Cuando un gobierno convierte una herramienta en respuesta automática para cualquier problema, deja de usar un instrumento y empieza a practicar un reflejo. Eso es exactamente lo que ocurre con la política de sanciones de Estados Unidos, y el caso cubano vuelve a demostrarlo con crudeza.
Un reciente artículo de Politico revela que la administración Trump baraja un bloqueo naval total para impedir las importaciones de petróleo a Cuba. La filtración ha disparado las alarmas por ser la expresión más extrema de una lógica largamente ensayada, que utiliza la coerción económica como arma de “cambio de régimen”, aun cuando la evidencia demuestra que quienes pagan el precio no son los gobiernos, sino los pueblos.
El politólogo estadounidense Daniel W. Drezner lo definió con precisión en Foreign Affairs: Estados Unidos ha convertido las sanciones en una “navaja suiza” de su política exterior, un instrumento que se aplica a todo –proliferación nuclear, derechos humanos, migración, disputas geopolíticas–, aunque no esté diseñado para resolver ninguno de esos problemas de forma estructural. El resultado es el uso y abuso de la coerción económica como sustituto de la diplomacia, del multilateralismo o, simplemente, del realismo político.
Drezner advierte que las sanciones son atractivas no porque funcionen bien, sino porque son fáciles de imponer, generan apariencia de acción inmediata y trasladan los costos fuera del territorio estadounidense. Pero esa comodidad tiene un precio estratégico. Rara vez logran sus objetivos políticos y sí generan daños colaterales masivos, que erosionan además la legitimidad internacional de quien las impone.
En el caso cubano, la ecuación es especialmente transparente. Un bloqueo petrolero no “presiona” a una élite abstracta, sino que paraliza ambulancias, reduce cirugías, interrumpe cadenas de frío y la producción de medicamentos, golpea la infraestructura para potabilizar el agua, agrava la inseguridad alimentaria y multiplica los apagones. No se trata de una hipótesis ideológica, sino de un hecho documentado. En los últimos días, por ejemplo, se han reportado ciudades como Colón, en la provincia de Matanzas (occidente de la isla), con hasta 40 horas sin fluido eléctrico.
Una revisión sistemática de estudios médicos y de salud pública a lo largo de 30 años, publicada por la Universidad de Toronto en 2023 bajo el elocuente título “The Violence of Non-Violence” (“La violencia de la no violencia”), concluyó que, bajo medidas coercitivas externas, 100 por ciento de los casos experimentaron efectos negativos en la salud; casi 90 por ciento documentaron el deterioro de los sistemas sanitarios. Las sanciones, incluso las que Washington llama “inteligentes”, rompen cadenas de suministro, bloquean pagos, encarecen medicamentos y reducen la capacidad hospitalaria, con impactos desproporcionados en niños, ancianos y enfermos crónicos. Eso es exactamente lo que hoy se observa en Cuba.
Algo similar muestran los politólogos Bryan Early y Dursun Peksen en un estudio publicado en Global Studies Quarterly (2022). Analizaron más de cuatro décadas de sanciones impulsadas por Estados Unidos y concluyeron que éstas incrementan sistemáticamente la “miseria” social, medida en términos de alimentación, esperanza de vida y educación. Paradójicamente, las sanciones justificadas en nombre de los derechos humanos son, según el análisis, las que mayores retrocesos generan y rara vez logran el invocado “cambio de régimen”.
Cuba es un ejemplo paradigmático. Seis décadas de bloqueo no han producido el resultado político que Washington proclama buscar, pero sí han contribuido a una situación de vulnerabilidad estructural que hoy se pretende explotar hasta el límite, incluso a riesgo de provocar una crisis humanitaria regional, como reconocen las propias fuentes citadas por Politico.
Hablar de un bloqueo naval petrolero no es describir una medida “técnica”, sino una decisión política consciente que elige cortar la energía y la logística a sabiendas de que el efecto inmediato recaerá sobre la vida cotidiana y que el sufrimiento de los pueblos quedará reducido a “daño colateral” aceptable y útil para forzar objetivos geopolíticos. Y cuando en la Casa Blanca manda un mono con navaja, no hay espectáculo más rentable que el dolor de la injusticia.
(Publicado originalmente en La Jornada, de México)
