Tengo
el mejor recuerdo de los círculos infantiles; los conocí de cerca
cuando me otorgaron una plaza para mi hija Teresita de 5 meses
de nacida alrededor de tres décadas atrás en
uno nombrado Chicuelo, al este de la capital cubana.
Sin
mucho esfuerzo siento aún el olor peculiar de
los niños acabados de bañar; la hora de la
comida cuando los pequeños recibían agradables
y nutritivos alimentos que les permitían crecer fuertes
y saludables. También el juego, primero en el corral
colectivo y luego en un amplio patio.
No
obstante los beneficios anteriores, lo que evoco con más fuerza de ese tiempo es la confianza con que dejaba
a la niña cada día en los brazos de la seño
que los recibía cariñosa a la entrada de la
institución, mientras me iba confiada a trabajar,
pues sabía que la dejaba en un lugar donde la cuidarían
con desvelo, y se esforzarían por hacerla feliz.
Atención médica y estomatológica, vacunas
para protegerla contra enfermedades, y las múltiples
recomendaciones a la enfermera al volver al círculo
luego de cualquiera enfermedad pasajera, fueron también
constantes de aquellos años.
Son
muchas las anécdotas, pero las dos que más
recuerdo fueron el intercambio de tetes con otro parvulito
a la hora del cambio de ropas para ir de regreso a la casa,
y oírle decir Manolo, el nombre de un amigo del grupo
antes que cualquier otra palabra.
Al
crecer, pasaba de uno a otro salón; lactante mientras
estuvo en la cuna, parvulita cuando se paraba, empezaba a
caminar y se alimentaba por sus propios esfuerzos, por supuesto
aún con la ayuda de las educadoras, luego párvula;
en todos aprendía algo nuevo que la preparaba para
la escuela, y más aún para la vida, a la vez
que se desarrollaba física e intelectualmente. Así hasta
la edad de seis años cuando llegó la obligada
despedida para comenzar el preescolar en el jardín
de la infancia.
El
círculo infantil un lugar de nuevos amigos, del
primer baile de disfraces, de iniciar hábitos de higiene
y alimentación, de conocer las palabras mágicas
gracias y por favor, de extrañar a mamá y papá y
de recibir los abrazos de ternura de las educadoras.
Sitio especial en las vidas de varias generaciones de cubanos,
que ya de adultos, jamás olvidarán. |