«Llegué a este centro técnicamente sin saber hacerme nada —cuenta Pablo Jesús Jiménez Ponce, aunque en la Escuela Regional Marta Abreu de Santa Clara todos le conocen como Paulito—; o sea, sin desarrollarme, y todo cambió debido al trato de los profesores. Te enseñan a hacer todo lo que para tu autovalidismo te es necesario. Te forman para la vida».
Paulito es un adolescente al que le gustan los retos. «De hecho, yo pensaba quedarme sin estudiar —confiesa—, y como soy un adolescente que le gustan los retos, dije: «Pues bueno, vamos a asumir este que está bastante grande». Y no me arrepiento de hacerlo. Para mí, mi escuela es mi familia. La barrera arquitectónica no existe. Diría yo que esa la pones tú».

Una escuela que forma para la vida
Natural del municipio avileño de Baraguá, Paulito llegó siendo un adolescente a esta prestigiosa institución educativa que acoge a niños y niñas con discapacidades físico-motoras de la región central del país. Hoy está a punto de concluir el cuarto ciclo, una enseñanza que va más allá de la secundaria básica, reservada a aquellos jóvenes que aún necesitan permanecer en la escuela.
«Soy una persona que no se ha detenido en el tiempo. Al contrario, las personas que aquí están con nosotros nos apoyan para que te desarrolles. Cada instructor de arte, cada profesor, cada miembro de la directiva siembra en ti su pedacito. No olvido cuando empezaron ese proceso de enseñarme a hacer todo lo que soy ahora: enseñarme a botonarme la camisa, enseñarme a valerme por mí mismo».
Los resultados saltan a la vista. «Hoy por hoy logro tender mi cama, que no lo hacía —dice con orgullo—. Logré técnicamente caminar y mejorar físicamente en mi escuela. Caminar aguantado, pero es algo que no hacía. Lo perfeccioné. La rehabilitación me ha ayudado mucho. Cada técnico de rehabilitación pone lo mejor de sí, pero lo que tú tienes que poner de tu parte. El objetivo de eso lo tienes que lograr tú».
«Mi peor temor es quedarme solo»

A sus 21 años, Paulito es un gladiador de la vida. Dice que la parálisis cerebral que padece es solo eso, un diagnóstico clínico que lo ha retado a vivir, a vencer sus propios miedos una y otra vez.
«Y cada profesor aquí siembra un pedacito en ti —reflexiona—. Como la profesora de Matemática que me enseñó las cuentas, la profe de Español, la profe de Biología… Todos los profesores están para ayudarte. Tú tienes que saber lo que tú eres, no detenerte jamás. Eso es lo que me ha hecho a mí ser así: atrevido, valiente, diría yo, enfrentarme a mis propios miedos».
«Mi peor temor es quedarme solo —responde con sinceridad—. Yo creo que en esta escuela no lo lograré nunca, porque todos están conmigo. Todos me ponen su amor, su empeño, me ponen su dedicación, y a ellos les quiero dar gracias».
«Quiero demostrar que todo este trabajo educativo ha valido la pena»
Paulito tiene claro su propósito. «Quiero demostrarme a mí mismo que todo este trabajo educativo ha valido la pena —sentencia—. Quiero salir y decir: ‘Yo fui alumno de la Regional Marta Abreu’. Es algo increíble, no solamente desde la experiencia educativa, sino desde la experiencia personal. Cada muchacho ayuda al otro. Aquí no nos podemos burlar, eso nos hace más grandes».



Y lanza un mensaje a todos los que enfrentan limitaciones similares:
«Para todo aquel que esté en una silla de ruedas: no se limiten, busquen de qué valerse, sobrepónganse a los miedos».
El encuentro que le cambió la vida
Pero hay otros anhelos que se han hecho realidad. Paulito cuenta que más de una vez ha soñado con el hombre que le regaló la mayor oportunidad de su vida. «Solo el ver una figura tan grande frente a ti te cambia la vida —confiesa—. Pero yo no lo conocí como Fidel presidente o Fidel comandante. Para mí, ese saludo significó: Fidel amigo, Fidel está contigo, Fidel no te deja. La Revolución no te abandona».
«El hombre que me cambió la vida, el hombre que desde aquel apretón de manos me cambió lo que soy. El hombre que me forma como persona. ¡Viva Fidel! Y muchas gracias a mi Revolución».
Un joven que arranca suspiros
Este es Paulito, el joven hermoso e intranquilo que arranca suspiros. Un Pablo que no se rinde con su arte, con sus risas, con sus dificultades, pero que se sobrepone a ellas. «Sobreponerme a mí mismo y demostrar cada día lo que de verdad soy —concluye—, no lo que soy, sino lo que puedo, debo y voy a llegar a ser».
Paulito: la historia de un niño cubano que ha encontrado en esta tierra miles de razones para luchar por la vida.
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