Edesio Alejandro: El arquitecto sonoro que revolucionó el cine y el teatro cubano

En la geografía cultural de Cuba hay creadores que no solo acompañan las historias, sino que las construyen desde la frecuencia misma de la emoción. Edesio Alejandro Rodríguez Salva (La Habana, 1958 – Madrid, 2025) fue uno de esos arquitectos silenciosos, un músico cuya obra se mide no solo por pentagramas o créditos, sino por la manera en que supo traducir en sonido los vértigos, las ausencias y las identidades en tránsito de toda una nación. El podcast Encuentro dedica este episodio a conocer un poco de la grandeza de este músico.

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Hoy, cuando el tiempo nos permite escuchar su legado con la distancia necesaria, resulta ineludible repasar la trayectoria de quien fuera Premio Nacional de Música de Cuba en 2020 y miembro votante de la Academia de Hollywood desde 2017. Porque Edesio no fue solo un compositor: fue un visionario que entendió que la música, en escena o en celuloide, nunca es decoración, sino respiración pura del alma.

De las aulas del conservatorio a la vanguardia electroacústica

La solidez técnica de Edesio Alejandro no fue casualidad, sino fruto de una formación meticulosa que combinó lo mejor de la tradición académica con la experimentación más audaz. Todo comenzó en 1971, cuando ingresó al Conservatorio Alejandro García Caturla bajo la tutela de maestras como Clara Nicola en guitarra.

Pero Alejandro no se conformó con el canon, continuó su preparación en el Conservatorio Amadeo Roldán, donde se graduó de nivel medio con Flores Chaviano y cursó asignaturas fundamentales: solfeo, teoría, armonía, contrapunto, morfología, orquestación y piano. Esta base académica le proporcionó el lenguaje necesario para dialogar con la tradición clásica, pero su curiosidad lo llevó más allá.

Recibió clases magistrales de Leo Brouwer, referente mundial de la guitarra y la composición, y del venezolano Antonio Lauro. Más tarde, profundizó en cursos superiores con Guido López-Gavilán en dirección de orquesta, con Jorge García Porrúa en composición y con Juan Blanco en electroacústica.

Esta tríada de maestros representa simbólicamente los tres ejes de su lenguaje: la raíz cubana reinterpretada, la disciplina orquestal y la exploración tecnológica. No es casual que, años después, Alejandro fuera capaz de mezclar sintetizadores con orquesta sinfónica, o de integrar actores con bandas magnetofónicas: esa hibridez nació en las aulas, pero se consolidó en la práctica constante.

Su carrera profesional despegó en 1976, en el legendario Teatro Martí, con la obra “Guerrilleros del Altiplano”. Desde ese primer escalón, quedó claro que su música no estaría confinada a un solo género ni a un único espacio escénico.

Creación de un sonido propio: del jazz a la fusión universal

A finales de 1998, fundó su propio grupo, un hecho que «implicó una nueva concepción en su carrera artística» y le permitió ganar «un lugar destacado en la preferencia del público», según registra la documentación disponible. Con esta formación, realizó giras nacionales, conciertos en universidades, presentaciones televisivas y filmó videoclips que ampliaron su visibilidad más allá de los circuitos especializados.

Sin embargo, fue a finales de los años 2000 cuando dio un paso aún más ambicioso: la creación de La Orquesta Mágica de La Habana. Para este proyecto, invitó a participar como cantantes a Alfonsín Quintana, Natalia Herrera y Adriano Rodríguez, tres figuras consagradas de la música cubana. El objetivo era promover nuevas canciones compuestas por autores contemporáneos, pero con el estilo de las llamadas «décadas de oro» de la música cubana.

Aquí vino la verdadera revolución: Alejandro no se limitó a replicar fórmulas del pasado. Su gran aporte fue lograr la fusión de lo cubano con elementos de la música internacional en un empaque nuevo, una forma de sonar diferente, no empleada ni escuchada antes. Utilizó raíces cubanas expresadas en la rumba, la conga y el son, y las mezcló de manera inusual con rap, funk, soul y hip-hop.

El resultado, descrito por algunos críticos como «Afro-Cu-Hop», era una forma ecléctica de música cubana de origen marginal y popular, interpretada con instrumentos tradicionales mezclados con sintetizadores. Esta propuesta no solo fue innovadora en Cuba, sino que trascendió fronteras: su CD Black Angel, lanzado en Europa en 1999, incluyó el tema Blen blen, que ocupó durante varias semanas el primer lugar en los Dance Fluor Charts de MTV Europa. Tanto Black Angel como Orisha Dreams fueron seleccionados entre los 180 mejores discos del año de World Music en Europa, un reconocimiento que validó su apuesta por una cubanidad abierta al mundo.

El teatro como laboratorio: más de 40 obras donde la música es protagonista

Quizás el terreno donde la versatilidad de Edesio Alejandro se expresó con mayor contundencia fue el teatro. Según los registros, dirigió y orquestó la música de más de 40 obras de teatro para un buen número de las agrupaciones teatrales del país. Esta cifra no es solo un dato cuantitativo: habla de una presencia constante, de un compositor que entendió que la música escénica no es un adorno, sino un personaje más del drama.

Su enfoque se caracterizó por la experimentación: en sus obras electroacústicas, incluía sintetizadores en la orquesta sinfónica o mezclaba actores con bandas magnetofónicas, bailarines y músicos, adaptando cualquier elemento expresivo a sus propósitos. Esta disposición a romper fronteras le permitió trabajar con directores que buscaban lenguajes escénicos renovados.

Entre sus estrenos teatrales más significativos destacan Violente, una ópera-rock presentada en el Teatro Nacional de Cuba durante el Congreso del ITI (Instituto Internacional de Teatro), y Juana de Berciel, una performance estrenada en el V Festival Internacional de Música Electroacústica Primavera en Varadero en 1991.

Su capacidad para servir al texto sin perder identidad propia le valió reconocimientos tempranos: obtuvo el Premio de Música en el II Festival de Teatro de La Habana por El amor no es un sueño de verano, y el Premio de música en el Primer Festival Latinoamericano de Teatro, Camagüey 90.

Para Alejandro, el teatro fue un espacio de libertad creativa donde pudo probar combinaciones que luego trasladaría al cine o a sus proyectos discográficos. Entendió que la música en el escenario no debía subrayar, sino revelar; no acompañar, sino contradecir, sugerir, interrogar. Trabajó con directores que exigían de sus compositores una mirada dramaturga, no solo técnica, y respondió con partituras donde la percusión era diálogo, donde los vientos respiraban con los actores, donde el silencio estaba tan calculado como la nota más aguda.

Cine cubano: una filmografía que es mapa sonoro de una nación

La filmografía de Edesio Alejandro es un recorrido por más de cuatro décadas de cine cubano. Desde su primera banda sonora para el documental El desastre del Barcáiztegui (1983) hasta su participación en Adiós, Cuba (2024), de Rolando Díaz, Alejandro sonorizó largometrajes, documentales, cortometrajes y dibujos animados producidos por el ICAIC, el ICRT, la Escuela Internacional de Cine y otras instituciones.

Entre toda su vasta obra, hay una película que ocupa un lugar especial en el corazón de Edesio Alejandro: Clandestinos (1987), largometraje del ICAIC dirigido por Fernando Pérez. Esta banda sonora le valió el Premio Caracol de la UNEAC a la mejor banda sonora de largometraje en 1988, pero su importancia trasciende cualquier reconocimiento institucional.

Clandestinos aborda la lucha clandestina contra la dictadura de Batista, un tema que exige de la música no solo acompañamiento, sino profundidad histórica y sensibilidad emocional. Alejandro comprendió que la partitura debía evocar la tensión de la clandestinidad, la esperanza de la resistencia y el dolor de la pérdida, sin caer en el melodrama ni en la épica vacía.

Para lograrlo, combinó elementos de la música cubana tradicional con texturas contemporáneas, creando una atmósfera que complementaba la narrativa visual sin imponerse sobre ella. Usó piano solitario con líneas de bajo sinfónico, percusión mínima con estallidos de brass, melodías que evocaban la canción cubana sin citarla directamente. Era un sonido de interioridad, de calles vacías, de maletas preparadas en silencio.

Para un compositor que siempre buscó fusionar lo local con lo universal, Clandestinos fue el primer gran ejercicio de síntesis: cubanidad rítmica al servicio de una narrativa histórica, sin folklorismo, sin concesiones. Significó una catarsis creativa que le permitió explorar la idea de que la música cinematográfica, en su forma más pura, no busca ser recordada, sino ser sentida. Le enseñó que la emoción más honesta a menudo reside en lo que no se dice, en el espacio entre dos acordes, en la respiración antes de la entrada de la trompeta.

Edesio Alejandro fue, ante todo, un oyente profundo: de la tradición cubana, de las vanguardias internacionales, de las emociones humanas. Y esa escucha atenta se tradujo en una obra que no busca imponerse, sino acompañar; no busca demostrar, sino revelar.

Hoy, cuando la música cubana atraviesa nuevas transformaciones, la figura de Edesio Alejandro sigue siendo un faro: el de un creador que supo que la verdadera innovación no está en romper con el pasado, sino en escucharlo con honestidad y traducirlo con valentía.

En un mundo saturado de ruido, su partitura sigue siendo un recordatorio: que lo más permanente no es lo que más suena, sino lo que, al callar, nos obliga a seguir escuchando. Y en esa escucha, Cuba, el cine, el teatro y la memoria encuentran, una vez más, su frecuencia común.

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