Hablar de Teresita Fernández es evocar una voz que se convirtió en símbolo de ternura, pedagogía y cultura popular. Nacida en Santa Clara en 1930, desde muy pequeña mostró inclinaciones artísticas: a los cuatro años ya cantaba en la emisora CMHI de su ciudad natal. Sin embargo, su vida no se limitó a la música; también fue maestra normalista y Doctora en Pedagogía, lo que marcó profundamente su manera de entender el arte como herramienta educativa. Esa doble vocación —la de educadora y trovadora— la acompañó siempre y definió su legado.
El nuevo episodio del Podcast Encuentro es dedicado a Teresita Fernández:
Su debut oficial como cantautora ocurrió en 1965 en la Sala Arlequín de La Habana, en un concierto donde compartió escenario con figuras como Sindo Garay y Bola de Nieve. Pero mucho antes ya había dejado huella en la televisión cubana con el programa infantil La casita de azúcar (1960), donde los títeres Pitusa y Eusebio se convirtieron en compañeros inseparables de su música. Desde entonces, Teresita se consolidó como una artista que no solo cantaba, sino que enseñaba, narraba y transmitía valores a través de sus canciones.
La música como pedagogía
Lo que distingue a Teresita Fernández dentro de la tradición trovadoresca cubana es su capacidad para convertir la canción en un recurso pedagógico. Sus temas infantiles, como “Mi gatico Vinagrito”, “Dame la mano y danzaremos” o “Tin, tin, la lluvia”, se convirtieron en clásicos que aún hoy se cantan en escuelas y hogares. En ellos no solo hay melodía y ritmo, sino también un mensaje de ternura, curiosidad y aprendizaje.

Además, musicalizó textos de grandes poetas como José Martí y Gabriela Mistral, acercando la literatura a los más pequeños. De esa manera, su obra se inscribe en un triángulo latinoamericano de maestros de la canción infantil junto a Francisco Gabilondo Soler, “Cri-Cri”, en México, y María Elena Walsh en Argentina. Cada uno, desde su país, demostró que la música para niños podía ser arte mayor y no un género menor.
La Peña de los Juglares

En 1974 fundó la célebre Peña de los Juglares en el Parque Lenin, un espacio cultural dominical que se convirtió en punto de encuentro para artistas de diversas disciplinas. Allí se dieron cita Alicia Alonso, Pablo Milanés, Antonio Gades y muchos otros. La peña no era solo un escenario musical, sino un espacio de diálogo cultural, donde la canción se mezclaba con la danza, el teatro y la poesía.
Ese espíritu integrador refleja la visión de Teresita: la cultura como un tejido colectivo, donde cada manifestación artística se nutre de la otra y donde los niños ocupan un lugar central.
Reconocimientos y legado
Su trayectoria fue reconocida con el Premio Nacional de Música en 2009, además de la Distinción por la Cultura Nacional y la Distinción por la Educación Cubana. También recibió el Premio Chamán en México y la Réplica del machete de Máximo Gómez, símbolos de respeto y admiración hacia su obra.
Pero más allá de los galardones, su verdadero premio fue el cariño de generaciones de cubanos que crecieron con sus canciones. Teresita supo que la música infantil no era un entretenimiento pasajero, sino una forma de sembrar valores y sensibilidad en los más jóvenes.
Influencia en otros artistas
Su legado se proyecta en la obra de trovadores posteriores. Silvio Rodríguez encontró en Teresita un espacio para mostrar sus primeras composiciones, y Liuba María Hevia ha reconocido que su acercamiento a la música infantil estuvo marcado por la influencia de la trovadora mayor. También artistas como Sara González, Amaury Pérez y Pablo Milanés participaron en homenajes discográficos que rescataron su repertorio, demostrando que su obra sigue viva en la nueva trova y en la canción cubana contemporánea.
Recordar a Teresita Fernández es recordar a una mujer que convirtió la música en un acto de amor y enseñanza. Su voz, cálida y cercana, sigue resonando en las aulas, en los parques y en los hogares cubanos. Fue una artista que entendió que la infancia merece canciones inteligentes, sensibles y poéticas, y que esas canciones pueden acompañar a los niños en su crecimiento.
Hoy, cuando se habla de patrimonio cultural cubano, su nombre aparece junto al de los grandes trovadores. Pero Teresita tiene un lugar especial: el de haber cantado para los más pequeños, sembrando en ellos la semilla de la curiosidad y la ternura. Su obra nos recuerda que la música infantil es también música mayor, y que en cada verso suyo late la certeza de que educar y cantar son, en esencia, la misma cosa.
