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Las sociedades de consumo son las responsables de la destrucción del medio ambiente
Astrid Barnet
Colaboradora de Radio Rebelde
24 de Abril de 2009, 11:20 a.m.
La Habana, Cuba.- “De los 928 estudios científicos sobre calentamiento global publicados en el mundo hasta 2004, ninguno negaba el cambio climático. De aquí al 2035, podrían extinguirse entre un 15% y un 40% de todas las especies vegetales y animales del mundo; en el Ártico mueren cada vez más osos polares por no tener plataformas heladas donde descansar; además, en el 2000 se localizaron las primeras gaviotas… ¡en el Polo Norte!.. El ritmo de desaparición de las nieves del Kilimanjaro, el monte más alto de África, es tal que en el 2020 dejarán de existir”, significó recientemente la revista científica británica Science.
Según expertos, si para la lucha contra el cambio climático se dedicara la mitad del presupuesto que anualmente las naciones subdesarrolladas deben pagar por el servicio oneroso de su deuda externa (que no deja de crecer), se dispondrían de más de 200 000 millones de dólares anuales.
Como de todos es conocido si a esto se suma la poca voluntad de un grupo de gobiernos, en especial el de Estados Unidos --el país que más derrocha, más contamina, más dinero y tecnologías posee y que, al mismo tiempo, se niega a ratificar el Protocolo de Kyoto--, la crisis ambiental está desafortunadamente aún muy lejos, pero muy lejos de solucionarse, sobre todo por falta de voluntad y cordura.
Huelgan los ejemplos que aparecen publicados, se escuchan o se observan, casi a diario, en millones de medios de comunicación de todo el orbe acerca del tema cambio climático. Sin dejar de admitir (de nuestra parte), que este problema no se resolverá tampoco (¡ni en sueños!), tratando de convertir los alimentos en combustibles. Hay que lograr urgentemente reducciones reales en las fuentes de emisión; emprender una verdadera revolución energética, orientada hacia el ahorro y la eficiencia, como lo está haciendo Cuba en estos momentos, pese al criminal bloqueo que sufre desde hace ya casi medio siglo. Mucha voluntad política se necesita para dar esta batalla, y la experiencia cubana es prueba contundente de ello.
Hay que recordar que Cuba fue el primer país en elevar el tema Medio Ambiente al rango constitucional durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo celebrada, hace 16 años, en Río de Janeiro. En ella, el Presidente Fidel Castro pronunció un discurso en el que expuso: "Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre…Las sociedades de consumo son las responsables fundamentales de la atroz destrucción del medio ambiente…”. Ese día también la Mayor de las Antillas asumió el compromiso plasmado en la Convención de Cambio Climático y, ulteriormente, en el Protocolo de Kyoto.
Sin embargo, desde esa memorable Conferencia casi nada se ha hecho en el mundo relacionado con esta acuciante situación que se ha tornado mucho más grave y peligrosa. Prueba de ello es que, según especialistas, en esta última década la temperatura se ha elevado a niveles imprevistos, razón por la cual se avizora la desaparición de, aproximadamente, un 30 por ciento de las especies; se ha producido la retracción de los glaciares, al igual que un ascenso en el nivel del mar y en la frecuencia e intensidad de los ciclones en las zonas tropicales, a la vez que pequeños estados insulares corren el riesgo de desaparecer bajo las aguas, entre otras situaciones.
Entretanto, representantes de los 192 países que suscribieron la Convención de la ONU sobre Clima están a medio camino de la hoja de ruta que los llevará hacia la Conferencia sobre Cambio Climático a celebrarse en Copenhague, Dinamarca, a fines del presente año, fecha prevista para definir el acuerdo que sucederá al de Kyoto y que concluirá, a su vez, en 2012.
Así marchan las cosas en el mundo ante la necesidad de salir a flote no sólo de una crisis económica que estremece los cimientos del Capitalismo mundial, sino también de otra engendrada por ese sistema e incompatible con el desarrollo sostenible de las naciones pobres o subdesarrolladas las que, en definitiva, muy poco o nada han incidido en el calentamiento global al ser las más vulnerables y amenazadas.
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