Nacer para la enfermería, un acto de fe

Insomnes, se mantienen al lado del paciente, de las lágrimas y de la alegría, como verdaderos guardianes de los sentimientos. Restauradores de cuerpos y de almas, ayudan a realizar partos, a salvar vidas, sienten las manos y las miradas agradecidas cuando un enfermo se recupera y vuelve a su quehacer cotidiano, no tienen días ni noches de tranquilidad, porque el ser humano y su salud es lo más importante.

Muy próximo a la celebración del Día Internacional de la Enfermería, estos seres de luz son un ejemplo del valor de la entrega por la humanidad.

El Licenciado en Enfermería José Ramón Írsula Silva, enfermero emergencista llegó a Venezuela desde Santiago de Cuba,  estuvo en el Estado Delta Amacuro, trabajó en una zona fluvial en Pedernales, una isla con el 80 % de la población indígena.

Los recuerdos aún se agolpan en su mente: “Me llevo el agradecimiento de mis pacientes, no hay mayor alegría que verlos marcharse del Centro de Diagnóstico Integral con la satisfacción de que fueron bien atendidos, no sólo porque les administré un medicamento, sino porque les di un buen trato con ética, cariño. En las comunidades indígenas realicé partos, efectuamos jornadas comunitarias, de vacunación, pesquisas, estoy muy orgulloso de haber salvado vidas en un lugar que tanto necesita de nosotros”, acotó.

La Licenciada Nedielys Morales López, de Camagüey, diplomada en Terapia Intensiva, también estuvo en los caños, convivió con poblaciones indígenas en zonas de difícil acceso del Estado Delta Amacuro, una experiencia que jamás olvidará y que la hizo amar más su carrera porque “es una vocación, no todo el mundo es enfermero, el enfermero tiene que llevar consigo mucho compañerismo, sentimientos, abnegación, entrega”, nos dice.

En nuestro diálogo nos explica que “en el Delta hay 23 caños donde viven personas con muchas patologías, es muy complejo porque solo había un solo CDI, el nuestro, pero obtuvimos buenos resultados, siempre salimos bien; fueron condiciones difíciles, sobre todo porque tienen una cultura diferente, manejan un dialecto, pero fue gratificante, aunque no entendíamos su idioma nos comunicábamos y hasta comenzamos a aprender algunas frases, hicimos jornadas científicas, llegamos a lugares de difícil acceso, de riesgo, pero fuimos felices, nos agradecían mucho”.

El joven enfermero Írsula Silva ahora trabaja en el Centro de Diagnóstico California Sur, del Estado Miranda. “Es muy hermoso cuando un paciente te mira a los ojos y te agradece, te sienten como familia, te abrazan, te besan, nos dice.

Nedielys está en el CDI de la ciudad de Fuerte Tiuna, en el Distrito Capital Caracas y rememora acontecimientos que la marcaron para siempre.

“Yo recuerdo un bebé recién nacido que estuvo grave, desnutrido, lo salvamos, a los 6 o 7 meses lo volvimos a ver y ya estaba hermoso; También nos trajeron otro bebé grave, lo llevamos a Tucupita y el niño regresó sano, todos en la brigada trabajamos muy unidos, los que visitan los fluviales se quedan fascinados, porque somos como una familia”, explica.

Para ellos, la enfermería es y será siempre la vocación de sus vidas. Ambos coinciden en una idea, la enfermería es un acto de fe “es sentir que los pacientes son tuyos, que son tu responsabilidad, que tienes que luchar para que mejores, para ser un buen enfermero hay que tener  responsabilidad, dar los buenos días al enfermo y a sus familiares, preguntarles cómo amanecieron”, enfatizan.

“Ser enfermero me ha cambiado mi vida, soy más responsable, más   maduro, mejor ser humano”, confiesa José Ramón, mientras Nedielys no vacila en responder: “yo, que trabajo en Terapia intensiva, le digo que es muy gratificante ver entrar a una persona a nuestra sala muy grave y verla salir completamente sana, si volviera a escoger una carrera volvería a ser enfermera”.

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