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Con su permiso…Educación formal

Astrid Barnet
Colaboradora Rebelde
30 de Julio de 2008, 11:15 a.m.

La Habana, Cuba.- Durante la revisión de un material de estudios universitarios correspondiente al tema El texto y las normas de realización de la lengua, hallé varias definiciones concernientes a la Lingüística española; entre ellas, que la actividad lingüística de cualquier pueblo o nación está determinada por la norma que impone el uso de determinadas formas seleccionadas de entre las posibilidades que ofrece la lengua. Representa un patrón de conducta lingüística, por lo cual, tiene carácter social.

Pero la norma, a la vez se constituye sobre la base de la propia actividad lingüística; de las actitudes valorativas de los hablantes respecto de la práctica verbal. Criterios de valoración fijados por normas y divulgados mediante la acción de diferentes instituciones sociales, entre ellas, las educacionales.

Hasta aquí esta abstracción personal referida a un tema que considero, vital y urgente para la sociedad cubana, la cual (sin lugar a dudas) cada día que transcurre se cuestiona hasta dónde llega la pérdida de valores educativos esenciales, de normas de convivencia y de respeto hacia otras personas. Algo que muchos llaman (e incluso, algunas bibliografías identifican), como educación formal.

En los años 90, y con el inicio del llamado Período Especial, se evidenció esta degradación de valores y normas que actúa negativamente en los adolescentes de hoy, que dieron sus primeros pasos en esa etapa.

Durante una reciente entrevista a profesores de la Escuela de Sociología de la Universidad de La Habana se constató (una vez más y desde un punto de vista histórico), que una crisis económica siempre conlleva a una crisis social; a un proceso que para ser revertido demora mucho. Durante esa etapa existe una tendencia al individualismo y a la superposición del yo sobre las acciones colectivas, al ser la tarea de primer orden la solución de las necesidades materiales.

Aspectos como indisciplina social y delito van de la mano --aunque muchos traten de crear un abismo jurídico entre ambos--, y en determinadas ocasiones se proyectan en líneas paralelas y confluyen al final socialmente. Prueba de ello es que varias o innumerables acciones o actos repetitivos de indisciplina social pueden confluir en graves delitos hasta hacer del individuo ulteriormente un potencial delincuente.

Mas en todo esto la familia tiene un papel central en la educación de valores. Está demostrado que los valores primarios se aprenden (¡!y respiran!!) en el hogar desde que somos muy niños; pueden atenuarse o modificarse con el transcurso del tiempo, hasta sedimentarse, perdurar y tener una fuerza enorme.

Si la familia no cumple su función de forma adecuada, ya se empieza mal con ese niño que arriba a la edad escolar con deformaciones o sin haber desarrollado valores esenciales como son, entre otros, sentimientos de amor y solidaridad hacia quienes le rodean; en esencial, hacia compañeros de la escuela o amigos de juegos.

Responsabilidad en la formación de valores tienen también instituciones como los círculos infantiles y las escuelas –donde los pequeños, niños y adolescentes pasan la mayor parte del tiempo--, como promotores de socialización y de complementación de todo lo que se realiza en el hogar. Si dichas instituciones no actúan correctamente, el objetivo educación nunca se cumplirá.

De nada vale que tengamos un discurso educativo, si este no se acompaña de la práctica social también educativa, o lo que igual: “No puedes robar, porque eso es inmoral”, si después el niño o adolescente se percata de que todo lo que existe en su hogar es producto del robo. Al igual que si en un círculo infantil, a los pequeños se les transmiten melodías para mayores (el caso del reguetón), y cuyo vocabulario lo incorporan de forma involuntaria a su léxico.

Igualmente y, en especial, en la escuela: hay que reconocer al niño educado, inteligente, estudioso, no al que mejor viste (con ropa extranjera), o al que más música escucha (extranjera también). Lo material no debe sobreponerse a lo humano.

Tanto el hogar como la escuela, desempeñan papeles vitales en el proceso de aprendizaje, en la incorporación de normas, de patrones de conducta; algo que en edades tempranas se incorpora de forma mimética.

Por su parte, los medios de comunicación son instituciones de socialización con la función esencial en el Socialismo de promover valores humanos. Ejemplo de ello son los spots televisivos Para la Vida y los presentados por la UNICEF (ojalá durasen más tiempo), con mensajes de opinión amenos e instructivos acerca de los derechos de los niños y el papel que debe y tiene que representar la familia al respecto.

Hace meses atrás, en entrevista al diario Juventud Rebelde, la profesora universitaria, doctora María Dolores Ortiz, analizó que, tras el triunfo de la Revolución se tendió a identificar la buena educación con las normas de conducta burguesas, lo cual conllevó a que se negaran todos aquellos valores y se calificaran de ostentosos, innecesarios o petulantes.

“Hay valores y normas que van más allá de una clase social, como los que identificamos con la buena educación”, dijo la destacada Pedagoga cubana y agregó que “ella (la buena educación) se compone de muchos pequeños elementos que forman el conjunto que llamamos una persona educada: desde el tono de voz y el vocabulario que se emplea, hasta la forma de vestir que debe ser adecuada para cada ocasión”.

Ciertamente, hemos descuidado las normas y valores, dando cabida a la chabacanería y vulgaridad. No obstante, ya se buscan vías para el rescate de la educación formal –nuestros canales de televisión educativos hablan por sí mismos-, pero hay que continuar y con mucha más fuerza. Es una tarea que compete a toda la sociedad cubana.


   
 
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