¿Qué hacer ante el despilfarro de agua?

Verdadera preocupación provoca los niveles de sequía que padece en estos momentos una parte importante del país. Hay información pública suficiente sobre la gravedad de este problema, su recurrencia cíclica cada vez con más fuerza y todas las variantes de inversiones, trabajo científico y otras estrategias nacionales y locales para paliar sus efectos.

Sin embargo, todavía la percepción del riesgo que la sequía y la escasez de agua representan no es suficiente en una parte de la ciudadanía y de las instituciones.

Pero está claro que cuando hay dificultades con el abasto, es cuando más hay que ahorrar el agua. Y también ese es el momento para exigir más disciplina, incluyendo la supresión de cualquier salidero visible, grande o pequeño, comenta para Haciendo Radio el periodista Francisco Rodríguez Cruz.

Todas las personas tenemos que revisar a nuestro alrededor, miremos el agua que se pierde, por la responsabilidad propia o ajena, y ahorremos el líquido siempre, en la abundancia, pero más todavía en los periodos de la escasez.

Foto: Ismael Batista

No obstante a ello, si esa conciencia no existiera, o no fuera suficiente, hay que combinar también la persuasión con las medidas punitivas. ¿Quién paga por esos arroyos de agua que corren por algunas de nuestras avenidas? ¿Qué le hacen a quien cada día deja botar el tanque o la cisterna del edificio o de la casa, o a la administración del centro de trabajo que tiene salideros, problemas con los herrajes u otras vías de escape para el líquido vital? ¿Recibe algún premio o bonificación el colectivo o la familia que ahorran?

Porque no hablo solo de mayor supervisión, con multas y restricciones administrativas hacia personas o entidades que flagrantemente despilfarren e agua.

Es preciso revisar los mecanismos de control del consumo del líquido, buscar fórmulas también económicas que estimulen su uso racional, no solo a partir de tarifas progresivas más gravosas para quienes más agua utilicen, sino también pensar en otras alternativas hasta ahora no previstas, como gratificaciones y estímulos para quienes consigan con su empeño los mejores resultados en la reducción del empleo de este valioso recurso natural.

Son solo algunas ideas, tal vez no en todos los casos realizables ahora, pero hay que empezar a pensar en cómo cambiar lo hecho hasta el momento. Las sequías continuarán, y cada vez será más necesario pensar en respuestas concretas para atajar sus consecuencias.

No es posible pensar que solo con los grandes proyectos de presas, conductoras y trasvases conseguiremos resolver la agudización progresiva de la escasez de agua. Hay que convertir el tema en un asunto de interés público para la gente. Que cada institución o familia sienta en sus finanzas lo positivo y lo negativo de un consumo del agua de acuerdo con sus necesidades y de su empeño o no por disminuir el consumo.

La cuestión es preguntarnos por qué una parte de las personas y entidades continúan sin importarles que haya o no salideros, que el gasto de agua sea mayor o menor, que aparezcan o desaparezcan los flotantes y los herrajes. En medio de condiciones tan adversas como la actual sequía es urgente responder, para ahora y para el futuro, a la interrogante de qué hacer ante el despilfarro de agua.

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