Huracanes en el Caribe
Astrid Barnet
Colaboradora Rebelde
6 de agosto de 2008, 6:50 p.m.
Hasta la fecha han fracasado todas las armas que los científicos diseñaron para debilitar a los ciclones, pero las investigaciones prosiguen, y en los próximos años podrían surgir novedades importantes.
Las armas contra esos fenómenos incluyen (hasta el momento) el uso de un líquido para evitar la evaporación del agua marina que los alimenta; la liberación de hollín en su entorno y el uso de yoduro de plata, único procedimiento probado en un escenario real.
"Hay escepticismo sobre la posibilidad de controlar efectivamente a los ciclones, pero en cinco años más podríamos saber si es fundado", comentó recientemente el especialista en huracanes Ricardo Prieto, del estatal Instituto Mexicano de Tecnología del Agua.
”En el ámbito teórico y en experimentos de laboratorio se trabaja en Microfísica de nubes, un campo del que puede surgir antes de 2010 alguna clave importante sobre la manipulación de ciclones”, explicó.
Mientras esas investigaciones continúan, hay otras que incluyen observaciones y mediciones in situ de ciclones con aviones militares y satélites, para definir su comportamiento.
Gracias al avance científico, en los últimos 30 años hubo un salto cualitativo en la investigación sobre tormentas tropicales y ciclones, que incluye la posibilidad de alertas precisas sobre su formación. Sin embargo, aún no existe manera alguna para poder contenerlos.
Las tormentas tropicales y su pariente mayor, el ciclón, que en América es llamado huracán y en otros continentes baguio, tifón o Willy-Willy, se forman cuando aumenta la temperatura de los océanos ubicados en latitudes cercanas a los trópicos, como sucede en la región del continente americano de junio a noviembre.
En el ciclón convergen vientos y nubes de diferentes temperaturas que giran a gran velocidad debido a la propia rotación de la Tierra. Sus movimientos, con patrones casi siempre cambiantes, provocan rachas de viento y tormentas de gran capacidad destructiva.
En los años 60, la estadounidense Administración Nacional del Océano y la Atmósfera trató de debilitar los ciclones "inyectándoles" desde el cielo yoduro de plata, lo que teóricamente debía provocar que se condensara la humedad dentro de ellos y se acelerara su ciclo de vida y declive, que puede durar en condiciones normales hasta dos semanas.
Ese plan, llamado Proyecto Stormfury, se aplicó al huracán Beulah en 1963 y al Debbie en 1969, pero los resultados no fueron satisfactorios.
Otro procedimiento de neutralización, desarrollado sólo en el ámbito experimental, apuntó a crear un líquido que evitara la evaporación de agua de los océanos donde se forman los ciclones, pero también fracasó.
En los años 70 se sugirió liberar miles de millones de partículas de hollín, resultante de la quema de petróleo, en los bordes de los ciclones, para que esas partículas absorban la radiación solar hasta generar una gran fuente de calor, que terminaría por neutralizar el fenómeno. Pero esa idea nunca se ha llevado a la práctica.
¿Qué hacer?
Actualmente un sinnúmero de científicos plantean que el surgimiento de los ciclones es debido esencialmente al recalentamiento del Planeta, fenómeno que a su vez es atribuido en gran medida a la quema de combustibles fósiles y al agujero de la capa de ozono. Y advierten a los países de América Central y el Caribe (los más afectados por los ciclones), a trabajar para revertir su nivel de vulnerabilidad, que se mantiene alto debido a la degradación de los suelos, la deforestación, la urbanización acelerada y la pobreza.
Con un ambiente deteriorado y millones de residentes en zonas inadecuadas, los fenómenos naturales multiplican su capacidad de destrucción, tal como sucedió, por ejemplo, en 1988 con el huracán Mitch, que causó casi 10 000 muertes y daños materiales por más de 6 000 millones de dólares.
De 1970 a 2001, los desastres naturales provocaron en América Latina y el Caribe más de 246 500 muertes, además de perjudicar de diferentes formas a otros 144 millones de personas y causar daños económicos por valor de unos 68 600 millones de dólares.
En los últimos años algunos países de la región mejoraron en materia de defensa civil, lo que les permite lograr rápidas evacuaciones y mejor atención a los afectados por fenómenos naturales.
Cuba, por ejemplo, --por la voluntad política de su Gobierno y de su Defensa Civil--, logró evacuar a casi dos millones de personas para protegerlas del huracán Iván hace tres años, uno de los seis más poderosos desde 1974.
México, Jamaica y otros países hicieron esfuerzos similares, pero la capacidad destructiva del fenómeno fue tal que a su paso dejó más de 60 muertos.
Para la escala de las economías del Caribe y América Central, ciclones en la escala de Iván causan daños enormes. Por ejemplo, en la pequeña Granada, que tiene poco más de 100 000 habitantes, ese huracán destruyó casi el 90 por ciento de las edificaciones, y rebasó con creces la capacidad de respuesta del gobierno y la sociedad organizada.
Según expertos, el paso por América Central del huracán Mitch, a fines de los años 90, retrasó 10 años el desarrollo económico de esa región.
Recientemente el Katrina causó cerca de 900 muertes y pérdidas por más de 200 000 millones de dólares en los estados estadounidenses de Louisiana, Mississippi y Alabama. Muchos expertos consideran aún que llevará años calcular el costo ambiental como consecuencia del paso de ese fenómeno.
Katrina estuvo acompañado de olas de hasta seis metros de altura, e inundó más de 230 000 kilómetros cuadrados de esos estados sudorientales, donde alteró las líneas costeras, exterminó las riquezas pesqueras, destruyó 1, 75 millones de hectáreas de bosques y dejó una gran mezcla de aguas contaminadas, y de residuos y derrames de petróleo en la ciudad de Nueva Orleáns y en muchos otros lugares.
Para la gran mayoría de los especialistas –entre ellos del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA): "Mientras no exista algún arma contra los ciclones, lo único que se puede hacer es seguir coexistiendo con ellos y estar muy preparados en una época en que aumenta su frecuencia, pues sólo en el Caribe su número está por encima de los promedios". |