Por: Argentina Alcántara Rodríguez.
De verde olivo, amaneció la ciudad de Santiago de Cuba, el 30 de noviembre de 1956. Ese día fue el epicentro del alzamiento armado, liderado por Frank País, con el objetivo de ofrecer apoyo al desembarco del yate Granma, que transportaba desde México, a los expedicionarios al mando de Fidel Castro.
La urbe albergaba entonces la principal sede militar del régimen de Batista, cuya jurisdicción abarcaba la zona estratégica elegida para el arribo del Granma. Por ello, se concibió un levantamiento de gran magnitud, diseñado para desviar la atención de las fuerzas enemigas y allanar el camino para el inicio de la insurrección.
Con antelación, el movimiento revolucionario había organizado la provisión de armamento, la movilización de combatientes, el suministro de víveres y las comunicaciones necesarias en toda la región oriental. Las tareas se dividieron en misiones específicas: un equipo, bajo la dirección de Pepito Tey y Otto Parellada, atacaría la Jefatura de la Policía; otro grupo se encargaría de tomar la Policía Marítima, y un tercer contingente utilizaría un mortero para bombardear el Cuartel Moncada e impedir la salida de su guarnición.
Paralelamente, otras unidades tenían la misión de liberar a los revolucionarios encarcelados en la prisión de Boniato y de asegurar armas en la armería Marcé. Fue en esta ocasión que, por primera vez, los habitantes de Santiago verían a los combatientes con el uniforme verde olivo.

Los días 28 y 29 se efectuaron acuartelamientos; sin embargo, debido a medidas de seguridad, muchos militantes desconocían que se trataba del momento decisivo. Ernesto Matos Ruiz, combatiente de aquella gesta, relata:
Nosotros no sabíamos qué hecho iba a ocurrir, sino que iba a haber acuartelamiento, traslado de armas (…) Supimos de la acción que íbamos a efectuar a las cuatro de la mañana (…) La misión que me otorgaron fue “el bloqueo del Moncada por calle segunda, desde calle K hasta la carretera central, tomando todos los vehículos que estuvieran al alcance y bloqueando toda la calle, para impedir que el ejército no saliera.
Las acciones de apoyo realizadas por la entonces joven combatiente Vilma Espín resultaron cruciales para el éxito del plan. Sus tareas incluyeron «la búsqueda de casas seguras, la preparación de botiquines para las acciones que se desarrollarían en apoyo al desembarco del Granma y, además, esa preparación también implicó el entrenamiento de las compañeras en primeros auxilios y la búsqueda de medicina.»
A lo largo de la jornada, en la ciudad se sostuvieron constantes enfrentamientos armados. Estos se prolongaron por varias horas, cesando únicamente cuando se hizo insostenible mantener el control frente a la respuesta del ejército batistiano.

El ataque a la Policía Nacional, considerada la acción de mayor peso, no logró su objetivo. En ese lugar, cayeron heroicamente Tony Alomá, Pepito Tey y Otto Parellada. El asalto al Moncada también resultó fallido. Aunque otros grupos lograron cumplir sus respectivas misiones, la incapacidad de mantener el dominio de la ciudad al final de la tarde llevó a Frank País a dar la orden de retirada.
Ante está situación, el pueblo santiaguero no solo fue espectador; por el contrario, brindó protección a los perseguidos, resguardó armas y uniformes, y se negó rotundamente a que se repitieran las atrocidades vividas tras el asalto al Moncada.

Sin embargo, ¿qué factores contribuyeron a estos reveses? El combatiente Luis Alberto Clergé, en su libro “Cuando Santiago se vistió de verde olivo”, explica que el fracaso del alzamiento estuvo condicionado por el atraso del desembarco del Granma, lo que impidió la esperada coincidencia temporal con la acción en Santiago de Cuba.
A esto se sumaron la rápida y contundente reacción militar tras el bloqueo ineficaz al Cuartel Moncada, así como carencias logísticas y un cierto desorden táctico en el asalto a la Policía Nacional. La veloz represión del régimen obligó finalmente a la retirada estratégica, buscando preservar la estructura de la organización clandestina.
El levantamiento demostró la capacidad organizativa de Frank País. Así lo subraya Yolaine Despaigne, una de las especialistas de la hoy Casa Museo del mártir en Santiago de Cuba, quien señala que Frank involucró a toda la isla en este levantamiento armado.

A pesar de los reveses tácticos, Santiago de Cuba evidenció su profunda vocación de cambio, un grupo de jóvenes se forjó en la fragua del combate, y la ciudad sintió el pulso de la gloria y la insurrección.
La gesta del 30 de noviembre consolidó la fortaleza y el prestigio del Movimiento 26 de Julio, afianzó la lucha clandestina y, junto con el desembarco del Granma, marcó el inicio del camino definitivo que conduciría al triunfo revolucionario.
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