Digamos adiós a las armas
Astrid Barnet
Colaboradora de Rebelde
27 de Octubre de 2008, 9:35 a.m.
LA HABANA, CUBA.- El mundo está padeciendo una crisis realmente peligrosa y ya no puede, ni podrá sostener por mucho tiempo esta situación. Problemas ya casi ancestrales como el hambre, la pobreza, el acceso al agua, la carrera armamentista, la lucha contra el terrorismo y la violación de los derechos humanos... Todos tienen una naturaleza transversal y comparten una misma causa remota: la falta de unidad y solidaridad en nuestro hogar terrenal.
Igualmente, la especie humana corre el peligro de extinguirse a sí misma porque la tierra –su primer basamento de subsistencia--, ha pasado a ser de hecho “la idea siniestra (como advirtiera Fidel Castro) de convertir alimentos en combustibles”, algo que ya está en vías de incrementarse a partir de las alianzas globales entre las industrias del petróleo, los granos, la ingeniería genética y la automotriz.
Mas, en todo esto, organismos como Naciones Unidas y su Asamblea General ¿no juegan un papel fundamental? Para muchos la Organización de Naciones Unidas (ONU) constituye el organismo internacional más democrático del Planeta. Resulta inadmisible, entonces, que las resoluciones de su Asamblea, constituida por los representantes de todas las naciones del globo, no tengan hoy más que el valor de una mera recomendación y se ignoren totalmente. Sin embargo, la ONU es potencialmente la organización más importante del mundo, la única que puede rescatar al Planeta del pantano de egoísmo y militarismo demencial en que se halla y conducirlo hacia la construcción de otro mejor.
Desafortunadamente padece de algunos problemas que, aunque no son incurables, continúan afectando la salud de la humanidad de gran parte del orbe. Uno de ellos es que su Consejo de Seguridad, órgano creado para evitar las guerras y garantizar la estabilidad internacional, se ha convertido en un refugio para quienes sistemáticamente violan los principios de la Carta de Naciones Unidas con impunidad total. En especial, Estados Unidos. Igualmente, en su lenguaje diplomático, se utilizan términos lingüísticos que no llaman las cosas por su nombre, sino que encubren determinadas situaciones y las desprenden de toda veracidad para –en el 99,1% de los casos—no dañar el ánimo de los poderosos, en especial, de su país sede: Estados Unidos.
Pero su principal problema está, sin lugar a dudas, en el vapuleo histórico de la gran potencia imperial, la más importante del mundo pero que, a la par, es la más desprestigiada en la actualidad. Por tanto, si la ONU resulta incapaz de poner punto final a estos problemas y, en especial, a las ínfulas de poderío y expansión del Gobierno de Washington… ¿a dónde acudir? ¿Quién asumirá esta labor internacional de convocatoria y reflexión?
El próximo 29 de octubre la Asamblea General de Naciones Unidas discutirá y someterá a votación el proyecto de resolución "Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba". Proyecto que, durante 16 años consecutivos la propia Asamblea ha aprobado, por creciente y abrumadora mayoría, en similares resoluciones; la última de ellas el 30 de octubre del 2007, con el apoyo de 184 países.
Sin embargo el Gobierno norteamericano, con su acostumbrada arrogancia, ha desconocido el mandato expreso de la comunidad internacional y lejos de poner fin a una política genocida, la recrudece en su intento de matar por hambre y enfermedades a nuestro pueblo. Así lo demuestran los últimos ocho años del mandato del Presidente W. Bush, los más duros y más estrictos de la aplicación del bloqueo económico y comercial genocida contra la Isla; un bloqueo que ya asume el costo (al valor actual del dólar), de más de 225 mil millones de dólares, a lo que habría que agregar los daños provocados por el reciente paso de los huracanes Gustav e Ike por el Caribe, con pérdidas que sobrepasan los cinco mil millones de dólares en renglones tan importantes como la agricultura y la vivienda.
Como señalara recientemente el ex Canciller nicaragüense, Miguel D´Escoto: “La ONU es la última esperanza y no podemos permitirnos que su prestigio siga cayendo”. Sabia máxima que cada representante cubano en el podium de ese organismo internacional ha estado demostrando en sus intervenciones desde hace cinco décadas.
La ONU es potencialmente la organización más importante a nivel internacional; la única que puede salvar al Planeta de tanto egoísmo, saqueo y explotación a manos de los intereses unilaterales de una gran potencia, y encauzar a la humanidad hacia la construcción de un mundo no mejor (nunca lo ha sido), pero sí verdaderamente justo, solidario y pacífico.
En las próximas horas y desde el podium de la ONU, en la ciudad de Nueva York, se escucharán nuevamente las valientes intervenciones de representantes de la diplomacia cubana para poner fin al bloqueo genocida. Es por ello que nos viene a la mente destacar --por su vigencia y absoluta perpetuidad--, aquel discurso del Comandante en Jefe Fidel Castro ante el XXXIV Período de Sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, efectuado en Nueva York, el 12 de octubre de 1979:
“El desorden financiero golpea adicionalmente sobre los países en vías de desarrollo, los cuales aspiran a que en la elaboración del nuevo sistema monetario mundial ellos tengan palabra y decisión como representantes del mayor número de países de la comunidad internacional y de millones de hombres y mujeres.
“¿Por qué unos pueblos han de andar descalzos para que otros viajen en lujosos automóviles? ¿Por qué unos han de vivir 35 años para que otros vivan 70? ¿Por qué unos han de ser míseramente pobres para que otros sean exageradamente ricos?
“Se habla con frecuencia de los derechos humanos, pero hay que hablar también de los derechos de la humanidad.
“¿Para qué sirven las Naciones Unidas? ¿Para qué sirve el mundo? No se puede hablar de paz en nombre de las decenas de millones de seres humanos que mueren cada año de hambre o enfermedades curables en todo el mundo.
“Hablo en nombre de los niños que en el mundo no tienen un pedazo de pan; hablo en nombre de los enfermos que no tienen medicinas; hablo en nombre de aquellos a los que se les ha negado el derecho a la vida y la dignidad humana.
“Digamos adiós a las armas y consagrémonos civilizadamente a los problemas más agobiantes de nuestra era. Esa es la responsabilidad y el deber más sagrado de todos los estadistas del mundo. Esa es, además, la premisa indispensable de la supervivencia humana”.
Ojalá la ONU continúe siendo, no una última esperanza, sino un organismo con suma vitalidad para levantar y perpetuar, con justicia, la rama del olivo. |