Santiago
Wilmer Rodríguez Fernández
Estudiante de Periodismo
24 de febrero de 2009, 11:50 a.m.
La Habana, Cuba.- Esta vez, a diferencia de junio de 2008, la temperatura santiaguera no fatigaba al recién llegado. Pero lo distinto no se aprecia solo en lo caluroso o invernal, sino en lo humano y lo cultural del Santiago de siempre. Tal vez para los que por allí transitan, lo que sucede en su ciudad es intrascendente, pero para el visitante capitalino resulta realmente una sorpresa.
Los santiagueros y sobre todo las santiagueras no son fáciles, pero también son muy serviciales y cariñosos. En esta tierra caliente el desconocido le puede preguntar al lugareño por alguna dirección particular, una persona o un sitio histórico y este con suma precisión lo ayuda. De sus labios salen palabras insospechadas que en ocasiones hacen reír a los visitantes y la Real Academia de la Lengua Española los multa a diario por sustraerle a las palabras las eses, las eles y cuanta letra se les ocurra. Pero en lo distinto está la grandeza de su cultura y de su pueblo.
En Santiago para abordar un ómnibus no se hacen grandes aglomeraciones en las puertas, sino que se respeta el orden. Y no es que haya un buen transporte público – aunque ha mejorado considerablemente – ni que haya menos personas que en otras ciudades, sino que hay una mejor organización social y un mayor respeto por lo ajeno.
Allí se aprecia un buen servicio gastronómico en toda la ciudad, desde los puestos de fritas y helados hasta los restaurantes más lujosos. Recuerdo las pocas ocasiones en que pude tomar el auténtico prú oriental, una bebida natural, gaseada y refrescante, elaborada con raíces de plantas.
Evoco también las asiduas visitas a la cafetería 34 de la calle Enramada, donde se agrupan los menos cuerdos y los más ebrios para tomar su café y discutir entre ellos o con las dependientas. Por solo 45 centavos el caminante puede degustar una taza de la aromática bebida en cada una de las cafeterías dispuestas en las principales avenidas de la ciudad.
¡Y qué decir de las motocicletas! Esos vehículos de dos ruedas que pululan por las calles y caminos, transportando a quien lo desee y pueda pagar por ellos. Las motos en Santiago son como los almendrones en La Habana. En ocasiones hay que tener mucho cuidado con ellas y sus conductores porque en un abrir y cerrar de ojos te rayan la pintura.
Tanto en la calle Enramada, la Plaza Dolores, como en la Casa de la Trova se hace escuchar el tres, el bongó, el bajo, las maracas y las claves. Es más contagiosa la música oriental, pues el son, la guaracha y el bolero nacen de las cuerdas y del corazón de los cantantes de la loma y de Santiago. También es curioso ver como en esta ciudad hay diversos Buena Vista Social Club, unos muy buenos, otros no tantos, pero todos con la misma raíz de lo guarachero y lo montuno.
A medio siglo de la entrada triunfal de las tropas guerrilleras comandadas por Fidel Castro, Santiago continúa rebelde, hospitalaria y heroica por siempre. Una ciudad que viste las mejores galas en la conservación de su centro histórico. Allí lo mismo puede visitarse el Museo Emilio Bacardí, el Morro santiaguero, el parque Baconao, el Cuartel Moncada o el Santuario del Cobre. La Ciudad Héroe es de los lugares que no bastan siete días para escudriñar sus alamedas, sitios históricos y bellezas naturales.
Es cierto que históricamente han existido laceraciones entre La Habana y Santiago de Cuba. Algunos dicen que en Oriente estuvo la primera capital y después se trasladó para el Occidente, que si la Universidad de Oriente siente celos de la Universidad de La Habana, que si Industriales es mejor que Santiago; pero al final hay algo más que nos une y es el orgullo se sentirnos habaneros, santiagueros y cubanos todos. |