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Medios de comunicación en Cuba, valores de todo un pueblo
Astrid Barnet
Colaborador de Radio Rebelde
web@radiorebelde.icrt.cu
11 de Junio de 2009, 1:01 p.m.
La Habana, Cuba.- El Neoliberalismo no sólo trata de hostigar valores e instituciones creados por la civilización moderna como el Estado, los sindicatos y la familia, entre otros, sino que trata igualmente de atraer consigo al individuo y desarticularlo de su condición de ser social --con plenos deberes y derechos--, vinculado a los procesos reivindicativos que ocurren en el mundo, y donde objetivos como verdad y razón sucumben ante la fuerza inobjetable de la publicidad capitalista.
Así se considera al individuo perteneciente a una sociedad neoliberal como un mero consumidor de información --en el que se incluye (por supuesto) el sector cultural y, dentro de él, los medios de comunicación--, exento de filosofía crítica alguna y con una profunda cultura de la abstención ante todo aquello que no comprende o estime trate de perjudicarle o trate de malograr sus planes.
El individuo de una sociedad neoliberal prescinde de todo lo que le permita pensar, reflexionar, dilucidar, discernir, criticar y ante todo de transformar la realidad que, de un modo u otro, le golpea diariamente. Una cultura de abstención voluntaria –como la calificase Frei Betto--, en la que se está consciente de que el rico continúa siendo más rico y el pobre más pobre, pero sin derecho (este último) a reclamo alguno o acción de rebeldía. Todo ello se estimaría contraproducente en términos legislativos.
Dentro de este contexto los medios de comunicación tienen un papel fundamental como elementos no sólo de disociación y engaño, sino también como parámetros –en palabra impresa, imagen y sonido--, de lo que se debe o no se debe hacer para no ser afectados los intereses de una minoría oligárquica.
Es la filosofía de la Mercadotecnia transmisora de la presión de un consumo que será siempre acatado por grandes grupos poblacionales --mayoritariamente analfabetos o subescolarizados--, que intenta menospreciar y transformar valores éticos en valores monetarios. Es el precio del producto y el que lo obtenga, quien manda o se distingue como individualidad absoluta; es el sello distintivo de su nuevo valor social. Talento, inteligencia o educación formal no son requisitos.
En el caso de la televisión, éste resulta un poderoso vehículo de formación, información y entretenimiento, mas es convertido –en la mayoría de los países del globo a través de las grandes transnacionales de la comunicación--, como mecanismo de deformación, desinformación y propulsor de violencia.
Al constituir una ventana que se introduce en todas partes y en cada núcleo familiar, la televisión recurre a todo tipo de estrategias publicitarias no encaminadas al bien común o social (como resulta en el socialismo), sino mediante imágenes atractivas y de sonidos adecuados vender un producto acorde a las necesidades e intereses de corporaciones diversas.
Niños y adultos de todas las edades serán los receptores de un amplio espectro de valores (apócrifos) que, en su gran mayoría, tienen que ver con la realidad objetiva de un país o grupos sociales específicos.
La televisión se ha convertido así en culto a la violencia, a la superioridad y vanidad del triunfador y a la minimización del perdedor, sin escrúpulo alguno hacia la integridad y dignidad humana o del individuo como ente social.
El sentido de la lógica se sumerge en sentimientos y apreciaciones contradictorios. Se cree en todo lo que propulsa la imagen –sobre todo lo que compulse a ganar más desde el punto de vista financiero y, en ocasiones, por vía inescrupulosa--, sin atención alguna (la mayoría de las veces) a identidad o patrimonio cultural y humano propios.
Temas como educación sexual, aún resultan tabúes (en pleno siglo XXI) en numerosos pantallas televisivas del mundo; al igual que los derechos, deberes o emancipación general de la mujer; la educación infantil, y otros relacionados de forma crítica con el cuidado y protección del medio ambiente ante los continuos cambios climáticos.
Así la imagen dice mucho, pero no lo que verdaderamente es –en el plano político entre miles de ejemplos, las guerras de Iraq, Afganistán y la causa de los Cinco cubanos que guardan prisión en cárceles estadounidenses--, al alterar las referencias simbólicas, el diálogo sincero efector-receptor o lo que reconoce como la psique del individuo.
En Cuba se continúa trabajando fehacientemente en la implementación de un nuevo universo de formación cultural donde medios de comunicación y literatura impresa se dan la mano y donde (de manera esencial), vehículos como la televisión dejaron de ser desde hace más de medio siglo elemento clave de distorsión y beneficio financiero de unos pocos. Es la imagen que dice lo que sí pensamos y acerca de lo cual queremos discernir. Es vehículo formador de nuestra actitud, aptitud y subjetividad.
De esa ventanita que se cuela en todos los hogares cubanos se nutren casi a diario nuestros niños, sin simulacro alguno de talk-show o de anunciantes o patrocinadores que simulan amor dentro de una pastilla de jabón o un juguete barato recibido en fiestas navideñas o de reyes apócrifos.
Nuestros niños reciben mucho amor y solidaridad cada segundo de sus existencias desde cada uno de los medios de comunicación del país. Son valores que no parten del bolsillo de un manager o magnate televisivo o de cualquier medio de difusión. Son valores que brindan nuestros medios en su bregar por el fortalecimiento cultural del pueblo, y en esfuerzo infinito a pesar de los duros momentos de crisis actual. |