de las medidas adoptadas en las universidades de Ciencias Médicas –ideada para afrontar el contexto cubano actual producto a la contingencia petrolera y la carencia de transporte–, los estudiantes, esos que son visitantes provisionales en la primera línea de la defensa sanitaria, están insertados en los policlínicos y los consultorios de sus localidades. De esta manera, se garantiza su asistencia sin necesidad de largos desplazamientos y se refuerza el personal en las comunidades.
Acerca de este proceso de reorganización, Igleana Lázara Ramos Hernández, jefa del Departamento de Docencia del centro y profesora en el Hospital Docente Clínico Quirúrgico Miguel Enríquez, acotó que, a la par de que los estudiantes realizan las tareas orientadas y organizadas en dependencia de sus especialidades, se efectúan conferencias académicas, porque la docencia no se ha detenido, «solo se ha transformado».
Ramos Hernández, con más de 20 años de experiencia formando médicos, explica que «antes se impartían clases en aulas con pizarrones y proyectores y ahora es en los propios consultorios, aprovechando cada espacio, cada momento, cada oportunidad. Hemos llevado la universidad al barrio, porque de nada sirve tener el conocimiento en los libros si no podemos llegar hasta ellos. El contexto nos obliga a innovar, y la innovación es también un acto de resistencia».
La doctora explicó que los estudiantes están inmersos, en estos momentos, en el curso electivo del Programa Materno Infantil y que luego de terminado este, se organizarán las actividades docentes con las orientaciones de los organismos superiores y en correspondencia con la evolución de la situación del país.
Para Raúl Gómez Laera, estudiante de primer año de medicina en el Hospital Docente Clínico Quirúrgico doctor Salvador Allende, cada uno de ellos tiene la misión de «apoyar a los médicos y enfermeros». Él habla con la sencillez de quien aún no ha perdido la capacidad de asombro ante la profesión que ha elegido. «Uno piensa que el primer año es solo teoría, pero la realidad te pide que aprendas a sentir el pulso de la gente», confiesa.
Aunque apenas cursa el primer año de carrera, ha aprendido, en esos centros más de lo que cualquier libro podría enseñarle: lee el dolor en los ojos de los pacientes antes de que ellos lo expresen con palabras, porque la Medicina es un acto de amor.
Al referirse a su experiencia vinculado al Programa Materno Infantil –desde el policlínico Wilfredo Pérez en San Miguel del Padrón– afirmó que es un trabajo muy humano y sensible, pues el programa protege desde el vientre materno hasta la infancia temprana «para que los niños cubanos nazcan y crezcan saludables, que las madres reciban la atención que merecen, y que la vida siga su curso».
Circunstancias parecidas se viven en La Facultad de Tecnología de la Salud, en la cual se han organizado distintos roles para cada especialidad, según documentos oficiales del centro.
Los estudiantes de Bioanálisis Clínico procesan muestras en los laboratorios asignados. Los de Imagenología acompañan a los técnicos en los servicios de rayos x. Los de Rehabilitación trabajan con fisioterapeutas en la recuperación de pacientes. Los de Optometría y Óptica atienden consultas de refracción. El objetivo es doble: asegurar los servicios de salud mientras se completa el programa académico de forma práctica.
Bien lo sabe el cursante de segundo año de Bioanálisis Clínico, Alejandro Castro Chamizo, quien afirmó que «realmente no hemos tenido que hacer una adaptación de nuestros conocimientos». Orgulloso, cuenta cómo ha aprendido a procesar muestras de sangre, a identificar parámetros alterados, a contribuir al diagnóstico de enfermedades. «Al principio era difícil llegar hasta la facultad por la falta de transporte, ahora estoy en mi propio municipio. La dificultad se convirtió en oportunidad», asegura.
Y es que al trabajar con profesionales de los campos en que está especializada cada carrera, ponen en prácticas las habilidades adquiridas anteriormente.

CAMINANDO HACIA LA ESPERANZA
Los estudiantes cuentan anécdotas con una mezcla de cansancio y satisfacción. Relatan cómo han atravesado barrios enteros para llegar a la casa de un paciente encamado que necesitaba de una cura, cómo caminan kilómetros para llevar un medicamento que no podía esperar… No hay guagua que los lleve, pero hay una cita con la humanidad que no se puede aplazar, y es en esos trayectos en los que los alumnos comprenden que la atención primaria no es un concepto teórico, sino un vínculo sagrado que se forja en la cercanía del barrio y la ternura del saludo diario. «A veces llegamos cansados, pero la sonrisa de un abuelo o la mejilla de un niño sano nos recuerdan por qué estamos aquí», confiesa uno de los jóvenes mientras ajusta su bata blanca, ligeramente desgastada por el uso constante.
Estos estudiantes, que hoy enfrentan las carencias impuestas por el bloqueo y las dificultades objetivas de un país que carece de combustible, son una de las pruebas vivientes de que la obra de la Revolución continúa. No se forman en aulas de mármol, sino en la trinchera diaria de los consultorios, donde cada paso es una clase y cada paciente, un examen final. En sus manos está el futuro de la Salud Pública cubana, y en su entrega diaria, la certeza de que ningún cerco, por más férreo que sea, podrá doblegar la voluntad de un pueblo que ha hecho de la dignidad su principal fortaleza.

Fuente: Granma
